3 lecturas





Su encargado negocia el eventual destino de todo un estado

De principio a fin, el affaire -causas y consecuencias- de la renuncia de Fernando Gómez Mont al PAN, pero no a la Secretaría de Gobernación, marcan un rasgo inequívoco de disfuncionalidad en la Presidencia, atribuible directamente a Felipe Calderón. Su encargado de política interna negocia el eventual destino de todo un estado -Oaxaca- a cambio de un apoyo pírrico para la Ley de Egresos -y fracasa- a espaldas del Presidente, y no lo despide. Para salvarle cara, instruye al líder nacional del PAN, César Nava, que trabaje con el Comité Ejecutivo Nacional una candidatura testimonial o débil, incluso, para no ir en alianza con la izquierda en Oaxaca, pero lo desobedece.

Calderón tiene en su jefe de gabinete a un secretario que gusta de irse por la libre y a un líder nacional del partido en el poder que piensa se conduce como si estuviera en la oposición. Gómez Mont dijo que no tiene por qué informar al Presidente de todo lo que hace -aunque ello implique la redefinición de la política económica y la relación con la oposición-, y se enfrenta al poliburó panista encabezado por Nava, quien tampoco quiso sensibilizarlo sobre los deseos de Calderón para que buscar otras opciones. A ambos se les puede señalar haber estado equivocado en sus diagnósticos y sus apuestas, pero en el desenlace del sainete entre el secretario de Gobernación con Los Pinos y el PAN, ellos no son responsables. La culpa es de Calderón.

Indignado por la manera como la semana pasada estalló a la vista de todos un conflicto entre sus dos principales operadores políticos y tomó un giro a favor de Gómez Mont, Calderón autorizó a sus más cercanos colaboradores y a miembros del gabinete a contar la historia de cómo el secretario de Gobernación actuó a sus espaldas. Unos buscaron periodistas, y otros aceptaron hablar abiertamente de un tema que antes habían esquivado. Por decisión presidencial rompieron la institucionalidad y sacaron literalmente, toda la ropa sucia al tendedero de la opinión pública.

Con la información y el mandado que les dio su jefe el Presidente, narraron con detalles a los medios la hoja de ruta del desencuentro entre Calderón y Gómez Mont, sus omisiones -como informarle de un acuerdo que no era menor sino fundamental-, su desobediencia -Calderón le pidió a Gómez Mont que no fuera a hablar al Comité Ejecutivo Nacional a defender su rechazo a las alianzas-, la forma incriminatoria como redactó el secretario de Gobernación su carta de renuncia al PAN -que exhibió al Presidente-, y les soltó la boca para que describieran su estado de ánimo en contra de su jefe de política interna. “El Presidente lo quiere despedir, pero necesita las condiciones para ello”, dijo un secretario de Estado.

La operación fue un éxito. El martes, tras el cúmulo de información estimulada por el propio Calderón, el reconocimiento de Gómez Mont en la prensa que actuó a espaldas del Presidente y sus contradicciones -en la revisión de entrevistas de distintos medios- cuando explicó sus motivos, el secretario de Gobernación olía a muerto. Pero del ataúd, depositado ya en la fosa del cementerio político, Calderón dio una nueva instrucción: que durante una gira por Puebla le prepararan una entrevista con una televisora local -para controlas los cuestionamientos- para difundir un mensaje de apoyo para Gómez Mont, reconociéndole la lealtad -aunque en privado siga siendo traición-, con lo cual dio una bocanada de oxígeno al defenestrado funcionario.

En el área de urgencias del hospital político de Los Pinos, la ayuda a Gómez Mont le quitó vida política al Presidente, quien quedó sumido en la esquizofrenia de su liderazgo y en la demostración que su Presidencia, por decir lo menos, es disfuncional. No pudo definir claramente qué rumbo querían hacer para enfrentar al PRI en las urnas o trabajar con el PRI en las reformas de largo plazo, ni ejercer liderazgo para que el enfrentamiento conceptual y táctico entre Gómez Mont y Nava permaneciera como una discusión cerrada en Palacio, y no como una lucha cuerpo a cuerpo en el coliseo romano. Gómez Mont y Nava lo rebasaron por la derecha y por la izquierda, dejando al Presidente en una indefinición que todavía hoy en día mantiene confundidos y consternados a muchos panistas.

Calderón probó ser incapaz de ejercer la autoridad que se requiere para que una administración opere institucionalmente. La guerra abierta entre Los Pinos, el gabinete y el PAN con Gómez Mont a lo largo de varios días, también ayudó a mostrar que este Presidente tan explosivo, tan iracundo a veces, tan autoritario otras, no supo procesar políticamente un problema político interno que creció frente a sus ojos, que ordenó atajar, que lo atropelló por no entender los límites que iba a generar su acción iracunda, y que ha squerido enmendar para evitar que entre las víctimas del incidente, también ingrese él al hospital de las urgencias políticas.

Muy tarde. Su esquizofrenia en el mando ya le cobró una factura. La percepción limitada de que Gómez Mont no podía haber actuado sin su consentimiento, se amplió al haber salido en su defensa. Si Calderón quería arrinconarlo para que renunciara o para que el costo político de su dimisión fuera menor, esto ya cambió. Gómez Mont pasó en una semana de ser un secretario digno a ser un funcionario indigno, de ser un traidor a ser una víctima, de la mano del temperamento presidencial. Decía un secretario de Estado la semana pasada que la Secretaría de Gobernación no podía ser manejada con arrebatos. Hoy se podría argumentar lo mismo de la Presidencia: Calderón no puede manejarla con arrebatos, porque la hace disfuncional.

Ni tuvo el talante para obligar a Gómez Mont a cumplir con su tarea, ni la tuvo con Nava para que su deseo -en función de su estrategia de corto, mediano y largo plazo- fuera procesado políticamente. Calderón no sólo quedó como un rehén de las escaramuzas políticas de ambos, sino como un Presidente sin claridad estratégica en el corto, mediano y largo plazo. No vio venir el golpe, no supo rebotarlo. Ahora tiene que asumir todo el impacto. Gómez Mont tendrá que pagar políticamente por lo que hizo, y si las alianzas fracasan en su objetivo, Nava también. Pero quien a la larga pagará la cuenta por la esquizofrenia del mando será Calderón. Sólo y únicamente, el presidente Calderón.
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb