Este columnista, desde hace muchas décadas, escogió la libertad y no la defensa de los intereses corporativos. La lucha ha sido, por tanto, cuesta arriba. En no pocas ocasiones amargas por las vicisitudes. Quién me iba a decir que a mis cincuenta y nueve años –y no cincuenta como erróneamente se publicó hace unos días; ¡qué más quisiera!-, después de publicar treinta y un libros críticos y contar con miles de lectores -mi mayor fortuna- por todo el país, que de nuevo caería en las redes de la censura y en la persecución como ha sucedido alrededor de la publicación de “Nuestro Inframundo. Los Siete Infiernos de México” –Jus, 2011-, cuya distribución nacional ha sido gradual, lentísima, bajo el fragor de la batalla. Jus, una empresa mexicana y por ello acaso sin las canonjías que se entregan a las editoriales extranjeras –sobre todo las de capital español-, ha hecho todo lo posible por ir rompiendo barreras para poder ofrecer el libro en cuestión, lo que no ha sido nada sencillo.
Nunca, lo digo con pleno conocimiento de causa, había enfrentado situación semejante pese a las amenazas del pasado que no pasaron de bravatas. Quizá el asesinato de Carlos Loret de Mola Mediz –cuya memoria seguiré honrando hasta el fin de mis días por cuanto me legó de honor y hasta de temeridad-, en febrero de 1986, marcó mi carrera; pero, desde entonces, el ejercicio de la crítica me deparó una existencia azarosa si bien, repito, nunca pensé llegar a la madurez siendo perseguido, acosado y denostado al grado que lo hace hoy la clase política en el poder. Así y todo, sigo escogiendo mi libertad, el maravilloso privilegio de decir lo que me dé la gana sin necesidad de contar con el visto bueno de nadie. Me equivoco, muchas veces, pero rectifico cuando me convencen de que he errado y cuando no, es porque, sencillamente, algún caso me rebasa pese a la experiencia acumulada. Pero nadie puede decir que actúo con alevosía ni con el precario interés de sacar provecho malsano de cuanto escribo y digo. Y esto es, para mí, la mejor tarjeta de presentación para cuantos me honran con su lectura. Con este criterio me formó mi padre y así procuré y procuro hacerlo con los míos.
La guerra mediática está ya a todo vapor. Y es por eso necesario hacer las puntualizaciones necesarias. Es evidente que las jornadas políticas por venir irán dando la pauta de quien está en tal o cual bando; igualmente, los lectores deberán estar atentos a registrar a cuantos no estamos comprometidos con algún partido y alguna estrategia en particular –como las que impone el gobierno central- para aportar información importante, valiosa, y así forjar criterios en algo más que los estribillos de siempre y en las conclusiones con sabor a vendetta particular. Ni modo que creamos los argumentos baladíes de cuantos, en la cúpula financiera, se han convertido en verdaderos cruzados de sus respectivos corporativos.
Y voy a citar un ejemplo: La paranoia producida por la normativa, generada en Veracruz, para perseguir y sancionar a una nueva modalidad de terrorismo, el cibernético, alegando que con ello se coarta el derecho a la libre expresión. Analicemos la falacia porque merece la pena. Si este columnista, en un arranque de profunda irreflexión, se atreviera a convocar a una revuelta incurriría en una conducta delictiva y con muy altas sanciones por cuanto el Estado no puede aceptar la subversión como un elemento de convivencia cotidiana. Y, por tanto, habría material de sobra para ponerme tras las rejas. Para ejercer el periodismo es necesario, primero, ser responsable.
En cambio a los llamados “twiteros”, tan de moda ahora, se les ofrece un espacio libre de cualquier presión y normatividad. Puede arengar en pro de un alzamiento o sembrar el caos anunciando catástrofes que no son, o intimidar al gran público... para ir o no a votar, sin que sus actos subversivos sean siquiera motivos de sanción pública. ¿Es éste un privilegio o una tremenda laguna jurídica que es absolutamente necesario cubrir para evitar los daños mayores que pueden darse en el futuro inmediato?
