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El “Siete por Una”

La violencia convirtió a Ciudad Juárez, de hecho, en la capital del llamado estado gigante, Chihuahua, desde donde México es cálido abrazo bajo los intensos fulgores del desierto. Hace un lustro exacto, escribí que la urbe magnífica de la frontera, en la que inician los contrastes interminables, es también perfecta para exhibir a un país, el nuestro, que es nutriente de los vencedores, quienes se imponen a la naturaleza y la dulcifican, y también de cuantos exaltan egoísmos -y vicios-, imponiendo horrores como sustentos cotidianos.
Luces y sombras siempre, como suele ocurrir a lo largo de la geopolítica nacional. Hace unas semanas subrayé la que considero una de las mayores frustraciones del periodista: Su incapacidad para prohijar, a partir de denuncias específicas y opiniones que devienen de la observación directa de la realidad, las reacciones de la sociedad y, por ende, las acciones del gobierno en demanda de justicia, el elemento central ce cualquier trama que se precie democrática. En 2005, por ejemplo, cuando entregué mi obra “Ciudad Juárez” -Océano-, puso el acento en el imperativo de coordinar a las tres instancias de Gobierno, federal, estatal y municipal, siquiera pata evitar que las trifulcas sectarias sirvieran como parapeto a las mafias dominantes. Y nada se hizo al respecto.

Anunciamos, igualmente, que la violencia podría ser imparable si no se exploraban, cuando menos, los profundos vínculos entre las mafias conocidas y no pocos integrantes del poder público. Nadie quiso ponerse el saco y, más bien, se pretendió llevar la querella sobre los asesinatos de género -único renglón en el que, en apariencia, los gobiernos de distinto signo decidieron proceder-, instalando a sendas mujeres en las distintas comisiones y fiscalías, incluso en la Procuraduría Estatal de Chihuahua, casi en exclusiva. Se alegó entonces que ello era para dotar de mayor sensibilidad a los cuadros judiciales. Pero, ¿sólo damas? Ni ellas mismas, las señaladas, acertaban a responder por qué.

Hasta hoy, cinco años después, seguimos esperando respuesta a una interrogante que exhíbe los contrastes tremendos de la frontera: ¿Cómo puede explicarse que en la vecina El Paso, Texas, se mantengan muy bajos índices de criminalidad? Incluso, en 2005, esta ciudad, conurbación de Juárez sólo separada por el Bravo y las mojoneras, fue registrada como la segunda más segura de la Unión Americana sólo detrás de Hawai. Y en frente, en cambio, se exhibía un panorama desalentador, brutal, acaso generado, primero, por el cambio de roles entre mujeres y hombres, las primeras más productivas al ser contratadas por las maquiladoras, y también por la ingente corrupción a ambos lados de los límites fronterizos.

Para colmo, otra constancia preocupante exhibió el comportamiento dual de las autoridades de la urbe vecina. Aproximadamente setecientos abusadores sexuales de la Unión Americana fueron concentrados en El Paso para su rehabilitación bajo la argucia de que el sostenimiento era bastante más barato allí que en ninguna otra región estadounidense. Esto es, precisamente, al lado de la estigmatizada Juárez en donde los asesinatos contra mujeres mostraban una imparable tendencia al alza pese a los empeños de los altos funcionarios por minimizar las cifras y hasta marginarlas en un extraño revire contra “la campaña difamatoria”.

Si se exageraba o no, tal no es óbice para apuntalar el hecho: En este 2010, la violencia ciega obliga al traslado de los poderes estatales a la hollada Ciudad Juárez. Con todo el peso de fiscalías, comisiones, procuradurías que situaron en Juárez el centro de sus acciones, lo mismo al amparo del Gobierno federal que publicitó hasta el cansancio la presencia de dos mujeres como representantes de la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Gobernación, sin que pudieran ofrecer otra cosa que sus propias manos... vacías. Pero, eso sí, ¡cuánta demagogia cabe bajo el cristal de las simulaciones oficiales!

¿Cuándo comenzamos a pedirle cuentas, en fin, a los paseños, texanos, que sólo pretenden ver paja en el ojo ajeno sin meditar sobre lo sencillo que les resulta a los narcotraficantes más célebres, por ejemplo, transitar por los Estados Unidos, y en concreto por la conurbación de Juárez, sin el menor agobio? Les basta cruzar los puentes fronterizos para situarse en espléndidos condominios en donde, claro, parecen intocables. Y, mientras tanto, se ahoga a las autoridades mexicanas con mil reclamos -no digo que no sean correctos-, y certificaciones también, acaso para hacer más vulnerables a los copados funcionarios de nuestro país ante la irremisible tendencia expansionista.

Lo lamentable, claro, es que ni el titular del Ejecutivo federal, ni el estatal, ni los tantos fiscales, han servido para algo. Hablan mucho, se tiran unos a otros la pelota, pero son incapaces de asegurar lo esencial: La paz del colectivo. Ni modo que pretendan justificarse, como lo hacen, sólo con el pretexto de que no han recibido respaldo por parte de otras instancias gubernamentales en sus respectivos, y apretados, escenarios.

Basta ya de falacias.
Mirador
Otro hecho resulta incontrovertible: desde que la administración federal, por órdenes directas del señor Calderón, optó por militarizar a Ciudad Juárez, creyendo que era la única manera de combatir la depredación moral de todo el andamiaje judicial y también el de la policía, las cifras de ejecutados se han multiplicado dramáticamente. Así, en 2007 los asesinatos sumarios promediaban, al día, 0.38; en 2008 las cifras se dispararon hasta situarse en 2.4 víctimas cotidianas y en 2009 alcanzaron 5.8. En lo que llevamos de este año, la proporción sigue creciendo escandalosamente: 6.7 homicidios por día lo que, según parece, conducirá a rebasar, ominosamente, los dos mil 123 crímenes cometidos en la urbe durante el año pasado.

La reflexión sobre la presencia militar y sus efectos subraya, sin género de duda, que ésta no ha sido un factor para inhibir la proliferación de asesinatos sino, más bien, lo contrario. ¿Ello podría llevarnos a concluir que la evidente infiltración de algunos mandos castrenses es óbice para el pretendido desmantelamiento de las bandas delincuenciales con alto poder de fuego? Hasta donde puede saberse, los patrullajes han arrojado un buen número de víctimas entre inocentes, paradójicamente. Sobre este particular, como ha sucedido a lo largo de un régimen anodino y atemorizado, ningún pronunciamiento se ha dado por parte del llamado “primer mandatario” quien, desde luego, prefiere pastorearse sobre los territorios en donde las catástrofes naturales fabrican damnificados para las fotografías.

Es tremendo pero así es: El señor Calderón, con ejercicio de medio tiempo, mantiene a más de mil efectivos militares alrededor de Los Pinos; y, para colmo, son frecuentes las tertulias vespertinas con los integrantes del gabinete de seguridad, lo mismo el secretario de la Defensa Nacional, el general Guillermo Galván, que el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. Y mientras ello ocurre, los funcionarios chihuahuenses optan por situarse en Juárez... al cuarto para las doce, esto es cuando ya avizoran sus relevos con evidentes intenciones proselitistas.

¿O acaso vamos a creer que sólo hasta ahora la situación es de emergencia?¿No lo era hace cinco, cuatro o tres años? Invito a los amables lectores a consultar mi obra referida sobre Juárez para encontrar en ella los hilos conductores que no pueden ser ocultados. Cansa, sí, que se insista mantener a la sociedad atenida a ingerir el atole con los dedos de los mandamases.

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