Ese día 10 de julio, después de andar de fiesta, él quiso obligarla a que se quedara a dormir ahí, pero la mujer se negó a complacerlo y en la discusión que se desató, Cidronio perdió el control y la golpeó de tal forma, que le ocasionó la muerte. Después la envolvió en una cobija, la ató y la depositó en la fosa del taller que tenía en su casa, rellenándolo con cal y tierra para esconder el crimen. Hasta aquí los presuntos hechos.
¿Por qué Cidronio golpeó hasta la muerte a una mujer con la cual tenía una relación amorosa, si se le pudiera llamar así a esa relación de dependencia sadomasoquista que se había entablado entre ellos? A primera vista, pareciera que presenta un trastorno límite de la personalidad, que se caracteriza, entre otras manifestaciones, por un patrón general de inestabilidad en las relaciones interpersonales, que se vuelven muy intensas, pero que producen una sinergia negativa, en donde cada uno saca lo peor del otro y resulta muy difícil disolverlas, aun cuando ambas partes quisieran separarse.
Las relaciones de las personas afectadas por este trastorno se identifican porque van de la idealización total de la persona amada hasta su devaluación extrema, generando violencia que puede llegar hasta el daño irreversible. Quienes sufren esa afección dan muestras frecuentes de mal genio, enfado constante y peleas físicas recurrentes, sin explicaciones racionales. Presentan una notable impulsividad, tanto en su manera de gastar el dinero, en las relaciones sexuales que establecen, en el abuso de sustancias y en la conducción temeraria, causando accidentes de manera frecuente.
Pero además, estos sujetos hacen esfuerzos frenéticos para evitar un abandono real o imaginado, posibilidad que les producen sentimientos crónicos de vacío y una intensa angustia, sentimientos que tal vez se le dispararon a Cidronio cuando María de Lourdes no quiso quedarse con él y le produjeron una ira tan intensa que no pudo controlarla y lo condujo al asesinato. ¿Enfermo? Por supuesto, pero el que lo esté no disminuye su responsabilidad jurídica ni la gravedad de sus actos.
Al margen del caso clínico, lo preocupante de este hecho es como da ejemplo de la violencia contra las mujeres, invisible y silenciosa, con su costo humano tremendo. Y lo que es peor: la mayor parte de las víctimas no se defiende, por vergüenza o miedo a las amenazas o al mayor daño físico, psicológico, sexual o económico. No denuncian al agresor y si lo hacen, no llegan hasta el final del proceso.
El problema presenta giros graves. Aparte de que las mujeres suelen justificar el abuso del que son víctimas, la incidencia es preocupante: Según la “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2006”, del INEGI, de cada 100 mujeres, 47 han vivido con violencia a lo largo de su relación. Muchas de ellas lo ven como una condición normal de la mujer en la sociedad.
Es necesario señalar la peor consecuencia social que tiene la violencia: lo que se aprende en el hogar tiende a repetirse más adelante. De cada 100 mujeres maltratadas, 65 vienen de familias habitualmente violentas y 45 de cada 100 mujeres maltratadas agreden a sus hijos. En otras palabras: agresión recibida, agresión transmitida.
Y finalmente, las mujeres no son las únicas víctimas. En este caso, las víctimas más lastimadas son tanto los tres hijos de María de Lourdes como su familia, que tendrán que enfrentar las terribles secuelas emocionales, los sentimientos de culpa y de frustración profunda, además de las secuelas sociales producidas por este brutal asesinato, difíciles de superar en una sociedad en donde la violencia está dejando ya su huella.
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