El encanto y el misterio siempre están en el detalle. Como objeto artístico, creo que el detalle es la materia prima de la arquitectura y de la novela detectivesca.

Juguemos al paranoico: ambas disciplinas entrañan un espíritu perverso, por el hecho de que ambos trabajan sobre un espacio en que hay que crear proporciones de seguridad, pasillos para transitar, ventanas y puertas, es decir, salidas y entradas, puntos de escape. Digamos que, tal vez, ambos diseñan un espacio en el que habrán de confluir un perseguido y un perseguidor.

Como el corredor de bienes raíces, el novelista juega con una disonancia: nos transporta hacia un lugar que debe resultarnos cómodo y seguro. No todo puede ser perfecto, lo sabemos, porque esa aspiración es una afrenta a los dioses. El Titanic, por ejemplo. Por ello el lector, así como el comprador de inmuebles, está predispuesto. Dice Walter Benjamin:

“El estilo del mobiliario de la segunda mitad del siglo 19 ha recibido su única descripción y análisis adecuados en cierto tipo de novela de detectives […] La disposición de los muebles es al mismo tiempo el sitio en el que se planean trampas mortales, y la secuencia de los cuartos prescribe el sendero de la víctima fugitiva”.

Gracias a una exposición diáfana, a pesar de la distancia que tengamos frente al argot arquitectónico, Arturo Villarreal nos lleva de la mano por los pasillos del majestuoso Teatro García Carrillo, vendiéndonos la idea de que se trata de un edificio sólido.

Desde luego, nos siembra algunas dudas (por medio de las inquietudes de los inspectores en algunos reportes), pero en realidad los lectores sabemos que una catástrofe está por venir. Villarreal sólo prepara el terreno. Nos pone sobre la mesa el detalle (allí el término) de los posibles errores de construcción, pero nos hace ver que ninguno por sí solo generaría un incendio. Perfila, pues, una trágica voluntad humana detrás.

Lo que sigue son sus conjeturas, bien respaldadas por su argumentación arquitectónica, sobre las responsabilidades probables. Pero pronto se aprecia que lo importante no es encontrar culpables.

La arquitectura, a diferencia del resto de las bellas artes, no nos muestra la manifestación de una inspiración personal. Es una creación colectiva, que no atañe sólo a quienes la construyeron. El trazo de una urbe obedece a las necesidades económicas, de seguridad y e incluso psicológicas de una sociedad.

Véase por ejemplo el plan urbanístico de Baron Haussman para París, en el siglo 17, pensado sobre todo en términos militares.

La obra de Villarreal parece hablarnos de cómo se refleja una colectividad en aquello que es su máxima creación: una ciudad, suma de todos los cerebros, como dijo el poeta Bonifaz.

En la fachada del García Carrillo podemos ver el esplendor de una época. Pero en sus ruinas se reflejan también nuestros más oscuros rincones.

Cierto, la arquitectura puede hablarnos sobre eso que somos cuando nos ocultamos. Quizá por ello se parecen tanto las palabras “edificio” y “adefesio”.

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