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Sin tener facultades para ello, en los últimos meses, la Armada de México, cuyo deber es preservar nuestras costas y el mar territorial –cada vez más minado por los convenios bilaterales ominosos para nuestro país-, ha realizado operativos en distintas entidades de la República y en la capital de ésta. Lo mismo cuando, en Morelos, acorralaron al poderoso Arturo Beltrán Leyva, escindido del Cártel de Sinaloa, que semanas atrás al proceder en la colonia Polanco de la Ciudad de México contra una empresa minera. Sólo le falta instalar retenes en la carretera por lo que se sugeriría a Caminos y Puentes Federales colocar casetas sobre las aguas del Golfo de México y el Pacífico.

La confusión es enorme y sólo podría explicarse desde dos líneas:
1.- Un cruce de sospechas en cuanto a las notorias infiltraciones de algunos mandos castrenses por parte de los cárteles en fase de expansión. En este sentido, lo notorio sería la protección brindada a un grupo, o cártel, en detrimento de otros más vulnerables por la ausencia de alianzas soterradas con las fuentes del poder.

2.- Que el Ejército estuviera siendo rebasado en el combate contra los narcotraficantes y requiriera, por ende, el apoyo de los marinos para poder solventar algunas operaciones de altos riesgos sobre el territorio nacional. En este sentido, estaría evitándose causar pánico ante el hecho de que la soldadesca estuviese perdiendo la guerra, en franca desventaja, con las bandas criminales de toda índole e incumpliendo así la promesa oficial destinada a garantizar la seguridad pública.

Cualquiera que sea la causa no puede negarse el estado de emergencia actual. Y cada vez son más las voces que contradicen el superficial optimismo de Felipe Calderón y su gabinete, obviamente rebasados. El mandatario actual, anclado en el diferendo por su legitimidad desde 2006, dista mucho de ser el líder capaz de concentrar el aliento público y la fuerza ciudadana y lanzar, en consecuencia, la cruzada definitoria contra las mafias dominantes. Más bien se empeña en permanecer bajo las siete llaves de Los Pinos, cada vez más aislado aun cuando tímidamente pase por Ciudad Juárez, tratando de proteger sus acotadas funciones presidenciales. No es vanguardista ni visionario sino solamente cancerbero y velador.

Por ello, claro, el titular de la Defensa Nacional, el general Guillermo Galván Galván, asiduo a las tardeadas en la residencia oficial, ha debido salir, en plena confusión de organigramas, en defensa de la iniciativa de reforma política acaso con la intención de amedrentar a la timorata clase política nacional que, en buena parte, se ha expresado en contra siguiendo los cartabones del sectarismo.

Y algo más: el general Galván postuló, como elementos prioritarios, el imperativo de asegurar la “cohesión social” y los “acuerdos políticos”, una búsqueda que, sin duda, ha quedado muy rezagada de la agenda presidencial dominada, insisto, por las prioridades militares. ¿Acaso esta moción no es una invitación discreta al titular del Ejecutivo federal para que deje el campo minado de la violencia y se concrete en otras tareas, delegando totalmente la responsabilidad en cuanto a la seguridad pública a las gendarmerías y, sobre todo, a los mandos castrenses?¿O se busca sólo tapar el sol con un dedo, esto es como si las cosas no estuvieran a punto de salirse de cauce?

Por lo demás se evidencia la preocupación del secretario Galván ante los magros resultados, no sólo en la frontera norte sino en todo el suelo patrio, de las acciones militares desde el momento mismo en que se resolvió que las infanterías y los oficiales dejaran los cuarteles y salieran a las calles destinados a poner un orden que, desde luego, sigue siendo utópico bajo el flagelo de los cárteles en punga y la expansión de los mismos a los campos financieros y políticos. Porque no hay duda de que la sociedad está hondamente minada por las interrelaciones perversas y los consiguientes acuerdos debajo de las mesas.
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