Mimamos a los deportistas como si fueran paridos por los dioses: Salarios fabulosos, reflectores cegadores sobre sus vidas, trato de ídolos adorados desde las tribunas.

Alcanzan así la fama y la fortuna, muchachos llaneros, que pudieron quedar de albañiles, de contadores o dependientes en un pueblo de Brasil, de Uruguay, del mismo México.

Bellas historias que parecen trama de película. Historias para alentar a los chicos desposeídos que sueñan con enfundarse en el uniforme de un equipo de futbol profesional.

Ganan, en efecto, mucho dinero Y lo merecen, porque provocan en derredor de ellos negocios de fábula para sus patrocinadores, para los que viven del espectáculo deportivo.

Pero a la puerta del deporte profesional no se les advierte a los favorecidos por el llamado de la gloria, que ésta depende exclusivamente de su inteligencia y fuerza física para
jugar bien en la cancha. Que su vida profesional será breve; que serán desplazados apenas llegue otro adolescente más talentoso.

Y después no hay nada. No hay futuro, salvo para el que logra vivir su buena racha con mesura y con ahorro. El que entiende la brevedad del reinado de la fama.

Los demás sufren para reincorporarse al mundo real. Al que paga poco y exige mucho. Al del anonimato y la friega diaria.

Hasta llegar a casos tan patéticos como el de “El Gato”, el ex rayado que quiso mantener el oropel de la fama y no halló otra forma que secuestrar amigos.
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