“El reto –afirmó- es que dentro de 12 años, la FAO estima que seremos 8 mil millones de habitantes en el mundo; y para ello, será necesario aumentar la producción de alimentos en un 70 por ciento.”
También aseguró que el 23 por ciento de los mexicanos viven en el medio rural, unos 25 millones de compatriotas que rebasa la estadística de 1910, cuando dio inicio la Revolución, que situaba al conglomerado nacional en “apenas” 17 millones de personas. Ahora con más mexicanos en las ciudades y menos tierra por cultivar se demanda una producción mucho mayor que cuando los tremendos desequilibrios sociales, sobre todo entre los campesinos, dieron origen al grito libertario en demanda de justicia social y un reparto agrario justiciero... que desembocó, por desgracia, en la recurrente demagogia de fraccionar varias veces el territorio nacional.
¿Qué haríamos si, de pronto, no hubiera posibilidad alguna de “exportar” mano de obra barata hacia los Estados Unidos y fuera urgente dotar de trabajo a los más de dos millones de llamados “indocumentados” que cruzan la frontera norte en busca de oportunidades que no encuentran en su patria? Y, aunque perciben por trabajos similares, pero más duros, mucho menos de lo que ganan los agricultores estadounidenses, es suficiente para convertir a las remesas, previo paso por las manos de Ricardo Salinas Pliego y su banco Azteca, en la segunda fuente de ingresos para el país. Tal, insisto, a pesar de que los exprimen hasta la última gota de su sangre, aquí y allá.
Por supuesto que contar con tantos mexicanos desocupados sería un detonante subversivo que no apagaría ninguna panacea gubernamental. Ya se ha visto, además, que quien dijo sería “el presidente del empleo”, fue exactamente lo contrario y generó más desempleo –recuérdese el penoso caso de la liquidación forzosa de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro-, sin preocuparse de que, cada año, casi un millón de mexicanos demandan oportunidades laborales y sólo es factible ocupar a 400 mil, elevándose el déficit en el renglón dramáticamente.
El meollo de la cuestión es que el secretario Mayorga no reparó en una contradicción evidente: Si son más los mexicanos que viven del campo que la población total de México cuando estalló “la bola”, ¿cómo pretende privilegiar la vuelta de los terratenientes para elevar, con tecnología de punta –como se repite hasta el cansancio-, la producción de alimentos? Es curioso: Para que las nutrientes sean más... es necesario condenar al hambre a millones de mexicanos que ya no tendrán, siquiera, un “surco” para mal vivir. Pero sucede que las cuestiones sociales, y los equilibrios, no son temas que preocupen a las mentalidades gerenciales de cuantos desempeñan funciones públicas y no dejan de observar a sus computadoras como sin en ellas estuviera el espíritu de una nación profundamente desequilibrada por las clases sociales.
¿Cómo entonces suponer que la tabla delincuencial se reduzca cuando son tantos quienes apenas sobreviven en la economía informal? Peor todavía: Se considera, nada menos, que el 64 por ciento del suelo patrio, fíjense bien los funcionarios de pacotilla, está en proceso de desertificación. Esto es: Son, cada año, mucho menos las tierras arables y muchas más las necesidades alimentarias al grado de que en este 2011, por ejemplo, se debió importar frijol y maíz, productos en los que desde el salinato, y con el profesor Carlos Hank González en el cargo de secretario de Agricultura, se dijo que éramos autosuficientes. El supuesto logro, atribuido al éxito de las políticas sociales, así sea con sus vericuetos, no pudo ser sostenido por la derecha en el poder como una muestra más de su incapacidad para gobernar. ¿De esto no merece la pena hablar?
Para darnos una idea mayor del drama, el secretario Mayorga presentó un cuadro en el que insiste en que 8.8 por ciento de cada 10 pesos es generado por el sector agropecuario, esto es por ese 23 por ciento de la población que vive de sus “surcos” –que ya no ejidos-, y no tienen capacidad para elevar sus rendimientos porque la tecnología sólo es aplicable sobre grandes extensiones por lo costosa. ¿Entonces? ¿Condenamos al oprobio de la marginación, en donde los “capos” buscan a sus reclutas, a millones de mexicanos para que puedan comer con decoro los ricos, sin angustiarse por la sobrepoblación del globo terráqueo? ¿Hasta este nivel de ofuscación y ceguera han llegado quienes manejan a uno de los países más desiguales, como ricos en recursos naturales, del planeta?
Son preguntas, claro, que no están en ninguna de las carteras ministeriales... ni, mucho menos, en los jardines de Los Pinos.
Debate
Durante la administración de Carlos Salinas de Gortari -1988-94-, una de las etapas más negras para la política y el periodismo no así por cuanto a la creación de infraestructura, el célebre “profesor de Santiago Tianquistenco”, Carlos Hank González, pasó de la secretaría de Turismo, que le quedaba muy apretada, a la de Agricultura y Ganadería desde la cual anunció, con bombo y platillos, el fin de la dependencia alimentaría en el país porque comenzamos a ser autosuficientes en los granos básicos para la dieta diaria de la mayor parte de los mexicanos.
Desde luego, al mismo tiempo, se dio a conocer, a través de la Secretaría de la Reforma Agraria, encabezada por Miguel Limón Rojas, que el constante reparto demagógico de tierras había cesado. Tal significaba, a partir de entonces, un reconocimiento oficial a los derechos de ejidatarios y comuneros contra cualquier intento de despojo posterior... que inició, precisamente, durante el mismo régimen al favorecerse una suerte de “contrarreforma agraria” cuyos contenidos, en buena medida, contribuyeron a encender las ideologías subversivas que culminaron con la irrupción del EZLN en la vida nacional y en medio del fragor de una batalla extendida únicamente a 11 días con un ejército agazapado y unos “guerrilleros” con rifles de palo. Una de las grandes paradojas de nuestra historia.
El hecho es que, por supuesto, la autosuficiencia era una gran noticia que expiró tan pronto se consolidó el neoliberalismo privilegiándose a la macroeconomía y reduciendo los espacios para los tenedores de tierras que debieron vender a los neolatifundistas de nuestra era. Así terminó el experimento, contrario a la esencia de la justicia social, poniendo fin igualmente a la posrevolución. Todo lo demás ha sido consecuencia.
Lamentablemente, para todos, la demagogia ha sustituido a la autosuficiencia. Este año importamos maíz –si bien no para el consumo humano- y en 2012 ocurrirá lo mismo con el frijol. Ello significará un aumento sensible en los precios... y una penosa disminución en las nutrientes de millones de mexicanos aun cuando el secretario de Agricultura, Francisco Mayorga, presuma poder operar un presupuesto “inmenso” de ochenta y cinco mil millones de pesos –casi tres veces la deuda reconocida en Coahuila, para hacer un símil útil-, e insista en la necesidad de terminar con los “surcos” –esto es, los antiguos ejidos-, para imponer la tecnología.
La Anécdota
En mayo de 1986, cuando Miguel de la Madrid andaba en campaña solazándose en cenas con los obispos, los directores de periódicos y los empresarios de cada entidad federativa, le lancé a éste una pregunta cuya respuesta no tenía a flor de labios:
--¿Es redituable sembrar granos baratos que productos de mayor demanda y valor en los mercados internacionales con cuyos réditos podríamos adquirirle maíz y los frijoles faltantes?
El personaje se puso firme, echó los hombros hacia atrás y respondió, solemne:
--Por fortuna, en México hay tierras para todo.
La historia ha demostrado lo contrario.
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