En México es más sencillo poner sellos para descalificar a los informadores que corresponder a las críticas con un debate ponderado, esto es en el que pudieran brillar los argumentos y no las fobias de toda índole. Más cuando nos sabemos atrapados en el círculo vicioso del sectarismo cuya exacerbación, a partir del 2006, nos volvió a situar en el permanente diferendo entre dos bandos irreconciliables y antiguos: Liberales y conservadores.

En doscientos y un años de vida independiente, los mexicanos no hemos sido capaces siquiera de una madurez política que posibilite la cohabitación civilizada entre grupos e ideologías diferentes en la búsqueda del bien común; más bien anclamos en un modelo en el que los “ghetos” partidistas imponen sellos y criterios, calificaciones y avales, a cuantos son o no parte de ellos. La mudanza de uno a otro implica, por supuesto, un imperdonable acto de traición: Hasta hoy ninguno de cuantos han dejado atrás a un organismo político ha vuelto sobre sus pasos en demanda de abrigo y perdón; y, por cierto, cada día son más los que suman tres o más opciones en un permanente forcejeo de reacomodos sin más ley que
sus propias ambiciones.

De esta manera, en no pocas ocasiones se extienden las descalificaciones desde los bandos afectados por los señalamientos y denuncias contra quienes desvían funciones o las exceden con el abrazo de la parafernalia gubernamental. Hace cinco años, tras el amargo traspiés comicial –el desaseo en los escrutinios fue tan evidente que ya quedó como un referente vergonzoso de la etapa supuestamente “democratizadora” a la par con lo sucedido en 1988 y la usurpación salinista-, los perredistas frustrados, incapaces de defender los votos en pro, se dieron a lanzar epítetos a cuantos no coincidían con la torpe versión de un fraude generalizado –no lo hubo, en sentido estricto, sino que bastaron con cuatro o cinco laboratorios regionales sobre una banda de tan sólo un millón de votos que se movió para favorecer al abanderado de la derecha como asentamos en “Confesiones y Penitencias”, Océano, 2007-.

Y en la misma línea actuaron los panistas “vencedores”, quienes se dieron a la “cacería” de los críticos adversarios restándoles espacios, tribunas y perspectivas mediante mil argucias vergonzosas. (Las pruebas de ello son abundantes y exponerlas, como lo hemos hecho gradualmente, requiere de no pocas cuartillas. Baste señalar los casos de algunos colegas que fueron arrojados de los medios masivos controlados por los nuevos accionistas hispanos, digamos el Grupo Prisa –en plena reconquista-, gracias al consejo de Juan Ignacio Zavala Gómez del Campo, cuñado del señor Calderón, quien fue incorporado al mismo a la sombra del poder presidencial). Los priístas, por su parte, doloridos y marginados, optaron por pretenderse fieles de la balanza entre dos polos tremendamente agitados; subrayo: Sólo en aquel momento porque después han aportado lo suyo contra el libre ejercicio de la información.

En la misma línea, lo tengo bien presente, cada que se levanta la voz para cuestionar a una dama en el entorno político, tan falibles como los varones aun cuando se insista en el lugar común de que el género femenino es bastante mejor para administrar los recursos públicos, se le endilga al emisor el infamante calificativo de “misógino” y se exaltan, además, la ausencia de caballerosidad y por consiguiente la villanía machista como los orígenes de las controversias a respecto. Fíjense: No dudamos que, en no pocos casos, tal tendencia sea conductora de rabiosas descalificaciones; y ello, por desgracia, habilita la torpe generalización que le permite cubrirse las espaldas a las señoras ambiciosas, por ejemplo las que quieren pasar de un lado al otro del colchón del poder por efecto del estatus reflejo, ante cualquier opinión contraria.

En 2003, claro, bien supo este columnista de las reacciones viscerales desde el poder público tras la publicación de “Marta” (Océano). La pareja ex presidencial, furibunda, arrojó toda suerte de piedras y calificativos, obviamente asegurando que cuanto se exponía era “mentira”, pero sin que ninguno de ellos –insisto en subrayarlo- se atreviera a iniciar querella alguna contra este autor. Lo hicieron, sí, para perseguir a la trepadora argentina que los traicionó pero jamás para replicar a quien expuso, con mayores argumentos y basamentos, el proyecto sucesorio disfrazado, esto es para disimular una reelección de los Fox quienes todavía padecen de una aguda continencia verbal que les permite ocupar los vacíos de poder no cubiertos por el tibio régimen en curso.

¿Priva la misoginia, entonces, cuando las señoras de la política no miden sus propias asechanzas e incurren en conjuras tan lamentables como la protagonizada, videoescándalos de por medio, por la trinca infernal –la formada por la Sahagún, la Gordillo y la Robles, con férreos elementos multipartidistas claro-, en plena batahola de instintos despreciables? Respondamos en conciencia.


Debate

En idéntica línea se sitúan cuantos insisten en que los sostenidos señalamientos hacia la “cofradía de la mano caída” –bautizada así por este columnista para abordar el espinoso tema de las mafias homosexuales adueñadas de los centros de poder desde la década de los ochenta-, no es sino resultado de una aguda homofobia –es decir para justificar los linchamientos de cuantos tienen preferencias sexuales distintas-, y no del propósito informativo básico: Denunciar a cuantos reclutan partisanos en las alcobas para ampliar complicidades con los candados de los silencios obligados.

Esta mafia es, en sí, peligrosísima. Algunos estiman, aunque es difícil probarlo, que tanto como la de los célebres “cárteles” tan bien posicionados sobre el territorio nacional mientras corren los veneros subterráneos que carcomen a la clase política enriquecida. Recuerdo que en los albores de 1998, el entonces dirigente nacional del PRD, Andrés Manuel López Obrador, nos advirtió a un grupo de columnistas:

--¡Cuidado con los homosexuales! Más vale no señalarlos públicamente porque reaccionan muy mal, desbordados.

Pese a ello, me animé a escribir sobre el tema, primero noveladamente en “Alcobas de Palacio” –Grijalbo- y después en “Los Escándalos” –Grijalbo-, ya sin el sambenito de los nombres ficticios, en 1999, hace una década exacta. Y, por supuesto, ninguna reacción infamante se dio acaso porque, en esencia, lo expuesto, en el horizonte de una política contaminada por los sellos que exaltan la radicalización, nada tenía que ver con una supuesta persecución a los grupos “gays” y lésbicos; en otro sentido, el hilo conductor fue, siempre, el amafiamiento que trastoca los valores del poder bajo la cooptación amañada, entre sábanas, como si se tratara de las ceremonias de iniciación de las sociedades “secretas”. Porque, obviamente, también entre los heterosexuales los acosos sexuales son recurrentes aun cuando no se formen, al igual que con la cofradía descrita, pequeñas capillitas de intocables.

Para infortunio general, los vicios no han sido superados. En este renglón, como en otros muchos, el cambio prometido es más bien quimera por lo que el tema se convierte en una nueva versión, corregida y aumentada, de la mafia que concentra a quienes gustan de sentirse poderosos sometiendo a los de su mismo sexo y luego, claro, impulsándolos al estrellato.


La Anécdota

Propongo una trivia final a mis amables lectores. Sobre todo después de escuchar a uno de mis mejores informantes preguntarse:

--¿Quiénes de los actuales dirigentes partidistas NO es miembro activo de la influyente cofradía de la mano caída?

La negativa situó el asunto en su exacta dimensión dada la proliferación del grupo en cuestión. Van las preguntas:

1.- ¿De qué ex gobernador se decía que tenía un “broncón”... pero de Reynosa?

2.- ¿Cuál de los ex coordinadores de bancada en la Cámara Baja fue impulsado años atrás por su jefe, el entonces presidente, para colocarse la banda tricolor sobre el pecho y sellar con ello la mayor de las complicidades?

3.- ¿Quiénes de las muy altas dirigentes y ex lideresas partidistas comparten “novias” y alianzas?

Las respuestas... en próximas entregas.


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