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El debate comenzó con una lectura distorsionada, muy al estilo de los fundamentalistas para quienes cuanto no coincida con sus opiniones debe ser consecuencia de la ignorancia y la perversidad unidas. Sólo vale lo que ellos dicen y cómo lo plantean. Y en esta línea, por supuesto, los sarcasmos son registrados literalmente sin el menor acopio de inteligencia.

Dije, sí, que los niños mexicanos, ante el espectáculo político funesto de cuantos transitan por la vida institucional, ya no querían ser presidentes... sino parecerse al omnipotente juez hispano Baltasar Garzón dada su capacidad para intervenir y desarrollarse sobre soberanías ajenas. Eran evidentes la crítica y la ironía. Primero, para señalar los valladares y el desprestigio de un cargo acotado por su propio anquilosamiento; segundo, con el propósito de subrayar el prepotente intervencionismo del juez de marras –ahora acusado por prevaricación al obtener ganancias subterráneas por sus comparecencias internacionales-, bajo el supuesto de que si un español es afrentado, no importan las jurisdicciones soberanas de otros pueblos. Las distorsiones son tremendas.

Pues bien, desde un portal con evidentes cercanías con el grupo terrorista ETA, alguien que firma como Koldo Mikel –el segundo nombre coincide con el de mi nieto, además-, se lanzan epítetos contra este columnista señalándose no sólo su desconocimiento histórico –por lo cual se indujo el descalificativo de idiota-, sino también por su parcialidad al no sopesar las agresiones sufridas por el pueblo vasco por parte de los gobiernos hispanos. Todo ello, además, adobado con una exultante apología de los etarras a quienes se califica como “un ejército que lucha por la libertad de su patria exactamente igual (con la lógica diferencia de tiempo y logística) que Hidalgo y Morelos lucharon por la suya” (sic).

Desde luego, no cabe remotamente el símil. Los insurgentes que dieron origen a la nación mexicana guerrearon contra el ejército realista y no usaron a la sociedad como rehén inerme de atentados brutales. Pero, además, el fundamento era igualmente distinto: la colonia avasallaba a mestizos e indios, los segundos dueños primigenios de estas tierras y los primeros resultado de la fusión obligada de razas, esclavizándolos en cuanto a jornales y satisfactores, segregándolos. ¿Cómo comparar esta situación con las de quienes se presentan como nacionalistas en el llamado País Vasco –Euskal Herria-, y mantienen estatus financieros y sociales al grado de marginar a cuantos, xenofobia en ristre, no pertenecen a sus cerrados grupos?
Por supuesto, espero otra catarata de improperios bajo el poco sutil prurito de no ser vasco de origen. Porque, además, los fundamentalistas proponen que sólo los suyos tienen derecho a analizar el contexto sociopolítico del norte de España, incluyendo claro a Euskal Herria, negando todo concepto de universalidad para encerrarse tras los siete candados del regionalismo exacerbado. Si siguiéramos tal postura, propondríamos igualmente que los vascos no se inmiscuyeran en la historia de México para lanzar juicios temerarios escasos de sustentos. No me atrevería siquiera a sugerirlo.

Por supuesto, sostengo, como principio rector de la convivencia pacífica, el respeto a la idiosincrasia de otros pueblos. Sólo los vascos, y esto lo tengo muy claro, deben ser los dueños de su propio destino. Pero ello no es óbice para que quienes no lo somos, en obsequio al derecho natural de la libre expresión, podamos observar, analizar y registrar cuanto suceda en otras regiones, acaso guiados por el imperativo de resguardar nuestra propia seguridad interior de los amagos de los violentos, siempre irracionales, esto es de cuantos no respetan, en lo mínimo siquiera, las vidas ajenas.

En este punto quiero detenerme brevemente. El autor del pasquín pretendidamente infamante –a través del portal Askatasuna, que quiere decir libertad-, aduce que se asomó al balcón de la transmisión por televisión de la corrida de toros de la Plaza México el pasado 31 de enero, con la que colaboré gracias a la invitación que me hizo Heriberto Murrieta, firme en la trinchera de la defensa del espectáculo bravío. Y subraya que, para escuchar mis “sandeces” permaneció pegado al aparato receptor... hasta acabar “llorando”, según dice, por “semejante salvajada”.

Tremenda deformación mental y tendenciosa la anterior. ¿Les duele ver el sufrimiento –cuestionable- de un toro de lidia que desarrolla todo su instinto sobre los redondeles de fuego, pero no el de de tantas y tantas victimas inocentes de ETA a las que se condena, de manera despiadada, sin la menor posibilidad de defensa? Desde luego, habría sido menos ingrato para ellas haber tenido el carácter de gladiadores para, siquiera, contar con un atisbo de salvación. Pero no. Se les mató y punto, derramando su sangre para exaltar a los extremistas que no valoran, en lo más mínimo, el dolor de sus semejantes... que no lo son porque no son vascos.

Mirador
Resulta entonces que por no ser admirador de ETA y no caer en la conducta delictiva de exaltar al terrorismo, soy enemigo de Euskal Herria. Así se propone en un pie de grabado, bajo una fotografía mía, como complemento a la indignante e indigna apología del grupo criminal, no un ejército, que flagela a inocentes indefensos pretextando con ello conquistar la “libertad” de un pueblo que no lo apoya mayoritariamente.
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