El adolescente, paralizado por el terror, fue rodeado por los gendarmes. Se preguntaba con la desolada mirada característica de los adolescentes ¿Será éste el mundo del que hablan nuestros padres? Los uniformados lo maltrataban con ese solo y único rostro que suelen tener los gendarmes vestidos de seres humanos aquí, y en cualquier parte de las latitudes del planeta. La súplica amistosa en los labios del joven se convirtió en silencio de hiel. Es extraño el terror: Le arrebata a la persona su condición humana.

Ocultando el rostro por vergüenza, mirando sin ver, los ojos perdidos dentro de las órbitas, fue conducido a golpes y empellones a la jefatura de Policía. El pánico irracional del que es sorprendido infringiendo la ley se apoderó de él. Cuando advirtió que había perdido la libertad, sintió que ya no había nadie en el mundo de quien pudiera esperar ayuda o compasión. Se encontraba demasiado solo para saber lo que le estaba sucediendo: Había roto su relación con los seres y las cosas y, ahora, cometida la infracción, ignoraba absolutamente todo respecto a los demás y respecto a sí mismo. El reclusorio se convirtió en un infierno real: Sin llamas y sin demonios, pero sí con verdugos que a través de esa clase de interrogatorio donde la tortura física es el instrumento principal para obtener declaraciones, ensayaban con él las más crueles y audaces ocurrencias de su ingenio.

Existe en la actualidad un gran absurdo aquí y en todas partes del mundo: Los representantes de la ley con demasiada frecuencia son los primeros en violar los derechos humanos. Los que contemplamos en silencio nos hacemos cómplices del crimen. Decimos que no deseamos formar parte de él y, aunque nos declaramos en pro de la ley y del orden, no decimos nada cuando se transgreden los derechos y garantías del individuo, y se recurre a la violencia de manera habitual para someter a los delincuentes.

Aunque los derechos humanos forman parte de las constituciones de los países a nivel global, no obstante, día a día se cometen atracos contra el derecho de las personas en el mundo entero debido a que las autoridades que tienen el primer contacto con los ciudadanos no han sido capacitadas para ejercer una función tan necesaria y delicada en toda sociedad: Resguardar el orden sin transgredir los derechos de los demás. No han sido entrenados para proteger al ciudadano. Y para proteger a alguien, se requiere un elevado grado de calidad humana.

En las leyes de las constituciones se encuentran enunciados claramente los derechos humanos, pero falta el puente para hacer llegar al ciudadano la protección del Estado a sus garantías y derechos. Este puente debe ser la fuerza policiaca. Para formar parte de un cuerpo de seguridad se deberán cubrir previamente cursos de capacitación que comprendan todos los aspectos técnicos y morales para ejercer debidamente su ministerio. El agente de seguridad deberá ser ciudadano íntegro, y capacitarse para hacer un trabajo social de excelencia; además, deberá encarnar los valores humanos necesarios para respetar los derechos de los demás.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada en 1948 especifica que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de TODOS los miembros de la familia humana, por lo cual deberán ser protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que la persona no se vea compelida al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión.

La existencia de leyes que amparan las garantías individuales se han elaborado para asegurar el respeto a los derechos de todo ciudadano, no para castigarlo o atormentarlo. El desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad. Y, aunque se ha proclamado el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, puedan disfrutar de la libertad de la palabra y de la libertad de creencias, el momento que vivimos en el mundo habla de estar muy lejos del ideal.

Cuando las fuerzas de seguridad violan los derechos humanos, ¿quién controla al controlador?
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