¿Mal de muchos, consuelo de tontos? No estoy tratando de demostrar nada con estos ejemplos, (menciona en la columna anterior) que se podrían alargar hasta el infinito, sino diciendo que si se trata de poner punto final a la violencia que los seres humanos infringen al mundo animal para alimentarse, vestirse, divertirse y gozar, ideal perfectamente legítimo y sin duda sano y generoso, aunque de tremebundas consecuencias, habrá que hacerlo de manera definitiva e integral, sin excepciones. Y, a la vez, sacrificando al mismo tiempo los toros, los zoológicos, y, por supuesto, los placeres gastronómicos, especialmente los carnívoros, y las pieles y todas las prendas de vestir y utensilios u objetos de cuero, piel y pelambreras, y hasta las campañas de erradicación de ciertas especies de insectos y alimañas (¿qué culpa pueden tener el anófeles hembra de transmitir el paludismo, la rata la peste bubónica y el murciélago la rabia? ¿Se extermina acaso a los humanos portadores del sida, de la sífilis o del contagioso catarro?).

De modo que el mundo alcance esa utópica perfección en la que hombres y animales gozarán de los mismos derechos y privilegios, aunque, claro está, no de los mismos deberes, porque nadie hará entender a un tigre hambriento o a una serpiente malhumorada que está prohibido, por la moral y por las leyes, manducarse a un bípedo o fulminarlo de un picotazo.

Mientras no se materialice esa utopía seguiré defendiendo las corridas de toros, por lo bellas y emocionantes que pueden ser, y, por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque le aburren o porque la violencia y la sangre que en ellas corren le repugna. A mí me repugnan también, pues soy una persona más bien pacífica.

Y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados. Lo que nos conmueve y embelesa en una buena corrida es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado, de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo a su contrapartida que es la muerte.