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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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06 Noviembre 2016 03:00:00
Corrupción rampante
Hoy es Veracruz, ayer Quintana Roo y Sonora, antier Tabasco, y la lista puede seguir, en una secuencia infinitamente recurrente.

El presidente Peña osó decir que la corrupción en México era una cuestión cultural, y más de uno se tiró a su yugular, dándose golpes de pecho y rasgando las vestiduras, contradiciendo el aserto en resguardo de ellos mismos.

Hay quien, de otra manera, afirma lo mismo, pero con una metáfora: la corrupción no es un mal “endémico”, puesto que no es originaria ni exclusiva de México, pero no deja de ser “epidémico”, lo que lo hace –palabras más, palabras menos– “imposible de ser erradicada, y sólo susceptible de ser controlada”.

Lo cierto es que resulta ineludible tomar en cuenta a la corrupción en todo estudio del acontecer mexicano.

Y no se trata de la –en el contexto– casi inocente, casi pintoresca “mordida”, cercana inclusive al folclor.

Se trata, en cambio, de una compleja metodología de acción que, en México –duele decirlo– ha fincado sus reales en la política, los negocios, los intercambios culturales, públicos y privados, con un grado de alta sofisticación, de manera generalizada y como práctica habitual en círculos y actividades cada vez más extensos.

El desarrollo del mal, el cinismo con que en su presencia se actúa, son síntomas de gravedad que a veces hacen pensar en él, para seguir con la metáfora patológica, como enfermedad terminal.

Sigue imponiéndose la necesidad de aislarlo, para definirlo, y poder combatirlo luego con eficacia, porque de otra suerte, sólo podremos limitarnos a darle la vuelta, como en el torno las mulas, engrosando el discurso y ensombreciendo la realidad.

Para ello no basta –por parcial y equivoca– una visión que se concentre, como habitualmente sucede, con pensar en la corrupción como un simple abuso del poder público para obtener beneficios privados. Ello es insuficiente para entender el problema y todavía pasa que la corrupción tiene otras caras, crecientemente visibles, que miran desde el otro lado del espejo. Por ejemplo, el abuso de capacidades privadas, para obtener beneficios públicos.

Hace falta redefinir el concepto, y reubicar el objetivo de su estudio porque, aunque no fuera una cuestión cultural, endémica o epidémica, es sin lugar a dudas un problema estructural.

Hay una visión muy digna de tomarse en cuenta que he visto aportar, en una entrevista reciente, a la Dra. Irma Eréndira Sandoval Ballesteros, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, quien, con una sencilla fórmula, esquemáticamente y de manera muy accesible, la caracteriza como una combinación de factores, entre los que destacan el abuso de poder –incluso el de carácter fáctico– aunado a la impunidad y a una evidente falta de participación ciudadana. Dice de la corrupción –y no se puede menos que concordar con ella– que es “un problema institucional y político que requiere de soluciones igualmente estructurales”.

La “corrupción estructural” es, por lo tanto, un problema de dominación política, impunidad generalizada, y exclusión social.

Personalmente creo que, tanto el fenómeno como el discurso en que se circunscribe, ha sentado sus reales y se ha incrustado en las estructuras sociales gracias al encumbramiento del mercantilismo galopante propiciado por la miope perspectiva “neoliberal” –que de liberal nada tiene– aunada a una pérdida rampante del sentido moral de la solidaridad, que impone la naturaleza social de los seres humanos.

Conflicto de interés, simulación democrática, abuso de poder, impunidad, opacidad, falta de participación ciudadana, conformismo y desidia no son sino síntomas de un decaído civismo, que ha cedido espacios a una codicia sin freno, egoísta y sin honor ni sentido axiológico de altura, que no se remediará mientras no se regrese a la valoración de la responsabilidad que toda libertad conlleva.

Corromper significa, según el Diccionario de la Real Academia Española, en su segunda acepción, “echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo”. Eso es lo que ha ocurrido con el tejido social.

“Ande yo caliente, y ríase la gente”, parece ser la divisa de las oligarquías corruptoras.

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