Siempre ha existido el riesgo del acoso sexual en las escuelas. No sólo de nuestro estado. De todo el mundo. La tentación está ahí, fundamentalmente en la secundaria. Las niñas se están transformando en mujeres y se convierten en un “bocatto di cardinale”, en una tentación casi irrefrenable para el hombre que las ve florecer. Y ese hombre puede ser su maestro.

¿Qué haría usted si tuviera una hija adolescente a la cual un profesor le empezara a enviar cartas de amor, cargadas de erotismo e insinuaciones sensuales? ¿Qué diría usted si supiera que una alumna de secundaria, de 15 años, fue seducida por uno de sus maestros y tuvo relaciones sexuales con él porque se sentía enamorada y creyó en las promesas de amor de un hombre que no estaba ahí para engañarla, sino para educarla? ¿Qué hacer con un maestro que se dedica a sacarles fotos con su celular a sus alumnas, sobre todo buscando encontrarlas descuidadas al momento de sentarse?

Estos casos representan un verdadero conflicto tanto para las autoridades como para el sindicato, pero, fundamentalmente, para la sociedad, para los padres de familia que envían a sus hijas a la escuela, pensando que están seguras en una institución seria, cuyo personal está ahí para educar, instruir y formar en el conocimiento de la realidad actual.

Estas jovencitas no son atacadas sexualmente ni son agredidas físicamente. Son víctimas de acoso sexual. El acoso sexual consiste en todos aquellos comportamientos basados en el sexo que afectan la dignidad de la mujer y el hombre, si tal conducta es irrazonable, indeseada y ofensiva.

El acoso sexual es una realidad que afecta de manera seria a las condiciones del ambiente escolar y tiene graves consecuencias sobre las víctimas y sobre la escuela, pues, en principio, repercute en el desempeño académico, incrementando las condiciones de reprobación y deserción. Sin duda, hace descender la calidad de la educación, aumenta la incidencia de trastornos personales por efectos del estrés y disminuye la motivación de los estudiantes. Y si el acosador es un directivo, el problema se hace mayor.

De los tipos de acoso sexual, el que se produce como chantaje (“te doy esto si me das aquello”) y el que crea un ambiente hostil, humillante o amenazador, son los más frecuentes en las escuelas. Y no solamente se acosa a las mujeres. Se acosa preferentemente a los grupos más vulnerables: a chicos y chicas desprotegidos, cuyos padres trabajan todo el día, con poca comunicación entre ellos, carentes de afecto, con limitadas expectativas hacia el futuro, o a los integrantes de familias en conflicto.

¡Cómo olvidar a aquel maestro que obligaba a sus alumnos a posar desnudos frente a una cámara de video y que filmó por lo menos tres videos diferentes con distintos menores! Eran alumnos irregulares, a los que llevaba a su casa a que “modelaran” desnudos para un trabajo de Biología que, según él, presentaría en sus clases de la Normal. Ahí les daba bebidas alcohólicas para que se relajaran y posaran. Además, en sus grupos les prohibía a los alumnos varones usar ropa interior. Y a más de uno le arrancó el bóxer frente a sus compañeros. Este fue, tal vez, un caso extremo de acoso sexual que hasta hoy no se ha repetido, pero que puede replicarse de distintas formas si no estamos alertas.

La prevención del acoso sexual es posible cuando la institución educativa no cierra los ojos al problema y hace una declaración de compromiso entre autoridades, maestros y padres de familia para erradicar el acoso y hace participar en ese compromiso a toda la estructura organizativa.

En cuanto a las víctimas del acoso, deben recibir tanto consejo sobre sus derechos como asistencia psicológica y deben saber que pueden defenderse y exigir respeto en todas las situaciones de su vida.