A tu edad, a los doce años, yo iba a pagar el agua y la luz.
Iba por mi cuenta a la peluquería y me iba solo, a pie, al colegio.
No aclaramos que todos los vecinos nos cuidaban con afecto paternal.
Que en caso de urgencia, cualquier policía nos auxiliaba y llevaba a casa.
Las calles eran amigables; olían a pan fresco, no a humo y muladar.
Los “robachicos” eran leyenda urbana y en casa no había automóvil.
Les envenenamos la manzana y ahora les reprochamos que no la devoren.
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