Se trata de encontrar palabras como un espejo donde puedo hundir el peso específico del dolor de mi cuerpo o lavarme todas las noches del rostro.
De llevar conmigo calles que me sangran por cada poro y por ambos costados, auroras rosadas y amarillos colmillos de perros, juguetes envejecidos sosteniendo la penumbra del zaguán.
De percibir ese sordo latido, siempre a punto de ocurrir.
De volver a ese pantano vibrante de luz donde agonizaban las chicharras.
Del cielo cableado por un afán misterioso.
De innumerables peces boqueando sobre las calles de acero y de calvarios bordados por cruces invisibles.
De besos con sabor a higo y terrenos baldíos sepultados en la maleza de la memoria.
Se trata de la bóveda de tu cabeza. Del perfecto triángulo de tus omóplatos. Del fuelle perfumado de los pulmones. Una maquinaria erguida contra el sol, a prueba de sus todos y cada uno de sus cuchillos.
Se trata, amiga, de reparar durante meses autos volcados y volver en ellos a las carreteras. Se trata de destrabar bisagras hacia la aurora. De ser palabras como ruedas.
Se trata de comer en un plato vacío y al alba sentirse lleno.
De vidas como equipajes perdidos, de la exhalación de un dios metálico cubriendo los días.De atravesar los oscuros ejércitos que erigen sus bardas de vidrio. Se trata de escuchar el eco de los pasos que guarda la tierra.
Se trata de nuestros hijos, tenues lámparas. Ligeros barcos a través de la noche.
De manos que de alumbrar tanto, crepitan. De miradas que entrechocan su esgrima de silencio.
Se trata de volver al bosque, y descubrir en tu nuca el olor de la tierra.
Se trata del grito de las cañadas anidando en tus ojos. Se trata de confiar en las proezas de la sangre, de desarmar y armar el corazón como un recluta ante un fusil: con los ojos vendados.
Se trata de leñadores sembrando, del sueño del fakir con sus manos sucias, acurrucado sobre los rascacielos.
Se trata de los laberintos de la sangre -de sus gestas y de sus gestos- del futbol bajo la llovizna. De ser persistencia: rumor de abeja a través del herrumbre y la cerradura.
Se trata de permanecer: ser esas porterías hundidas en el lodo, saciando todas las hambres: de faldas con ímpetu de banderas, de respirar junto al otro con la claridad del corredor solitario, ese que sabe por fin que el dolor es un niño arrullado en el ritmo de su zancada y la curva de su empeine.
Bardo de las Bardas
“De lo que se trata es de lo que hay detrás del tiempo; de nuestros esqueletos temblando frente al cine de la eternidad; de nuestro rastro de carbón”.
Claudia Luna
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