¿Qué es dibujar si no ser consciente de la luz o de su ausencia? Miro los dibujos de Adalberto Montes –a partir del próximo jueves en Casa Purcell- y lo primero que percibo es la luz. Eso que los científicos no han alcanzado a definir, pero que algún poeta ha descrito como la piel del mundo.

La mano y la mirada
El dibujante igual cartografía las sombras que persigue lo inasible. Los habitantes del universo de Adalberto Montes son dueños de texturas propias, espejismos erguidos contra el resplandor hostil de estas regiones:

despreocupados payasos, como esos misteriosos y coloridos papeles que cualquier tarde de viento vemos volar en lo más lejano del cielo. Muchachas parcas que algo tienen de cactáceas, sensuales a la manera de ciertas serpientes.

Texturas desdibujadas y manchas de humedades sobrepuestas, difuminaciones que recuerdan esta tierra amarilla y este cielo cruel, pero también a la mejor tradición de los cartelistas polacos.

El tiempo es otro personaje en la obra de este dibujante que hace música, de este músico que dibuja: Adal se detiene a contabilizar el deterioro; a fotografiar lo que de pronto se hace viejo: las cosas, el mobiliario, las visiones, los sentimientos…

El tiempo.

Las aves.

El silencio.

Solitarios ojos que miran a través de un telescopio. Melancólicas mujeres que conceden a la vida o a la muerte. Y pájaros: muchos pájaros. Alas sobre la mirada y sobre la memoria. Un cuervo picoteando un Raleigh. Parvadas de alas negras que emergen de un viejo magnetófono. Gallos cantando sobre el silencio de los amantes.

Actriz principal de esta colorida tragicomedia es la melancolía: personajes pensativos o a un paso de actos fundamentales: los que se abren al precario equilibrio del amor, o a las populosas rutas del abandono. Los que se miran y callan. Los que esperan.

Nada más lejos de la tristeza que este sentimiento: se trata de una nostalgia luminosa y esperanzadora; como esos atardeceres de un dorado inimaginable tras la más oscurecida llovizna.

Jugar por jugar
Porque todos somos un circo ambulante. Pero ¿de qué diablos habla el circo? El circo habla de lo eterno y de lo fugaz. De la luz y de la ilusión y del juego.

Porque todos somos esos letreros mal escritos, globos rojos que reventará alguna espina, antenas torcidas; esas sábanas rotas, banderas de la República del Silencio, muebles de patas cojas, tapetes desmadrados, raídos de soledad y de abandono, pero también vuelo de pájaros que reta al cielo en su caligrafía, payasos abofeteados sobre el polvo, risas como trompetas en sordina, huérfanos y gandallas, trapecistas con una promesa por red, solitarios y resucitados, es decir, perros en equilibrio sobre la rueda del mundo, en pos de la prenda más querida.

Bardo de las bardas
“Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma /lanzando gritos y bromeando acerca de la vida: y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre cómo se balancean los trapecios”.

Leopoldo María Panero
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