Imaginemos, nada más eso, que el domingo primero de julio las llamadas redes sociales se inunden de avisos incendiarios. Por supuesto, el efecto será el miedo general y la consiguiente abstención. ¿Quién ganaría con una pobre concurrencia a las urnas? La historia señala que al partido en el gobierno sólo se le gana por nocaut, no por decisión, como sucedió en 2006 bajo el desaseo grotesco de los escrutinios. ¿Es ésta una de las fórmulas por las que el español Antonio Solá recibió la nacionalidad mexicana por decisión discrecional de Calderón? Por responder a esta interrogante deberían comenzar algunos colegas que pretenden llevar agua a su molino a costa de no ver más allá de sus narices.
Debate
En la misma línea, el gobierno central parece empeñado, dadas las condiciones anómalas de la contienda presidencial, en desestabilizar a las entidades claves, esto es con un mayor número de votantes y bajo el control político sea del priísmo o el perredismo –tan tuerto que no hay manera de convencer a sus dirigentes sobre las desviaciones históricas y morales de sus alianzas turbias con la derecha que lo han aplastado repetidamente-, para meter aguja y sacar barreta. Se escribe muy fácil pero si se trata de instrumentarlo se requiere, claro, la parafernalia presidencial.
El caso de Veracruz es especialmente ilustrativo. Precisamente a partir de que el gobernador Javier Duarte de Ochoa, en una decisión política personal –cuestionable o no de acuerdo a variados puntos de vista-, optó por “destapar” dentro de la alegría jarocha a Enrique Peña Nieto como el virtual abanderado priísta en pos de la Presidencia, comenzaron los ataques y las apariciones de cadáveres sembrados por toda la ciudad, desde la carretera hacia Boca del Río hasta en bodegas en zonas habitacionales populares. Se trataba, por supuesto, de extender la contaminación que sufre, desde hace años, Tamaulipas y Nuevo León, hacia el litoral del Golfo. En esta circunstancia, sigue la inundada Tabasco en donde es mayor la vulnerabilidad del mandatario estatal priísta por el propio desgaste de una gestión más bien anodina.
Ni siquiera ha podido confirmarse, ni por medio de la SIEDO o de cualquiera de las instituciones federales con búnkers estratégicos, si los muertos referidos fueron o no ejecutados en Veracruz o si sólo fueron llevados hasta allí desde otra entidad. Algo se sabe: Se trata de veracruzanos que fueron víctimas del crimen organizado y no del orden común como han pretendido decir, lavándose las manos, los funcionarios federales. Esto es: que no se trata de los “Zetas”, sino de revoltosos locales acaso promovidos por las autoridades estatales. Un absurdo detrás de otro que plantea, por supuesto, el tremendo equívoco del planteamiento.
¿Por qué entonces las distorsiones y las falsas versiones encontradas que sólo desorientan y alimentan los temores de que estemos cerca, en el límite diríamos, del estado fallido? Desde luego, más allá de cuanto pueda asegurarse de los gobernadores –a muchos de ellos los he cuestionado con la severidad que merecen por sus tremendas desviaciones morales y emocionales como en los casos recientes del poblano Mario Marín y del represor oaxaqueño Ulises Ruiz, ambos priístas-, e incluso de algunos en ejercicio como la mandataria yucateca, Ivonne Ortega empeñada en que su sucesora sea la alcaldesa de Mérida con quien guarda una relación más que estrecha y lucidora cuando se trata de exhibir la nueva moda vernácula, con la venia de Víctor Cervera junior, el amanerado descendiente del cacique.
La Anécdota
¿Y de los muertos vivientes cuándo hablamos? Recuerdo lo que me dijo el delegado de la PGR en Juárez, en 2005, cuando investigaba la suerte de Amado Carrillo Fuentes:
--Ése ya está muerto y su expediente cerrado. ¡Ya hasta tenemos el aval de la DEA!
Luego han seguido otros, camuflados pero vivos. ¿Nacho Coronel? Así lo afirma la colega Anabel Hernández. ¿Es ésta la mejor manera de eludir a la justicia?¿Fingiendo la propia muerte?..
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