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Dalia Reyes
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11 Enero 2017 04:00:00
Casa chica
La casa chica, en su definición histórica, es un sitio donde habita la familia secundaria de un hombre casado. En América Latina se estiló, por lo menos de forma oficial, cuando la llegada de los españoles; a la fecha no ha desaparecido, pero ya no es muy bien visto por la sociedad moderna.

La casa chica del pasado daba estatus social y poderío a los varones: Esa situación les permitía exhibir sus capacidades físicas y económicas, así ninguna de las dos pasara pruebas fehacientes de hombría.

La historia se ha encargado de dar formas diversas a la casa chica y la ha convertido en otros sitios de reproducción no necesariamente humana. Son sitios en donde hombres y mujeres –quienes podían ser la casa chica pero no tener una- construyen nuevas relaciones de familiaridad, a veces permitida a veces no, si nos decantamos por el tema de la moral.

Son los sitios de trabajo esos espacios que mucho toman de esa antigua costumbre; ciertamente, la cohabitación no es requisito, pero tampoco está desterrada, y si sucede atienda a la gran cantidad de horas durante las cuales se convive con los otros, se conoce tanto de ellos que la familiaridad no requiere datos consanguíneos.

Las familias laborales nacen, crecen, se multiplican y mueren, necesariamente.

En ellas se tejen historias de amor y odio; se construye la solidaridad y la traición; se sostienen a sí mismas con la colaboración del otro o son abandonadas por quien la mantenía en vilo.

Pertenecer a una de estas familias secundarias nos da prestigio y estabilidad porque deja el foro libre para desempeñar nuestras habilidades profesionales y sobrevivir a los avatares monetarios; se puede ser parte de una o más, si la resistencia física y el poder lo permiten.

Los lazos que se tienden entre las otras familias son tan estrechos que, a menudo, trascienden a las mismísimas casas grandes, cuyos cimientos a veces mal puestos se derrumban mucho antes de la jubilación de estas “casas chicas” que son nuestras áreas de trabajo.

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