Cuando menos así solía suceder.
En México, a falta de reyes, condes y duques, casi nos fue obligado inventar una nueva aristocracia, sobre todo a partir de la asunción foxista al poder y su declaratoria sobre el cogobierno para enaltecer a Martita, la ambiciosa, quien no pudo ser candidata a la Presidencia perdiendo para México el galardón que ahora ostenta la viuda de Ernesto Kirchner en Argentina con besos volados hacia el firmamento. Martita, a cambio de ello, se inventó su propia Corte, aseguró el porvenir e incluso convirtió a su marido en una especie de icono intocable o de gurú para ir determinando, con declaraciones esporádicas y en apariencia frívolas y casuales, los pasos a dar en plena eclosión política. Fue él quien primero anunció que la ventaja del priísta Enrique Peña Nieto parecía irreversible y ahora se queja de la mala publicidad que éste recibe por cuanto a su incultura -una coincidencia entre ambos por errar el nombre de autores conocidos y soberbios-, y su ausencia de buen inglés. Sólo le falta decir que es su verdadero heredero sentimental dadas las coincidencias entre ambos.
Con Marta Sahagún se vivió en Los Pinos la recreación de una aristocracia con cara de mujer. Herederos y compadres, amigos entrañables, que curiosamente pasaron de un bando a otro como si de cambiarse la camisa sucia se tratase, formaron el círculo dorado mientras los críticos irredentos fuimos condenados al rojo. Y aquello continuó con la aparición de dos nuevas familias con testas coronadas, los Calderón -aun frustrado el propósito de nepotismo por el momento- y los Zavala Gómez del Campo quienes han protagonizado el papel de “La Malinche” por sus interrelaciones con los capitales españoles en plena reconquista. Juan Ignacio, por ejemplo, el cuñado-vocero durante años de Felipe, se incorporó de inicio al grupo PRISA, que edita “El País” de Madrid ahora a la baja tras el descalabro histórico de los socialistas y de cuantos, en las páginas editoriales de este cotidiano, los alentaron, justificaron y consintieron. Ni modo que ahora nieguen su responsabilidad.
Fue el grupo PRISA quien llegó imponiendo condiciones, primero en la XEW, cortando las cabezas de los comunicadores incómodos -el caso de Carmen Aristegui fue el más significativo-, y luego a lo largo de las negociaciones sobre las frecuencias radiofónicas de las que salió estupendamente librado. De hecho, en pocos meses, el consorcio se convirtió, pese a su falsa posición de izquierda, en el mayor de los aliados de la derecha mexicana con tal de defender así los intereses de los grupos afines, incluyendo los financieros con el BBVA-Bancomer y el Santander a la cabeza. Todo fue como si se realizara un libreto con el incondicional apoyo del gobierno calderonista, primero con la intermediación del gallego-madrileño-campechano Juan Camilo Mouriño y después con la de Alonso Lujambio Irazábal, secretario de Educación, quien apuesta tan fuerte por el continuismo político que prefirió descartarse de la carrera sucesoria aunque el PAN perdiera el apoyo de la poderosa Elba Esther, la Novia de Chucky. Enfermo durante un mes, Lujambio retomó los bártulos.
(Recuérdese que también Enrique Peña Nieto fue tratado de un cáncer en la próstata, encapsulado, esto es en su primera fase, sin el menor riesgo para su vida y su futuro como señalamos desde un principio. Sin embargo, algo de seguridad perdió en su talante cuando se sintió al descubierto y dejó de preparar correctamente sus presentaciones públicas; de allí, los tropezones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y durante la inducida entrevista, precisamente, con “El País” en pleno pago de facturas).
