Por ejemplo, ¿es razonable la tardanza en designar a tres consejeros del Instituto Federal Electoral cuando la última de las llamadas “reformas políticas” sólo se encaminó a descabezar a los principales, entre ellos el entonces presidente del organismo Luís Carlos Ugalde, como venganza a las tropelías cometidas durante los escrutinios de 2006? Pareciera que se quiere jugar con fuego para reventar el proceso dotando a los partidos perdedores de elementos “jurídicos” para solicitar la anulación de los elecciones en un clima enrarecido por el acecho de los Estados Unidos, deseoso de “intervenir” en nuestro país ahora con el pretexto de que el terrorismo iraquí está fraguado, desde aquí, nuevas andanadas contra los vecinos. Esto es: Se acumulan las tensiones, el miedo también, mientras se develan que los favoritos de la contienda, hasta el momento, podrían reventar en cualquier momento.
Por ejemplo, en el PRI, cada vez se habla más de la enfermedad “secreta” de Enrique Peña Nieto –presuntamente un cáncer en la próstata detectado en su etapa de encapsulación, es decir tratable por el momento-, como un elemento que podría determinar la asunción del senador Manlio Fabio Beltrones, el más conocedor de los intríngulis del poder. Algo hay detrás de todo ello, incluso la confirmación de que Peña está siendo tratado médicamente, que agrega otros elementos a la justa por la candidatura presidencial a pesar de la enorme distancia entre uno y otro en cuanto a las simpatías de la militancia.
En el PAN, claro, la disputa es entre los operadores de Los Pinos, quienes insisten en apoyar a Ernesto Cordero aun cuando es el peor posicionado, y cuantos convocan a lanzar a Josefina Vázquez Mota con el apoyo de más del cincuenta por ciento de los panistas de acuerdo a reciente encuesta y con Santiago Creel en medio de los dos, cada vez con posibilidades más mermadas y sin destino seguro.
Y, finalmente, los dirigentes perredistas vuelven a considerar el dilema de si la Presidencia estaría dispuesta a considerar a Marcelo Ebrard –quien tiene proyecto a futuro propio-, como una opción, frenando con ello al impredecible Andrés Manuel quien ha vuelto a levantar la cara cuando muchos apostaban por su temprana muerte política tras los plantones poselectorales de hace un lustro. Resulta que López Obrador, quien renunció a una asonada –que bien podría haber evaluado en aquella perspectiva fraudulenta-, ha sido capaz, antes de iniciarse los tiempos previstos para precampañas y campañas, de volver a aglutinar a millones de mexicanos –no como en 2006 pero muy numerosos-, y advierte que puede sumar muchos más a su convocatoria. Y, francamente, es de creerse. De allí que la postulación de Ebrard resultaría chocante y anticlimática porque develaría una especie de alianza soterrada con Felipe Calderón para iniciar, desde ahora, el plan del “gobierno de coalición”. Una caída para el PAN y la derecha, de cualquier manera.
En el centro neurálgico está la ley que algunos hacen a un lado y que podría salvarnos a los mexicanos de la catástrofe. Pero las interpretaciones son más fuertes que su espíritu. Por ello, claro, es la incertidumbre la que rodea el proceso. ¿Se tratará de infundir miedo a los electores, en niveles superiores a cuanto ocurrió en 1994, con la espada de Damocles sobre la cabeza de todos nosotros? La estrategia funcionó, en 1994, a trueque de un magnicidio; y en el presente, sin descartar la posibilidad de un atentado indeseable, el numen está en el peligro severo en el que se ha puesto a la ya precaria soberanía nacional.
¿A quién culpamos por ello?¿A la sociedad como pretenden cuantos, desde el gobierno se quieren lavar las manos?¿O al mandatario incapaz de detener la oleada de criminalidad aunque sobre sus hombros se apilen cincuenta mil cadáveres... y los que restan?
Debate
No es cualquier cosa. La advertencia de Rick Perry, gobernador de Texas y precandidato republicano en pos de la Casa Blanca, sobre la posibilidad de enviar “tropas” a México, para coordinarse con “las autoridades mexicanas”, en palucha contra el crimen organizado, subió de tono en cuanto se divulgó que nuestro país pudiera estar albergando células iraquíes, protegidas por su embajada, dispuestas a encontrar el momento oportuno para atacar, con actos terroristas similares a los ejecutados en septiembre de 2001 en Nueva York –el supuesto ataque al Pentágono, en Washington, no ha sido comprobado hasta la fecha-. Este es el mejor pretexto para validar la advertencia en pleno arranque de las campañas electorales.
Visualicemos el contexto, acaso a partir de lo que pueda ocurrir dentro de tres semanas en Michoacán en donde será incluso difícil instalar casillas en ciertos municipios en donde los grupos delincuenciales –“La Familia” y “Los Caballeros Templarios” están refugiados y no hay más orden que el impuesto por ellos. Si la elección en aquella entidad se contamina por efecto de la violencia y el miedo, para facilitar con ello el arribo de la indeseable “Cocoíta”, rechazada por amplios sectores de la ciudadanía, bien podemos suponer que la descomposición general es igualmente un arma estratégica electoral para el partido en poder de la Presidencia. “Nuestro Inframundo”, naturalmente.
Quizá por esta razón, el libro de mi autoría, editado por una editorial mexicana, JUS, fundada nada menos por uno de los íconos del panismo histórico, Manuel Gómez Morín, ha resultado incómodo a través del relato de “los siete infiernos de México”. Y esto, por sí, demuestra hasta donde se ha perdido el espíritu del viejo panismo, abierto a las ideas incluso liberales y de vanguardia en su primer momento, por otro, socarrón, en donde sólo es válida la voluntad central por asegurar el continuismo en contra de toda promesa de cambio. (No se olvide que Gómez Morín, antes de fundar al PAN, se proclamó admirador de la organización espléndida de los “soviets” que quería imitar para asegurar la disciplina cuya tendencia es impulsar el desarrollo económico).
El hecho es que, además, quienes han pertrechado a los mafiosos, mucho mejor que a nuestro ejército, mediando los mil 400 almacenes especializados en armas a través de la frontera norte del país, han sido, claro, los estadounidenses.
La Anécdota
Hace casi medio siglo, un adolescente, de High School, me dijo sin el menor rubor:
--Me encantaría conocer México... pero no puedo.
--¿Y eso por qué?
--Bueno, la verdad es que no sé montar a caballo.
al era la imagen, junto ala del indito cubierto por el gran sombrero y durmiendo a todas horas, que sigue prevaleciendo en no pocos escenarios de los Estados Unidos. Como si fuéramos remedos de aquel gran guerrillero que los puso en jaque: Francisco Villa, nada menos. ¡Cómo nos hace falta alguien
como él.
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