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(Parte 2 de 2)
Hace unos días recibí en mi correo electrónico muy “buenas noticias”. Fue enviado por Rubén Fernández Camacho, lector de esta columna. Él nos comparte en primera persona las siguientes líneas sobre el destacado personaje saltillense, don Álvaro Fernández Zavala (continúa de ayer...)

De buenas a primeras y a sus 75 años, mi progenitor y mi madre se quedaron de pronto sin trabajo y sin sustento. Algunos de sus hijos, que vivían en Zacatecas, Cuernavaca, Chihuahua y el Distrito Federal, les propusieron irse a vivir con ellos pero ya para entonces, el amor por Saltillo les había entrado hasta el tuétano y jamás quisieron abandonarlo. Mi padre tampoco quiso aceptar ayuda de sus ocho hijos, ni de sus 18 nietos (sus 15 bisnietos son muy chicos para ayudarlo, pero tampoco les hubiera aceptado nada). En cambio con sus ahorros, adaptó una parte de su casa en Fundadores e hizo un local donde puso una papelería, la cual atiende mi madre hasta la fecha. Pero las ventas no han resultado todo lo que él esperaba, así que, decidido, desempolvó su viejo restirador, sus pinceles y pinturas y se dedicó a lo que tanto amó y que por muchos años abandonó muy a su pesar: el dibujo.

Comenzó a pintar cuadros con la firme ilusión de venderlos y aliviar un poco su precaria situación económica. Y las pinturas han resultado toda una revelación: de su pincel han salido toreros, vaqueros, paisajes, barcos piratas, etcétera, tan bien logrados y tan impactantes que todos nos hemos quedado con el ojo cuadrado: ¿cómo es que a sus casi 80 años, con la vista cansada y la mano temblorosa pueda realizar tales obras maestras? No nos lo explicamos.

Mi padre, terco como es, ha tocado puertas, buscando no una dádiva ni una caridad, sino la manera de armar una exposición para poder vender sus obras. Hasta hoy nadie ha escuchado sus peticiones, pero él tiene la firme idea de que más tarde que temprano logrará realizar ese largo sueño tan anhelado.

Creo que mi padre es un ejemplo del saltillense (él se siente saltillense después de casi 30 años de vivir aquí) trabajador, honesto, decente y orgulloso de su ciudad (apenas el sábado pasado le pidió a mi hermana que lo llevara a dar un paseo por los “puentes”, pues quería ver lo que la ciudad ha cambiado y le pareció bellísima). Lo poco o mucho que tiene, lo ha logrado con el sudor de su frente y vaya que jamás ha sido esta frase tan bien empleada. Gracias por darme la oportunidad de presumir un poco a mi padre.

Aquí concluye el relato por parte de Rubén, hijo de don Álvaro Fernández, que demuestra que ni la edad, ni las vicisitudes de la vida han podido frenar la creatividad ni los sueños de su padre, por el contrario pareciera que le sirven de aliento. Sirva pues este espacio para reconocer la larga trayectoria de don Álvaro y para inspirar a más coahuilenses a seguir su ejemplo de vida, de vocación, entusiasmo y amor por su tierra. ¡Enhorabuena!

Para contactar a la familia Fernández, el lector podrá escribir a .(JavaScript must be enabled to view this email address) (correo de Rubén Fernández). Gracias, apreciado lector, por seguir compartiendo en este espacio buenas y excelentes noticias de Coahuila.
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