Cada que se presenta la ocasión –y no son pocas las oportunidades–, el discurso oficial resalta los grandes logros” en materia educativa (todos, desde luego, producto de la genialidad del inquilino de Los Pinos en turno) y el “sostenido avance” en la materia, medido éste no por la calidad y alcance, sino por el volumen de alumnos supuestamente atendidos en un sistema escolar público cedido a y regenteado por la “lideresa” Elba Esther Gordillo a lo largo de los últimos cuatro sexenios a cambio de favores político-electorales.
Pasan los años, se incrementa el número de discursos y la calidad de la enseñanza en el país va de mal en peor, a pesar de los miles y miles de millones de pesos (la mayoría canalizados a nómina y otras menudencias extra educativas) que el Gobierno dice inyectar a este “bien público, uno de los pilares fundamentales de los derechos humanos, la democracia, el desarrollo sostenible y la paz” (Alonso Lujambio dixit), que juega un papel fundamental para el futuro de la nación. Elba Esther ha sobrevivido cuatro sexenios al hilo (de Salinas a Calderón), ha manejado a nueve secretarios de Educación Pública (el de Fox, Reyes Tamez Guerra, hoy diputado y “líder” de la bancada del partido político propiedad de la profesora) y ha impuesto récord de cacicazgo, que deja a sus antecesores (Carlos Jonguitud Barrios y Jesús Robles Martínez) como meros aprendices de grillos.
Mientras esa sea la norma de la educación pública en el país, el rezago será permanente y nada positivo obtendrá la nación. Por ello, vale tomar algunos pasajes del “Informe regional sobre desarrollo humano para América Latina y el Caribe 2010”, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, que pone sus ojos en este delicado asunto. Por ejemplo, destaca que “el Gobierno mexicano es heredero de una revolución social”, pero no ha logrado enfrentar con éxito el problema de la desigualdad, que persiste por décadas independientemente de que el gasto social ha aumentado de manera constante en México desde 1990. En el contexto actual, el análisis de la desigualdad en este país requiere examinar las diferencias que se observan en materia de enseñanza.
A pesar de su reconocido valor como instrumento capaz de promover la igualdad de oportunidades de las personas, los logros mexicanos en el ámbito educativo han sido insuficientes en las últimas décadas. El problema no es la falta de recursos, sino la forma en que éstos se invierten. En muchos casos, el objetivo central del sistema de enseñanza parece ser evitar los conflictos con los maestros en lugar de promover las oportunidades educativas de la población. Por ejemplo, en México aún no se dispone de un padrón preciso de la nómina magisterial. Asimismo, en diversas entidades los pagos a los profesores todavía se realizan en efectivo, práctica que fomenta la corrupción y la falta de control administrativo. En este contexto, una mayor asignación de recursos no necesariamente representaría mejoras en la calidad educativa.
Los ejemplos que dan cuenta de la capacidad del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación para obtener beneficios corporativos, independientemente de la calidad de los servicios prestados, son diversos. Los líderes del SNTE controlan la estructura que está encargada de supervisar el trabajo de sus agremiados e influyen en la distribución de gran parte de las prestaciones laborales. Además, el SNTE, a través de diversos mecanismos, ha logrado incidir en el proceso legislativo en pos de los intereses de la organización.
En México, el incremento del gasto en enseñanza contribuyó a ampliar la cobertura, pero el problema de la baja calidad persiste. De acuerdo con los resultados de estudios realizados por el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés), de la OCDE, México presenta un nivel de desempeño educativo muy bajo. Los datos muestran que sólo tres de cada mil estudiantes del grupo de 15 años de edad lograron obtener una puntuación superior al nivel avanzado (más de 625 puntos) en el examen de matemáticas, resultado muy desfavorable si se compara con los índices de desempeño observados en otras naciones como Corea, donde 182 de cada mil superaron el nivel avanzado, y Eslovaquia, donde 94 de cada mil alcanzaron ese índice.
La ausencia de una cultura basada en el mérito, sumada a la gran influencia que ejerce el SNTE, hace que resulte muy difícil ejecutar los recursos públicos de forma eficiente en el campo educativo.
Los datos disponibles para el caso de la enseñanza en México revelan que el fracaso de los programas orientados a disminuir la desigualdad educativa se debe, en cierta medida, a la captura de estos programas por los aparatos burocráticos y sindicales, así como al hecho de que estos grupos han sido tradicionalmente utilizados por los sucesivos gobiernos como instrumentos de control, en un proceso por el cual los agremiados obtienen beneficios particulares a cambio de lealtad política.
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