Crecí leyendo los periódicos que me quedaban sin vender. Noticias de crisis recurrentes. Políticos riendo. Carteles donde rumberas de sedosas curvas convivían con marcianos de hule espuma y enmascarados que achicharraban a las momias con lanzallamas de juguete. También los clásicos ilustrados que editaba Editorial Novaro.

Viejos tiempos

Entre la necedad y la necesidad se gestó una compulsión. Pero en mis tiempos, (tiempos de presidencialismo mental y fútbol, de Raúl Velasco y Festival OTI) no había publicaciones hechas por jóvenes. Tampoco todo era malo; había muchas huertas. Tuvieron que pasar muchos años, cuando al fin pude vivir de lo que escribía y le dije adiós para siempre a los talleres, (de enderezado y mecánicos, no literarios) así viví la fortuna de ser partícipe de entrañables proyectos que le dieron voz a nuestras obsesiones y a nuestro legítimo derecho a expresarnos. Proyectos donde publicaron todos, hasta los que se decían nuestros enemigos. Ahora veo que fuimos muy ingenuos, pero ya vislumbrábamos que había que abolir tanta solemnidad y tanta presunción.

Lo invisible

Años después, junto a Víctor Palomo y Martín Molina iniciamos otro proyecto, “La Linterna Mágica”, publicación independiente que llegó a tirar mil ejemplares por mes y se repartía gratuitamente. Empezamos a darnos cuenta que entre la diagramación y la impresión las ideas y las tendencias envejecían; que corrían tiempos feroces, donde ya todo era de pronto viejo apenas se enunciaba. Queríamos escribir, publicar, conversar, conocer a más gente con las mismas inquietudes. Compartir el pasmo, o la ira, o la duda. De las cenizas de aquella lámpara aporreada surgió “Azimuth”, un experimento maravilloso por la cantidad de visiones que integró; había ingenieros hablando de políticas laborales o de jazz, locutores de poesía, poetas reseñando, caricaturistas, fotógrafos, grabadores, hombres de la calle.

Un punto en el cielo

Con “Azimuth” descubrimos asombrados que había una urgente necesidad de espacios de expresión. Muchos jóvenes nos escribían y se empezaron a integrar. Entendimos que se podía trabajar a un lado de las instituciones; que la diversidad nos enriquecía. Volteo hacia atrás y veo con orgullo que “Azimuth” no nos salía nada mal. Pero ahora miro alrededor y todo arde. Crear es jugar. Y Umberto Eco nos repite en “El Nombre de la Rosa” que según Aristóteles, la risa es un arma. Un arma cargada de futuro. Miro a estos jóvenes y lo confirmo. Miro hacia adelante, y alrededor de mí, y mientras salgo de la juventud por una puerta lateral, de esas que dicen con luz roja “salida de emergencia”, y me miro rodeado de más juventud (quién sabe de dónde salen tantos) cada vez más impetuosos, más llenos de talento y de preguntas; más llenos de agallas, y me retiro contento, al verlos felices, plenos, como en aquel poema de Jaime Gil, dispuestos a “llevarse la vida por delante…”

Respirar

Es entonces cuando entiendo que la cultura es la que hace la gente. Cultura: Cultivo. Los afanes de los creadores y de los consumidores. Procesos todos que gracias a Dios casi siempre están más allá y por encima de las disposiciones tan contraproducentes, absurdas y politiqueras como la del “silencio electoral” que supuestamente obliga a las ciertas instituciones gubernamentales a dejar de difundir sus eventos, incluso a suspenderlos, dizque con el afán de no “politizar” la cultura.
Sin embargo, la vida, es decir, la cultura, sigue. Ni modo que después surja una ley para que el pintor suelte el pincel, el escritor no escriba, el actor no actúe, la bailarina se quede inmóvil y se sienten todos, juntos y quietecitos, a contemplar los maravillosos, originalísimos y cívicos spots para televisión que pretenden invitarnos al supremo ejercicio de la democracia.

Bardo de las bardas

”El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros”.

Ambrose Bierce
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