Con los niños todo el día en la casa, porque están sin la ayuda providencial de la escuela, padres y madres de familia, que generalmente tienen ya establecidas sus actividades, pueden desesperarse con ellos y si no están preparados al cambio de rutina que representa tenerlos cerca, pierden con gran facilidad la paciencia y tienden a pensar que, para controlarlos, la violencia puede ser un método útil para que no les impidan hacer todas las labores que el hogar o el trabajo requieren. Ellos recuerdan que, cuando eran pequeños, sus padres también usaron esos métodos y los enseñaron a portarse “como se debe”. No consideran que los estén sometiendo a un abuso físico y emocional, aun cuando este nivel bajo de agresión ya puede dejar huellas en la personalidad de la víctima y que si es constante puede incluso generar el Síndrome de Maltrato Infantil.
El padre o la madre, desesperados, primero usan la agresión verbal y las amenazas, que son las prácticas más frecuentes y directas para controlar las energías desbordadas de los hijos, en la casa o en fuera de ella. Si no resultan satisfactorias, si sienten que los niños no se controlan con los gritos o intimidaciones, entonces pasan al uso del castigo corporal. Piensan que, cuando es “moderado”, cuando no les dejan marcas visibles, como es el caso de una nalgada, una cachetada, un coscorrón o un estirón de orejas o de pelo, es una forma adecuada de educar, pues hace que los niños perciban claramente quién tiene la autoridad y con esa violencia detienen, por el momento, las conductas infantiles que perturban la paz de la casa o de la oficina y permiten seguir el ritmo de trabajo a la que están acostumbrados.
Algunos estudios, como el Informe Mundial sobre la Violencia y Salud, hecho por la UNICEF en 2007, confirman que los niños y niñas padecen más violencia cuando son más pequeños. El maltrato físico es más frecuente de los 3 a los 7 años, en tanto que el psicológico sube de intensidad de los 8 en adelante. Y se da en cualquier estrato social, normalmente puertas adentro de la casa, en donde deberían estar más seguros.
Entonces, los menores de edad son agredidos precisamente en aquellos espacios y lugares que deberían garantizar mayor protección, más afecto y ofrecer estímulos para su desarrollo integral. Una encuesta realizada por el INEGI, muestra que la violencia intrafamiliar tiene lugar en el 30% de todos los hogares, es decir, casi uno de cada tres, en la forma de maltrato emocional, intimidación o abuso físico o sexual. El maltrato emocional ocurre en casi todos estos hogares y sólo en el 14% se busca alguna clase de ayuda.
Ahora, el gran desafío de la educación familiar infantil es movilizar la consciencia de los padres para que se den cuenta que ninguna forma de violencia contra los niños y niñas es justificable y toda violencia es prevenible. El maltrato infantil es un atentado a los derechos más básicos de los niños, niñas y adolescentes, garantizados a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por una parte, todos los menores de edad tienen derecho a sentirse protegidos en su casa y a disfrutar de su descanso vacacional. Por otra, implica que todos debemos hacer los esfuerzos que sean necesarios para cambiar la mentalidad y la cultura que avala los comportamientos violentos como formas de educación. Se requiere asumir como cierto que la paciencia y la tolerancia de los padres es la clave de la felicidad de sus hijos, en clases o de vacaciones.
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