El premio más municipal de la tierra”, dicen que decía el poeta salvadoreño Roque Dalton no sin cierto resentimiento. Aunque hay quien atribuye la frasecita a Borges. Hoy que Vargas Llosa, el controvertido escritor peruano ha ganado el Nobel de Literatura 2010, es un buen momento para revisitar las contradicciones del celebrado galardón.

Dicen los ingenuos que un escritor son sus libros y no sus opiniones ¿Pero qué pasa cuando la concepción del mundo de un autor se filtra hacia su obra, y hasta en la ficción se involucran sus tomas de posición y sus ideas políticas?

Es el caso de Vargas Llosa. Un escritor al que sus repentinos entusiastas tildan hoy de renovador de la lengua. Pero que al igual que el mexicano Carlos Fuentes, en sus últimos libros, el autor de “La Casa Verde” ya no es ni la sombra del poderoso autor que fuera en su remota juventud. ¿El premio es para aquel muchacho impaciente que escribiera “La Ciudad y los Perros”? ¿O del magistral tejedor que construyó “La
Guerra del fin del Mundo” y “Conversación en la catedral”? Al igual que Varguitas, el personaje de su novela cumbre, sólo él ha de saber “el momento en que se jodió todo”.

Virajes

El peruano, nacionalizado español, devino de autor portentoso a político de oportunidad e ideólogo de la reacción. Un derechista que ha condenado “lo popular” por confundirlo con lo populista. Un autor que mete a toda la izquierda en el mismo saco de los folclóricos dictadores latinoamericanos como Castro o Chávez, o que en la estrechez de criterios que decía combatir justificó la aberrante invasión de Irak. Representante de un carácter etnocéntrico y autoritario-patriarcal basado en la primacía de la cultura europea. Como Fuentes, juzgando siempre la “realidad latinoamericana” desde Europa o desde la cátedra de las universidades
norteamericanas.

Miopía

Aunque el galardón ha devenido en una suerte de tómbola geopolítica, un año Oriente, otro Europa o las antípodas australianas, la Academia Sueca no le dio el Nobel de literatura a los rusos Tolstoi y Gorki, ni al irlandés Joyce, ni al nicaragüense Darío. No se lo dieron al japonés Mishima, ni a los latinoamericanos Borges, Cortázar o Jorge Amado. Pero sí recién terminada la Segunda Guerra al político e historiador autodidacta Winston Churchill, quien se dio su tiempo para escribir acerca de la historia del idioma inglés.
Pero la aberración no se redujo sólo al campo de las letras: Mahatma Gandhi, considerado unánimemente como el pacifista más importante del siglo 20, y que pagó con su vida la coherencia, no fue reconocido con el Nobel de la Paz, pero sí el truculento Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, artífice del Golpe Militar en Chile, o ya entrados los 90, otro terrorista devenido en político, el árabe Yasser Arafat.

Criterios

Se dice que la Academia posee un exhaustivo mecanismo de selección. Que se investiga la vida y obra de los candidatos durante un largo año. Pese a todo, sigue siendo el reconocimiento más prestigioso que puede recibir un intelectual o un científico por su quehacer. La desidia no se ha reducido a cuestiones raciales, no se lo dieron a Chejov, ni a Kafka, ni a Proust, ni a Henry James, ni a Nabokov, o a Graham Greene.
Dicen que el testamento de Alfred Nobel especificaba entregar el reconocimiento a personajes de “tendencia idealista”, o por sus valiosas aportaciones al mundo. Aún así, Nikola Tesla, que propugnaba por la distribución gratuita de la energía eléctrica, padre de la modernidad, vía la corriente alterna y las ondas electromagnéticas, y su acérrimo enemigo, el centavero Tomás Alva Edison, quien patentara más de mil inventos -entre los que se cuentan el fonógrafo, el altavoz y el micrófono, el precursor del cinematógrafo y el foco- fueron nominados y descartados en la terna de 1915, debido al dudoso linaje de ser científicos autodidactas.

Bardo de las bardas

“La política es una forma de la maldad. El mayor error que he cometido en mi vida”.
Mario Vargas Llosa
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