El hecho, en fin, es que las interconexiones entre las primeras familias y las que se acercan a este plano revelan la existencia de una nueva Corte, casi al estilo de Versalles, en donde sólo cuentan los intereses de la pequeña e intocable aristocracia. Pobres de aquellos que queden excluidos de los grupos privilegiados de la política o del imperio paralelo, el del narcotráfico que manda lo suyo en la perspectiva de la carrera por la sucesión presidencial. Son tan fuertes que ni siquiera Felipe Calderón se atrevió a señalarlos, como es su obligación constitucional, cuando denunció que el “narco” había infiltrado los comicios de Michoacán en pro del aspirante del PRI, Fausto Vallejo, quien, sin la parafernalia presidencial de por medio, arrancó la contienda como el mejor posicionado de los candidatos. ¿O vamos a creer en la falacia de que “La Cocoíta” fue tan exitosa como para remontar en unas semanas del tercero al primer sitio porque los michoacanos le descubrieron más virtudes que a Santa Teresa de Ávila?
En fin, si aquella batalla fue entre el imperio del narco y la aristocracia presidencial, ya sabemos quienes ganaron.
Debate
Las monarquías ya no pueden sostenerse. Basta cualquier escándalo para ponerlas en jaque. Y es que, sencillamente, cada vez su representatividad es menor –o nula- sin disminución del boato que las impulsa. En España, por ejemplo, los ciclos se cierran cada treinta y seis años, los mismos que duró la execrable dictadura franquista y los que ya lleva Juan Carlos I, quien de manera imprudencial mató a su hermano Alfonso en el exilio real en el Palacio del Estoril, cercano a Lisboa, cuando el caudillo mandaba y le había hecho llegar, como regalo por su graduación académica, el arma con la que días después, jugueteando, había privado de la vida a su cofrade. Este episodio resulta fundamental para entender, de hecho, la complicidad entre Franco y el rey quien, solemne, bajó la cabeza ante el féretro del tirano. Mientras Juan Carlos sea rey no se podrá cerrar del todo la negra historia del franquismo.
De igual manera, y he aquí el símil curioso, mientras los aliados del nuevo y viejo régimen, en México, sean los mismos, no será factible el punto final sobre la hegemonía de un grupo partidista que ha cambiado, varias veces, sus siglas: Primero, el PNR, después el PRM, luego el PRI y actualmente el PAN, con otros colores pero la misma estructura. Las autocracias se tocan y las monarquías marchan paralelas siempre.
Por fortuna, en México los cambios sexenales son inevitables aun cuando no siempre se modifiquen reglas y condiciones. No fue así en 2000 cuando, eufóricos, saludamos a la primera alternancia que finiquitó el propósito de cambio en la medida en la que se apocaba el carácter de Vicente Fox a cambio de dejarle las manos sueltas a la consorte y su corte de aduladores. No hubo una transformación estructural sino una continuidad disfrazada porque la derecha no estaba preparada para gobernar ni parecía dispuesta a aprender; optó, desde el primer momento, en dar seguimiento a las políticas ya establecidas –sobre todo en lo financiera- lo que posibilita hoy una nueva alternancia con el mismo sentido inocuo.
La Anécdota
Una demanda queda en el aire al fin del gobierno “socialista” de Rodríguez Zapatero: Los huesos y la calavera de Franco permanecen en la enorme capilla del Valle de los Caídos, antes muy visitada y ahora cerrada al público para evitar los referentes devotos. Y no parece factible, con Rajoy en el gobierno, que los restos se trasladen hacia una locación familiar.
En México, surgen, de nuevo, las voces en pro de devolverle a México las cenizas de Porfirio Díaz, depositadas en el Cementerio de Montparnase, en París, donde falleció el oaxaqueño en el exilio. La derecha no se animó a violentar los fastos del centenario revolucionario con una polémica que podría salirse de control y dejó las cosas como estaban. Es así como actúan los conservadores de hoy y de siempre.
La secretaría de seguridad pública mantiene sus bloqueos sobre mis correos electrónicos y las posibilidades de acceso a las redes sociales. La democracia es, en México, exclusividad de los triunfadores que ostentan poder.
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