La SEP propone una nueva base curricular para la formación de ciudadanos que vivirán en sociedades más competitivas en un país en veloz transformación. Los jóvenes deberán explorar sus capacidades e inclinaciones para desplegarlas de la mejor manera posible. Manejar conocimientos, habilidades y competencias a nivel internacional.
El nuevo plan de estudios pretende estimular la reflexión sobre la vida social, política y cultural del país con el propósito de inculcar la unidad nacional y, consecuentemente, el respeto a los derechos humanos. Los jóvenes deberán adquirir los valores y actitudes idóneos para una vida democrática: De ellos es el futuro. ¿Cómo lograr un equilibrio entre los contenidos educativos fundamentales y la necesaria flexibilidad de los maestros para responder a las condiciones de sus alumnos? Una fábula sobre animales parece ilustrar la problemática de tan delicado y ambicioso proyecto.
En aquél entonces los animales decidieron hacer algo para afrontar los problemas que engendraría el Tratado de Libre Comercio y la globalización del mercado, y organizaron una escuela. Las materias básicas del currículo para cubrir las exigencias del momento eran las asignaturas: Correr, Trepar, Nadar y Volar. El pato resultó sobresaliente en Natación –de hecho superior a sus maestros– pero obtuvo 8 en Vuelo, y reprobó Carrera. Como era de lento aprendizaje, tuvo que abandonar Natación y además quedarse después de clases para practicar Carrera. Continuó ejercitándose y, aunque sus pies membranosos se desgastaron, sólo llegó a ser un alumno menos que mediocre. La liebre comenzó con 10 en Carrera, pero sufrió un colapso nervioso por exceso de trabajo en Natación. La ardilla resultó sobresaliente en Trepamiento, hasta que cayó víctima de un síndrome de frustración en la clase de Vuelo: Enfermó de calambres por el tremendo esfuerzo, reprobó Carrera y muy a penas pasó Trepamiento. El águila era un chico problema: Recibió muchas malas notas en conducta, pero en Trepamiento superaba a todos al subir hasta la copa del árbol, sin embargo, se obstinaba en hacerlo a su manera. Al terminar el año era un águila anormal que sobresalía en volar, en correr, nadar y trepar –a su manera– y obtuvo la medalla al mejor alumno.
En la vida real no todos los alumnos logran todas las metas en todas las asignaturas, mucho menos dentro de estructuras rígidas. Los maestros se encuentran ante el reto de trazar una línea entre el estilo repetitivo, memorístico de antaño, y el nuevo proyecto educativo, el cual exige espacios de libertad para estimular la capacidad creadora en las aulas: Requisito indispensable para los ciudadanos del Siglo XXI.
La juventud es una materia prima frágil: Hay que tratarla con cuidado, con respeto. El desequilibrio interno es parte de la gloriosa imperfección de la juventud: El prerrequisito de la vida intelectual. ¿Cuándo imponer reglas y cuándo dejar en libertad? La tarea del maestro es compleja: Mano firme con guante de seda. La creatividad se da en cierto desorden, en espacios abiertos. Facilitar el desarrollo de la mente no es fácil: Requiere atención personal, tiempo, paciencia.
Un país democrático enseña a su gente a pensar, tomar decisiones, comprometerse y, en caso de error, sufrir las consecuencias. La democracia exige perfeccionar las facultades, elevar a niveles superiores la conciencia, y poner cada vez más en orden los permanentes desórdenes inherentes a la condición humana.
En último término, el esfuerzo educativo deberá consagrarse no a un conocimiento exacto del universo —tarea por demás imposible— sino al conocimiento del papel que en él deberá desempeñar cada uno de los seres que lo habitan: Considerando su especial talento y capacidad.
| Comparte ese artículo: |
|



