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Antes de platicarle quién era Chencho, permítame decirle que en las elecciones de hoy, en la que se decidirá a los sucesores de diputados federales, el corazón de los votantes y no la razón tendrá una influencia mucho mayor a la hora de decidir por quién votar.

Un candidato podrá tener las mejores propuestas, pero si de corazón un candidato no nos convenció, no votaremos por él. La gente cuando decide su voto lo hace más con la emoción que con la cabeza.

Por eso la comunicación, la forma de hablarle a la audiencia, la forma de dirigirse, la forma de acercarse, la forma de expresarse, fue muy importante durante las campañas.

Según estudios, “ocho de cada 10 personas deciden con base en su parte emocional”. De ahí, pues, que este domingo el corazón tendrá un mayor peso que la cabeza del elector.

Y para ello tres cosas serán claves para el elector, cuando en la soledad de la casilla en un ejercicio de reflexión interna, se pregunte: “Qué lograron comunicarme los candidatos, qué quieren de mí y qué van a hacer por mí. Si en ese decir quién es, qué va a hacer y a dónde va, alguien me logró convencer, le daré mi voto, si no, no”.

Y bueno, a lo que iba…

Chencho se reunía desde las nueve de la mañana en adelante, siempre en la pulquería de Ana “La Trenzuda”...
Experto libador, sostuvo hasta la muerte que el pulque tiene tal cantidad de proteínas, que le falta nada más un grado para ser carne.

Pero más que eso, era el líder de un sindicato sin registro, en donde aglutinaba a los especialistas en diversos oficios.

¿Necesitaba usted un albañil?, era cosa de pedirle a Chencho...

“A las 11 y media tiene usted al elemento”.

Nunca supe que le cobrara comisiones a los trabajadores que enviaba, pero eso sí... a la menor queja del cliente, Chencho aplicaba disciplina... “se me va de ayudante dos meses”, y ni quién chistara.

No sé por qué le hacían caso...
De escasos 1.60 metros de estatura y una voluminosa barriga al estilo buda, Chencho no arreglaba un café, pero los trabajadores le tenían ley.

Una vez me venció la curiosidad y le pregunté por qué le hacían tanto caso; me dijo “El Pato Balaceado”, un filósofo que bebía aguardiente de a dos pesos la botella, “el hombre es un animal que necesita compañía, no sabe jalar solo”.

Ya supe de dónde sacó Aristóteles eso de que “El hombre es un animal político”.

El caso es que Chencho aplicaba muy bien tan ancestral filosofía, y agregaba que los trabajadores viven con la necesidad de respaldo.

“Necesitan que los ayudes, no que los robes”.

Nunca fue cetemista, ni croquista, y hubiese sido el sueño de los sindicatos blancos.
Pero le hastiaban los bandidos...

Yo no sé si los cetemistas sean bandidos, pero le puedo decir a usted que Chencho hizo más por la raza trabajadora, de lo que harán en toda su vida muchos líderes de por acá... y se fue de este mundo en un cajón de madera.

Eso sí... todavía se reúnen los trabajadores en la pulquería de Ana “La Trenzuda” para recordarlo cada 25 de noviembre, fecha de su deceso...

No creo que vaya a ocurrir lo mismo con los actuales líderes que viven en mansiones que superan en lujo a las de los patrones que con tanto ardor combaten.

Chencho alcanzó a ver pavimentada la calle Agricultura, donde vivíamos todos... en donde llegó cuando frente a la casa de su servilleta estaba el burdel que regenteaba “La Gata”... cuando Don Fermín hacía brujerías y sahumerios al fondo del callejón.

Llegó en los tiempos en que íbamos a bejuquear a los puercos de “La negra María”... y cuando mi tío “Veneno” tenía dos novias, una a media cuadra de la otra y ambas peleaban por él en plena calle.

Hoy, que todo mundo tiene pavimento y drenaje en el rumbo, la urbanización se llevó un pedacito de aquel ambiente de semipenumbras, alumbrado nomás por las velas de cada domicilio.

Hoy, en que todo parece haber cambiado, cuando la gente necesita con urgencia un plomero, un carpintero o un albañil, menea la cabeza y dice quedito...

“Si viviera Chencho”...

Eso, mis queridos boys, es muchísimo más de lo que pudieran aspirar a conseguir los que ahora se pudren en dinero malhabido, en concesiones de camiones y centrales de taxis avaladas por el supremo gobierno revolucionario, y el del cambio que no cambió.

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