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Vicente Bello
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24 Diciembre 2016 04:05:00
Cuando diputados y senadores se corrompen del alma
El Congreso mexicano tiene dos funciones muy marcadas en el espíritu constitucional: La legislativa y la de control político. La más importante es la segunda. Su función de contrapeso constitucional se hace valer no sólo en el debate, sino en el rumbo que siguen las leyes, desde que son construidas.

Cuando no hay contrapeso; es decir, cuando la oposición es barrida en las votaciones, las leyes terminan siendo instrumentos de quienes detentan el poder público para dominar a la población.

Luego entonces, la función de control político es la más importante, la más grave, la esencial. Todo Congreso y Parlamento en el mundo debe su existencia a esas función: cuidarle las manos al titular del Ejecutivo federal, sea este presidente o monarca o primer ministro.

Dicen los estudiosos del derecho parlamentario comparado que el parlamento nació el día en que un rey inglés (le decían Juan sin Tierra, en el año 1261) tuvo que pedir dinero a su pueblo para continuar haciendo la guerra.

Le dieron el dinero, pero bajo condición de que aceptara que un grupo de señores notables del pueblo le llevara las cuentas de lo que gastaba. Ese fue el momento histórico en que apareció la etapa previa del parlamentarismo en el mundo.

Muchos años después, finales del siglo XVIII, Estados Unidos de América adoptó un sistema de gobierno único en el mundo: El republicano. Común denominador entre Congreso y parlamento era servir de contrapeso al ejercicio del poder público.

Después, muchos países que entonces de colonias se transfiguraban en naciones independientes, en cascada adoptaban el sistema de gobierno republicano. Uno de ellos fue México por supuesto, después de una intentona monárquica que apenas duró dos años, a partir de su declaración de independencia.

Desde entonces el Congreso asumió un papel de contrapeso, aunque muchas veces más como un simulador que como un real vigía del ejercicio del poder público.

Tuvo una época dorada,  que no se ha podido repetir: La del 57. Fueron los tiempos de los hombres de la Reforma, en cuyo Congreso Constituyente (1857) crearon los pilares de una República que todavía perviven, a pesar de que gran parte de esa estructura legal y política ha sido sometida a demolición por regímenes como el que lidera todavía desde la sombra Carlos Salinas de Gortari.

Fueron los años también en que el Congreso fue unicamaral, cuando -de 1861 a 1874- desapareció la Cámara de Senadores.

Tenía tanto poder la Cámara de Diputados que el mismo Juárez -después de que se fueron los franceses y pasaron por las armas a Maximiliano de Habsburgo- trataba de desflemarla. Y lo lograron pero hasta 1874, cuando Juárez ya había muerto. A partir de entonces, el Senado regresó, y el Congreso volvió a ser bicamaral.

Los presidentes de la República han visto con desprecio al Poder del Contrapeso constitucional. Fue el caso de Porfirio Díaz y después los regímenes priístas.

El PRI de Plutarco Elías Calles reformó las leyes en 1933 de tal modo que los diputados y senadores sólo lo fueran si el presidente de la República en turno, a través de la dirigencia del partido oficial, lo permitían.
La carrera política de diputados y senadores no dependía del trabajo que consiguieran realizar en el Congreso para beneficio de sus electores o de la nación, sino del grado de sometimiento que tuvieran ante al PRI y el Presidente de la República, así tuvieran que echar mano de la traición. Todo estaría bien para sus carreras políticas si obedecían al partido y al presidente.

Para infortunio del país, esto no ha cambiado, incluso cuando ahora los diputados y senadores pueden serlo si logran ser reconocidos por sus electores. Los partidos políticos siguen siendo favorecidos por el alto grado de sumisión de la mayoría de sus diputados y senadores.

¿De dónde les nace ser tan abyectos y tan traidores a los intereses nacionales, a la mayoría de los diputados y senadores actuales, si supuestamente los partidos políticos ya no tienen la misma influencia sobre ellos, que como en los tiempos de la primera época del PRI?

Hay opositores que suponen que esto sigue porque ahora el presidente de la República y las cúpulas partidistas han echado mano del envilecimiento monetario. El grupo en el poder ha optado no sólo por prostituir a la sociedad cuando les hace regalos a cambio de un voto. A los diputados y senadores también los han puesto a bailar con dinero, dándoles prerrogativas, facilidades para coyotear, e inclusive permitiéndoles partidas del presupuesto para que ellos las repartan a su libre albedrío, como si fueran integrantes del Poder Ejecutivo Federal.

Cuando un ciudadano llega a diputado o senador el sistema político procura corromperle el alma lo más rápidamente posible. Le da influencias para empoderarse política y económicamente, incluso más allá de los territorios marcados por el partido político que lo llevó al Congreso.

El sistema corrompe a esos sujetos separándolos económicamente de la gente de donde viene, o que dice representar. Los coloca en un casillero inalcanzable para la población, donde hay salarios (dietas) altísimas, bonos, pago de viáticos, gasolina y vehículos gratuitos.

No importa el partido del que provengan. Son tan iguales uno del PAN con uno del Pvem o del PRI, o del Pes o del Panal. Apenas algunas diferencias con los que renuncian a la mitad de su dieta. Pero el resto, ya son iguales. Por esto es que el Congreso valió sorbete como contrapeso constitucional.

Lectora, lector: Tren Parlamentario reaparecerá en este espacio el martes 10 de enero próximo. Gracias.

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