¿Han notado los amables lectores que las noticias cotidianas sobre ejecuciones, secuestros y vendettas entre mafias, han cedido su lugar a los dislates políticos que cobran relevancia en la medida de la importancia de sus protagonistas? Más se ha hablado últimamente del “mal inglés” de Enrique Peña, de su ausencia de devoción por la lectura al confundir a los santones Fuentes y Krauze, y de si ignora el precio de las tortillas porque no es “la señora de la casa”. Y parece que en ello estribará una de las estrategias de los operarios de importación, contratados por el PAN como los conservadores del siglo XIX fueron en busca de Maximiliano, para tratar de igualar los momios electorales sin la menor realización democrática de por medio.

También puede alegarse que Andrés Manuel López Obrador, al ritmo que suban sus posibilidades en su nueva cruzada en pro de los pobres, no habla la lengua de Shakespeare ni se ha preocupado demasiado en asistir a los foros internacionales en donde nos visualizan con microscopio. O que se ha convertido en una especie de misionero, tras recorrer hasta el último rincón de la adolorida patria mexicana, con inclusión de los territorios en donde dominan los subversivos y los narcos -apunte éste que exhibe no sólo su audacia sino también su astucia-, para concluir su tesis sobre la “república amorosa” siempre y cuando él sea quien prodigue el amor. Otra cosa sería convocar a todos los odios y rencores sociales, justificados o no.

Y podríamos seguirnos con los precandidatos del gobernante Acción Nacional –no nos olvidemos que aquí están concentrados cuantos apuestan por el continuismo-, que incluso llevan en sus apellidos sus propias contradicciones conceptuales. Por ejemplo, Ernesto Cordero, podría ser Pascual en cuanto a su vocación por el sacrificio con tal de consumar el rito del presidencialismo dominante; y Josefina Vázquez Mota no puede desligarse del segundo patronímico que la liga, sin remedio, a la perspectiva que más denuncia y aborrece semánticamente, la de los estupefacientes; finalmente, Santiago Creel, quien pondera la necesidad de virar un poco hacia la izquierda, encierra en su nombre la historia de los grandes caciques de Chihuahua, ligados don Luis Terrazas y don Enrique Creel como los grandes latifundistas que pudieron vencer al desierto con el apoyo de miles de esclavos y ejerciendo un poder en ocasiones mayor al del dictador Porfirio Díaz. ¿Sólo contradicciones o un sino fatal inevitable?

El destino permite éstas y otras jugarretas de similar magnitud. ¿Quién diría, hace apenas un lustro, que el primer hombre de color investido como presidente de los Estados Unidos se llamaría Barack Hussein -como el odiado dictador de Irak-, Obama –casi Osama, como el líder de al-Qaida-, y se presentaría como el demócrata con pretensiones de acercar a su nación al mundo... resultando todo lo contrario por su impericia para manejar las cuestiones financieras? Dos veces ha estado Estados Unidos en el filo de la navaja, en 2008 -provocando una crisis recesiva mundial por efecto del belicismo excesivo de los Bush- y en este fin de año, con vistas al 2012 de alto riesgo, cuando el saneamiento de la deuda interna de la poderosa nación del norte cortó los grifos de la ayuda internacional y dejó a los pueblos satélites al amparo de sus propias capacidades en una época por demás crítica.

Algo debe significar todo lo anterior en un mundo en donde quienes creen saber se muestran escépticos y las mayorías silentes temen a las leyendas, los malos augurios y las profecías del fin del mundo –ya viene 2012 y los mayas siguen situados en la línea de la mayor atención mundial: Siquiera por eso, la Secretaría de Turismo debió aprovechar la barata de publicidad-, porque las coincidencias hace mucho dejaron de ser pautas; y, al contrario, levantan sospechas como las existencias de los héroes cívicos que, aún en sus nichos, han perdido autoridad moral gracias a los libretos de cine y televisión. Al paso que vamos, la exaltación histórica comenzará con los fervorosos mítines del “Maquío” y aquellos paseos cívicos por Mérida con una mordaza sobre los labios.

