Las hojas del calendario caen velozmente, la crisis de las finanzas públicas se agudiza, prácticamente todos los actores han rechazado el paquetazo 2010 (partidos políticos, legisladores, organismos empresariales, académicos, analistas, calificadoras internacionales y, para no ir más lejos, hasta un Premio Nobel de Economía), y ante este panorama la actitud oficial resulta parsimoniosa: “El gobierno (de Calderón) no tiene un plan alternativo en caso de que el Congreso deseche su propuesta fiscal”.

Simple y sencillamente, “no hay plan B”, dice el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, y no existe, porque “vamos a estar insistiendo en nuestro plan y a esta altura estamos señalando sus ventajas”.

Hasta donde se sabe, los citados actores no son sordos ni están ciegos, o lo que es lo mismo, han escuchado y han visto las argumentaciones y los números del paquetazo calderonista, y por lo mismo, luego de riguroso análisis, lo han rechazado, de tal suerte que todo apunta a que las carencias visuales y auditivas se registran en los que proponen y defienden el “plan A”.

Ocho años atrás (2001), en una circunstancia similar, aunque de mucho menor intensidad, los voceros del “cambio” dijeron exactamente lo mismo que hoy anuncia el doctor “catarrito”. Vicente Fox hizo pública su “reforma fiscal” (que no tenía mayor alcance que el IVA en medicinas, alimentos, libros y todo lo que en el país se consumiera) y consideró que para lograr su aprobación resultaba más que suficiente el machacón discurso oficial, en el sentido de que “los pobres se beneficiarán con la nueva Hacienda redistributiva” (como pomposamente le llamó). Ante lo evidente (no sería aprobada por el Congreso), la entonces portavoz presidencial, la grata y simpática Martita, dijo: “No hay plan B”. Y el gobierno de la lengua larga y las ideas cortas carecía de él (siempre según este personaje) por una simple razón: “en México no hay crisis, ni emergencia, ni contradicciones, ni desaceleración económica”, ergo, no lo necesitaba.

Ese año la economía cayó: El producto interno bruto registró una contracción de 0.3 por ciento (cifras oficiales) y se cancelaron 270 mil empleos formales (ídem). Ante lo evidente, nunca apareció un “plan B”. La misma línea sigue el actual inquilino de Los Pinos, pero el problema se agudiza cuando se conoce que en 2009 el desplome de la economía mexicana sería 27 veces más profundo que en 2001, que en los últimos doce meses (agosto 2008-agosto-2009) se han cancelado alrededor de 550 mil empleos formales y que la tasa oficial de desempleo abierto alcanza una proporción no registrada en décadas. Pero para qué un “plan B” si, como decía Martita, “en México no hay crisis, ni emergencia, ni contradicciones, ni desaceleración económica”.

Así es, no hay “plan B” y por lo visto tampoco “plan A”. Felipe Calderón y el gobierno de la lechera comprometieron 5 por ciento de crecimiento y un millón de empleos por año, entre su enorme inventario de promesas. Casi tres años después, el resultado económico y social es devastador.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb