Durante la cena, cuando Gerard empezó a hablar de su niñez, la expresión de su padre se tornó dura y, después de algunos segundos, el hombre simplemente se levantó y salió de la habitación. Gerard se enfureció y caminó tras él, quien, para su sorpresa, tomó las llaves del auto y salió sin decir palabra. Fue imposible hablar con él. Pasados algunos días, Gerard, desalentado, tomó el largo vuelo de regreso a casa.
Meses después, su mamá lo llamó para decirle que su padre estaba en cuidado intensivo en el hospital, tras un grave infarto, y que no se veía nada bien.
Gerard se armó de valor, voló de nuevo a Perth, tomó un taxi hacia el hospital y entró a la habitación donde estaba su padre. Él recuerda un sentimiento extraño, como si su cuerpo se estuviera incendiando. Junto a la cama del anciano, empezó a decirle, “¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué hiciste aquello?”. El viejo se sentó en la cama y empezó a defenderse. Salieron a luz partes de la historia que antes habían faltado. Hablaron durante varias horas. A veces fue incómodo, otras no.
Eventualmente las cosas llegaron a un final natural. Los dos hombres se dieron la mano y se dijeron “adiós”, sabiendo que podría ser un verdadero “adiós”.
Relata Biddulph: “mi amigo regresó a casa y me contó que estaba tremendamente complacido de haber tenido esa conversación, en particular porque su padre murió un poco tiempo después. La próxima vez que vi a Gerard, su cara se había suavizado y parecía más lento, más en paz consigo mismo. Además, su vida estaba empezando a funcionar”. Por supuesto, las confrontaciones en un lecho de muerte no son la mejor manera de llegar a esto. Y la iniciativa no tiene que ser siempre de la persona más joven. Hoy en día, hombres y mujeres mayores también están iniciando estas conversaciones. Preguntan a sus hijas e hijos, “¿Qué piensas ahora de tu niñez?”, “¿Hay algo que siempre quisiste decirme o preguntarme?”, “¿Qué no te he dicho que pudiera aclararte las cosas?”. Son preguntas valientes que cosechan toda clase de beneficios a partir de esta mayor apertura, que gracias a la honestidad, ayudan a resolver malentendidos añejos.
¿Cómo puedes saber si realmente necesitas hablar con tu padre? Si supieras que nunca más podrías hablar con tu padre porque ha fallecido, ¿cómo te sentirías? ¿Qué cosas lamentas no haberle dicho o preguntado? ¿Qué se quedó en el aire, sólo como una buena intención o anhelo? El que pienses apenas unos pocos minutos es señal de que sería muy importante establecer o reestablecer el diálogo paternal.
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