Vacía de sí misma, frase también vacía que aquí encaja bien

Cuando doña Hillary Clinton vino a México el lunes pasado como una Doris Day más madura y más llenita, traía en su pensamiento todo un mundo lleno de Cary Grant y terminó en Los Pinos con don Felipe Calderón.

Sólo con un asomo de frívolo mirar puede reseñarse la visita de la secretaria de Estado, tan vacía de contenido como un pastel sin harina, sin huevos, sin azúcar y sin mantequilla. Vacía de sí misma, frase también vacía que aquí encaja bien y dejo a la posteridad para lo que se ofrezca.

La fecha fue cuidadosamente escogida: el día en que se revelarían documentos de Wikileaks relacionados con México, denuncias graves de hechos tipificados como contrarios a la soberanía y posibles indicios de un delito mayor. La coincidencia no fue casualidad: como contrapeso y maniobra de divergencia del escándalo, la señora Clinton se reuniría con su colega mexicana para reafirmar su apoyo a la guerra contra el narcotráfico y elogiar al presidente Calderón, tan negativamente exhibido esa mañana en (casi) todos los medios de comunicación. Si de algo pudiera haberse hablado en la junta, habría sido precisamente de Wikileaks, con base en la declaración (tres días después) de Salvador Beltrán del Río, Comisionado de Migración: “Es falsa”. Se refería a un informe del embajador Tony Garza al Departamento de Estado el 16 de mayo de 2008, sobre el permiso de las autoridades mexicanas a agentes de Estados Unidos para interrogar en cárceles mexicanas a migrantes extranjeros.

Si es falsa, la reunión era el mejor lugar y momento para pedirle a doña Hillary que desmintiera a su embajador y librara a don Felipe de tan fea calumnia. Pero no. Garza no fue desmentido, sino avalado nada menos que por Francisco Blake, secretario de Gobernación, y Cecilia Romero, anterior comisionada de Migración, quienes confirmaron que el FBI realizó los interrogatorios en el marco de la cooperación entre dos países, cooperación en un sólo sentido, porque no se ha sabido que en Estados Unidos se haya permitido a policías mexicanos interrogar, por ejemplo, a sospechosos de vender armas a los narcotraficantes.

Tampoco se habló de otra de las acusaciones aireadas en Wikileaks: la de que se pidió ayuda a los Estados Unidos para pacificar Ciudad Juárez. El testimonio histórico de la conducta de funcionarios mexicanos del más alto nivel en su relación con nuestros vecinos del Norte, no fue tema. No se puso en duda a Wikileaks. La declaración del señor Beltrán del Río debe interpretarse como una desinteresada, espontánea, valiente, sincera, emocionada, lúcida, brillante, documentada y devota defensa de su jefe, aunque sólo haya servido para echar más leña al fuego de los comentarios adversos.

La señora Clinton voló esa noche de Guanajuato a Los Pinos. Los encargados de la imagen presidencial informaron que la audiencia inesperada había durado 1 hora 14 minutos (si no me falla la memoria), midiendo, como en los viejos billares, desde que pides tiempo, y no desde que empiezas a jugar, porque en la valuación actual de las importancias, los minutos son más que las ideas, el reloj sustituye al libro y los apapachos a los problemas reales.

Al pastel le quedó bien esta cereza.

Lástima de ocasión desperdiciada. Mucho quedó por decirse. El repugnante motivo de la ley para encarcelar migrantes en Arizona tal vez hubiera sorprendido a la misma señora Clinton. La ley que permite encarcelar a ciudadanos por su aspecto es impulsada por la Corrections Corporation of America, que cobra por cabeza cautiva, controla 65 cárceles en los Estados Unidos y ganó 74 millones de dólares el año pasado. Human Rights Watch y otras organizaciones de lucha por los derechos humanos denunciaron que su avaricia lleva a los carceleros a inventar procedimientos que llenen sus prisiones aunque sea con gente inocente: mexicanos cuyo delito es buscar el trabajo que no encuentran en su país. Alejandro Arturo Chávez, presidente de Clubes Unidos de Mexicanos en el Valle de Arizona, dijo que “las cárceles privadas son un enorme negocio incrementado con la detención de indocumentados… mexicanos que sufren persecución y llenan las celdas”. Una mafia de carceleros mueve a legisladores para hacerse más ricos a costa de la libertad de inocentes que, mala suerte, son los más pobres y discriminados de los mexicanos. De eso no se habló con doña Hillary.

Antes de colgar el “The End”, creo que el problema radica en el estilo de los directores. Si en lugar del mínimo y dulce Billy Wilder, autor de las mejores comedias románticas del cine, hubiéramos contratado a Juan Orol, bestia temerosa de sangre y de robo que se subía al Peralvillo-Viga en Hong Kong y se pasaba por la báscula a todas las rumberas, otro gallo nos cantaría.