Las peores maldiciones nos acompañan sin que, a veces, siquiera nos demos cuenta. Nombres y fábulas, crónicas y nacimientos, cualquier signo de nuestras vidas nos identifica, tantas veces, con cuanto quisiéramos alejar de nuestras mentes. ¡Cuánto bien le hubiera hecho a Peña leer siquiera la Novela de la Revolución Mexicana para no enredarse con Fuentes y Krauze? Y Andrés Manuel le habría venido estupendamente un curso intensivo de inglés para acomodarse a los nuevos tiempos. Recuerdo que alguna vez, cuando aún comenzaba a despachar como jefe de Gobierno defeño, le dije:

--Lástima que no serás presidente... --¿Y eso por qué? -replicó entre indignado y sorprendido-.

--Porque, sencillamente, no hablas inglés. Y pese a ello ya lleva siete años en campaña y no se ha animado a contratar a una buena maestra. Pero, dicen, que es peor mascullarlo mal, como exhibió Peña para convertirse en el referente “naco” de las niñas de Polanco y Las Lomas en donde anuncios y hasta menús se presentan en el idioma conquistador. Pero no estamos solos: Ya vienen los españoles. ¿Estaremos obligados, dentro de muy poco, a hablar... vasco, catalán o gallego? Porque, para desgracia nuestra, el castellano está tan a la baja como la incordiada Monarquía y los ocho millones y pico de euros que le cuestan a una depauperada sociedad que, cada vez más alto, habla de la República con creciente añoranza.


Debate
Cuando fui informado, el pasado sábado, de la posible “muerte” de Miguel de la Madrid, luego desmentida por Felipe Calderón en uso de las eficientes redes sociales que distorsionan la información, debo confesar que no sentí el menor agobio, tampoco alivio alguno porque el personaje ya no ejercía poder alguno, aunque fuera él quien diera cauce a la deplorable generación de tecnócratas que nos condujeron a la ruina financiera y a la posterior postración respecto a los grandes capitales multinacionales, incluyendo los de los narcos.

No es exceso de frialdad sino congruencia. Me enferma que a quienes se van se les supriman los defectos y lastres casi por encanto. Pero eso es sólo hipocresía. A los grandes dictadores del mundo, por ejemplo, se les ha festinado tras sus caídas de manera patética... pero casi igual suerte han corrido los héroes vanguardistas, como Hidalgo, cuya cabeza pendió de una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas.

No se puede ser misericordioso con quienes aún están sometidos al juicio de la historia. Y, entre muchas opiniones certeras, De la Madrid es considerado el peor entre los peores presidentes de México. Fue entreguista, represor, soberbio y depauperador. Casi ninguna virtud adornó su paso por la Primera Magistratura en la que, además, mantuvo al siniestro Manuel Bartlett, todavía vivo y libre para indecoro de la justicia mexicana, en calidad de cobrador de supuestas afrentas. Por eso fueron ejecutados setenta y ocho periodistas y centenares de líderes sociales. No podemos olvidarlo con la simpleza de la amnesia colectiva.

No me alegro de la tristeza de los suyos –como no quisiera que nadie se alegrara con la de los míos leales cuando llegue la hora-, pero, desde luego, el deber de este columnista no es el perdón discrecional sino la crónica del presente con los apuntes necesarios sobre el pasado. Aunque la tarea sea ingrata, la historia no puede ganarse a golpes de vana cursilería.


La Anécdota


Cuando en agosto de 2004 supe de la muerte del cacique yucateco Víctor Cervera, no pude ocultar mi justificada explosión de una justicia adormecida en mí de vez en cuando. Y así lo conté ante los micrófonos del radio y con Carlos Ramos Padilla como interlocutor:

--Cuando murió Mussolini la gente salió a bailar a las calles y nadie lo impidió. Y así ha sido cada que desaparece un sátrapa. ¿Por qué habría yo de ser la excepción? Porque Cervera ha sido, sin duda, quien más ha dañado a Yucatán y sus instituciones.

No sé si todos me entendieron, pero sentí una enorme tranquilidad interior. ¿Bueno o malo? Prefiero que me llamen, si llegara a merecerlo, justo.

SIgo sin acceso a las redes sociales gracias a los sofisticados mecanismos de la Secretaría de Seguridad Pública. Ya sabemos a quienes sirven y por qué temen tanto las críticas de este columnista.
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