6 lecturas





En mi nota anterior argumenté por qué existían (por desgracia) pocos márgenes de acción estabilizadora y contracíclica de las políticas monetaria y fiscal en nuestro país.

En particular en el caso de esta última, enfatizaba cómo la crisis actual había mostrado los problemas estructurales que enfrentan nuestras finanzas públicas, por lo que una acción contracíclica agresiva podría poner en riesgo su situación de mediano y largo plazo. Sin embargo, también señalé que sí se contaba con alternativas de política, pero que debería modificarse el horizonte objetivo. Aun iniciando la recuperación a finales de este año, ésta será muy lenta, de tal suerte que nuestra economía regresará a su nivel tendencial probablemente no antes de cuatro años, lo que implicará un enorme costo en términos de empleo y bienestar. Dadas las circunstancias actuales, poco podemos hacer para modificar esta situación y explico por qué.

Históricamente nuestra economía mantiene una estrecha relación con la norteamericana, pero esta situación se ha acentuado en los últimos años, en gran parte como consecuencia de nuestra integración comercial. Existe una fuerte sincronización entre los ciclos económicos de ambos países, lo cual está ampliamente documentado. Por ejemplo, después de la profunda crisis de 1995 pudimos recuperarnos de manera acelerada en gran parte debido a esta situación. Pero de igual manera, la actual crisis nos ha impactado en mayor magnitud (aún sin el efecto influenza) por esta relación económica con nuestro vecino el norte. Este fenómeno es mucho más claro cuando vemos el comportamiento de la producción industrial de ambos países. (Las gráficas pueden consultarse en mi blog.)

Cuando revisamos las previsiones más recientes sobre el comportamiento futuro de la economía de Estados Unidos, nos encontramos que existe cierto consenso de que la recuperación podría iniciar hacia finales de este año, pero será muy lenta, de tal forma que se regresará a su producto potencial hacia 2014. Este producto podemos definirlo de manera simple como el nivel de producción de una economía que no genera desperdicios dado los recursos físicos, humanos y el conocimiento tecnológico, organizacional, etc. con el que se cuenta. Es decir, sería el nivel óptimo de producción que no genere distorsiones, siendo la inflación la más preocupante. Por ejemplo, ahora que estamos en recesión, el nivel de producción se encuentra por debajo de este producto potencial. Esta diferencia se llama “brecha de producto”, y en este caso es negativa, siendo el desempleo una de las manifestaciones más palpables de estos desperdicios. Cuando es positiva existe riesgo de inflación y algunos dicen que la economía esta sobrecalentada. En este contexto, lo que se espera para Estados Unidos es que su actual brecha de producto (negativa), y que es muy grande debido a lo profundo de la actual recesión, se irá cerrando sólo de manera lenta en los próximos años.

Dada nuestra estrecha vinculación con el ciclo económico norteamericano, lo que se esperaría es que nuestra recuperación siguiera un patrón muy similar al de ese país, a menos que exista algún factor que nos permita movernos de manera independiente, es decir, que nos desacoplemos de este proceso. Podríamos pensar en al menos dos alternativas para que esto suceda. O nuestro sector externo se ancla a alguna región del mundo que se recupere de manera más rápida, o logramos que nuestro mercado interno se dinamice de manera importante, convirtiéndose en el motor de nuestra recuperación. Por desgracia, ninguna de estas dos alternativas es factible en este momento sin cambios importantes en nuestra estructura económica. En realidad la primera alternativa podría requerir menos esfuerzo, ya que hemos desarrollado un amplio sector exportador, pero ha sido enfocado a mercados industrializados (principalmente Estados Unidos), economías que no crecerán de manera importante en los próximos años, y nuestra penetración a las que sí lo harán como China, India o Corea es relativamente limitada. La segunda alternativa paradójicamente sería la más viable y al mismo tiempo es la más complicada. ¿Qué tenemos que hacer para dinamizar a nuestro mercado interno? Ésta es, sin duda, la gran pregunta y el gran reto. Pero es precisamente en lo que se debería estar trabajando si se quiere lograr una recuperación más rápida y desacoplada del comportamiento norteamericano.

Y esto nos lleva a la necesidad de abrir nuevamente el tema de las tan mencionadas reformas estructurales. Están en boca de todos, pero ya es momento de darles un contenido preciso y claro, eliminando la basura demagógica. Podemos esperar un mes para no contaminar nuestro sagrado proceso electoral, pero una vez concluido no hay pretexto. La crisis nos ha recordado nuestras vulnerabilidades y cómo hemos perdido el tiempo en el pasado. En este contexto, uno de los primeros pasos deberá ser entrar de lleno, sin prejuicios y demagogia a la discusión de una verdadera reforma fiscal. Mientras no fortalezcamos el Estado financieramente, no lo estamos dotando de las herramientas adecuadas para coadyuvar a un mayor crecimiento. Pero no es cualquier reforma fiscal y éste deberá ser tema de una nota futura.

Investigador del CIDE y de la EGAP-ITESM-CCM
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb