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Luis Jorge Boone
Luis Jorge Boone
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Luis Jorge Boone Luis Jorge Boone nació en Monclova, Coahuila, en 1977. Es autor de los poemarios Traducción a lengua extraña (2007), Novela (2008), Los animales invisibles (2010) y Versus Ávalon (2014), entre otros; del volumen Lados B. Ensayos laterales (2011); de la novela Las afueras (2011); y de los libros de cuento La noche caníbal (2008) y Largas filas de gente rara (2012).

Es coantólogo de Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982 (2012) y compiló Tierras insólitas. Antología de cuento fantástico (2013).

Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Parte de su obra está traducida al inglés.

Ha recibido once premios nacionales: de Cuento Inés Arredondo 2005, de Poesía Joven Elías Nandino 2007, de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y de Literatura Gilberto Owen 2013, entre otros. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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02 Mayo 2014 03:00:57
Contra la línea recta
Eduardo Padilla es un crack. Con su primer libro de poemas, partió las aguas de la lírica de su generación y aportó nuevos materiales a la trifulca irresoluble acerca de los límites de lo que es y no es poesía. Aunque la circulación de sus libros ha sido discreta -y contrastante con la admiración que despierta su escritura-, su obra marca ya un punto importante en el mapa de nuestras lecturas: no un centro de gravedad reconocido y lineal, sino un atractor extraño.

“Zimbabwe” fue un inquietante arranque; luego siguió “Minoica”, volumen escrito en colaboración con otro terrorista en verso, Ángel Ortuño, que supuso la venturosa continuidad de lo improbable; con “Mausoleo y Áreas Colindantes”, nos convencimos que si el rayo vuelve a caer en el mismo lugar, lo hará apelando a la imprevisibilidad de su dibujo. Eduardo Padilla (Vancuver, 1976) acierta al blanco móvil de nuestra perplejidad, pero lo hace siempre variando sus recursos, trazando los caóticos contornos de poemas que desfiguran lo real. Ahora lo hace con “Blitz”, breve, pero enganchado título publicado hace unos meses por la editorial independiente filodecaballos.

En el poemario abundan los cortometrajes, poemas de aliento medio y largo construidos en torno a un personaje -locos, parias, iluminados de dudosa procedencia-, o que se dejan fascinar por la estela que éstos dejan. Construidos a base de distracciones, repeticiones y elipsis, estos guiones imposibles de filmar representan una forma que, aunque presente desde su primer libro, en este poemario tiene predominio sobre el poema breve. Poemas narrativos, cuentos jibarizados que describen seres peculiarísimos: la mayor ejecutante del extraño instrumento musical llamado theremin, el imposible Jonás bíblico, un ermitaño que mezcla el juego con la teología y el alcohol, un inocente Bartolo en inútil fuga.

Finales abiertos, anticlímax, vueltas en U, callejones sin salida. Hay que estar alerta para no perderse. El poema es la coartada y no hay cadáver. Una duda que no termina de despejarse, una burla que electrifica el aire. El reverso de lo bien sabido y lo que no sospechábamos. Padilla describe mapas movedizos de historias que se pierden a medio camino, porque ¿qué caso tendría contarlas completas, ordenadas, con todo y su bien peinada moraleja? “Las cosas siempre pueden empeorar un poco. Las cosas son indestructibles. ¿Sabes por qué lo digo? Porque siempre pueden empeorar. Luego tal vez mejoren, y luego, de nuevo, invariablemente, vuelven a empeorar. Las cosas nunca llegan a nada”. Justo así, entonces: en estos poemas las cosas se estrellan, pero todo puede ir peor, y lo más seguro es que nada acabe.

En “Blitz”, el poeta escribe contra la fiscalización, las buenas maneras, el deber ser: “nada hay que me impida/ contarlo todo mal”. Su explicación sobre el hecho creativo podría ser la frase “poesía es pareidolia” (fenómeno psicológico donde un estímulo impreciso es percibido como una forma conocida o familiar). No es que reconozcamos el arte, lo inventamos al verlo. Vemos poesía porque la traemos dentro, porque la ocasión se presta.

La realidad no es así. Nunca es sólo “así”. Vamos: no hay un “así” en la realidad de nuestra locura. Esas líneas esfumadas, esos bultos borrosos, esas aceleraciones que se desinflan, esos recuerdos ajenos que nos definen, esa memoria personal que se barre debajo de la alfombra. En cada poema, Padilla nos arroja a la cara la escasa confiabilidad de las percepciones: “Hasta abajo van los manglares./ Arriba las colinas/ negras y violetas./ A mí me recuerdan/ al culo de un mandril/ pero tú bien podrías/ verlo de otra forma”.
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