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Vicente Bello
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29 Noviembre 2016 04:00:00
Cuando el honor militar se convierte en una paradoja
En torno de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, la noche del 26 de septiembre de 2014, el Congreso de la Unión lleva desde entonces en el centro de la vorágine. Pero no como el protagonista principal, condición exigida por su función de contrapeso constitucional, sino circunstancialmente, en la medida que sirva a los intereses del Ejecutivo federal.

Punto central desde la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa fue el papel que jugó entonces el 27 Batallón de Infantería. Mientras la oposición pujaba por el esclarecimiento total de los hechos, el sector legislativo que bajo control está del gobierno –PRI, PAN, PRD, PES, Panal y Pvem- empujaba hacia la sombra, casi sistemáticamente.

A ultranza, el partido oficial y los que le suelen acompañar se negó a que el Ejecutivo federal abriera el cuartel de marras para que investigadores y padres de familia entraran a buscar a sus hijos.

Ahora el Congreso tendrá que dejar, a querer o no y siquiera por un instante, su condición de peón de la Presidencia de la República y deberá, cuando menos, posicionarse a propósito de nuevos datos que han surgido esta semana, a partir de la publicación de La Verdadera Noche de Iguala, un libro de la periodista Anabel Hernández.

Veremos qué hacen PRI, PAN y PRD ante el peso de la revelación del libro de marras, en cuyas páginas se asegura que entre quienes dispararon y desaparecieron a los normalistas también figuran soldados del 27 Batallón de Infantería.

Apenas el jueves reciente, en el Senado, el tema de la desaparición de los 43 barbotó con ímpetu de barrancada, cuando los senadores impusieron la Medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas Cámara, un teniente de la Marina que murió en Chilpancingo cuando intentó apagar el fuego de una gasolinería provocado por estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Opositores juran que la entrega de la medalla fue manipulada por el PRI y la Presidencia de la República para golpear políticamente a los
normalistas.

Rivas Cámara trabajaba en la gasolinera luego de que había regresado a la vida civil. Pero su alma de soldado le afloró ante el peligro inminente y, obedeciendo al espíritu de sacrificio muy propio de los militares, aun a sabiendas, presumiblemente, de que iría en prenda su propia vida, se abalanzó sobre el peligro, lo alcanzaron las llamas y al final murió, aunque aseguran quienes testificaron el hecho que conjuró, con su intervención, una verdadera tragedia en ese lugar.

Y así fue tratado y ensalzado el señor Rivas Cámara, en el Senado de la República: como un auténtico héroe. Hay, sin duda, un fuerte contraste entre lo que hizo Rivas y lo que presuntamente habrían hecho soldados del 27.

¿Qué hará ahora el Senado, ante la revelación de hechos totalmente contrarios al honor al que se debe todo militar? ¿Tratarán acaso los senadores y diputados de soslayar el libro de Anabel, o de descalificarlo a priori? Veremos.

En tanto, esto fue lo que un hermano de Gonzalo Rivas Cámara –el también teniente de la Marina, Iván Inocencio Rivas Cámara- dijo de él en la tribuna del Senado, el pasado jueves:

“Gonzalo Miguel Rivas Cámara, mi hermano, murió el 1 de enero del 2012, su corazón se detuvo tras una agonía de 20 días, provocada por las quemaduras que presentaba en la mayor parte de su cuerpo.

“Cada minuto, cada pensamiento suyo, después de esa tragedia, estuvieron dedicados a la gente a quien amaba, a nuestra madre, a la memoria de nuestro padre, a sus cuatro hijos, a sus hermanos y hermana, a la vida en la que él quería pertenecer, a su México, al que él tanto amaba.

“Mi hermano nació el 28 de abril de 1962, fue el mayor de cinco hermanos, quienes crecimos rodeados de amor, apoyo y comprensión. Somos una familia naval, así lo sentimos siempre; mi padre se retiró del servicio activo de la Armada de México con el grado de Capitán de Corbeta C. G., máquinas.

“La rutina en casa iniciaba literalmente con un toque de diana, había rutina de deporte, hora de estudio y de faenas. Son días inolvidables, días de familia, de un hogar, en los que los años pasaron entre la rutina escolar, los deberes que todo niño cumple en casa, y el olor a mar que se respira en el heroico Puerto de Veracruz.

“Lo recuerdo vistiendo su uniforme de marino, lo recuerdo emocionado al contarnos sus experiencias como paracaidista. Recuerdo también uno de mis cumpleaños, cuando yo soñaba que a mi fiesta llegarían los luchadores que yo veía en la televisión, y a los que admiraba.

Entonces, en medio del festejo, sin que yo pudiera creerlo, aparecieron, eran un grupo como de tres o cuatro, la pasamos bien. Nos hicieron una demostración de impactantes llaves y lances, después vino lo mejor. Justo antes de irse se quitaron las máscaras y, frente a nosotros, eran Gonzalo y sus amigos, en ese momento nació mi héroe.

“Habría quienes se pregunten, ¿qué es ser un héroe? Mi respuesta es: ‘Es una persona común’, en este caso un hombre de vida familiar, un hombre de trabajo honrado con una vida prácticamente ordinaria. Como cualquiera otro que, en un día sin pensarlo, lo da todo por lo demás.

“Cuando cumplí siete años él me regaló uno de los mejores días de mi vida. El 12 de diciembre del 2011 le regaló a muchos otros la oportunidad de regresar a casa, sanos y a salvos”.

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