En el contexto de los tiempos que vivimos, encontrar en los diarios nacionales noticias sobre los niveles de desempleo en nuestro país es algo que no debería de sorprendernos. Sin embargo, ayer mientras definíamos el tema de esta colaboración nos encontramos con las declaraciones que en torno a ese tema emitió quien fuera, cuatro décadas atrás, nuestro vecino de pupitre. Hoy al frente de la Subsecretaría de Educación Superior, Rodolfo Alfredo Tuirán Gutiérrez se refirió a los niveles de desempleo entre los profesionales mexicanos egresados de las diversas universidades.

Dada la importancia del tema y las cifras que presentó Rodolfo, nos permitiremos hacer algunos comentarios al respecto.
El funcionario antes mencionado apuntó que existen alrededor de 920 mil profesionales “que en su mayoría pertenecen a las clases acomodadas”, quienes no buscan, ni desean trabajar aun cuando se les haga una oferta laboral. Aclaró que quienes se comportan así son en su mayoría mujeres que se “encuentran en la etapa de la formación de su familia”. Entendemos el eufemismo empleado en aras de lo políticamente correcto. Sin embargo, estamos ciertos que una gran cantidad de esas personas en el desempleo voluntario pertenecen al grupo de quienes acudieron a las aulas universitarias para obtener un título profesional en alguna de las licenciaturas MMC (Mientras Me Caso), en donde el rigor académico y la adquisición de conocimientos técnico-científicos no son necesariamente la premisa fundamental.

En otra parte de la nota en cuestión, también se apunta que, en el año 2009, la tasa de desempleo entre los egresados universitarios alcanzó un nivel del 15%. La cifra por si sola es una muestra de las condiciones de la economía del país. Sin embargo, al mismo tiempo, es una muestra de lo mal orientado que se encuentra el sistema educativo universitario mexicano. A riesgo de que se critique nuestra postura, la cual hemos expresado desde tiempo atrás, creemos que la masificación de la educación superior ha dado al traste con la calidad del conocimiento que se imparte y por consecuencia genera profesionales de baja calidad.

Por supuesto que el acceso a la educación superior debe de estar accesible para todos, pero todos aquellos que reúnan las aptitudes que ello demanda. Mientras prevalezcan políticas como el pase automático y el destinar recursos económicos públicos a los centros de educación superior en función de lo políticamente correcto o bien del lugar que según cuestionables listados les otorgan en el ranking mundial, nada se avanzara realmente. Un gran número de los profesionales egresados de esas instituciones habrán de estar destinados a engrosar las filas del desempleo o bien terminaran por dedicarse a actividades que nada tienen que ver con las enseñanzas que recibieron durante los cuatro o cinco años que pasaron en las aulas universitarias. Las cifras que hoy vemos son muestra palpable de ello.

A la par de lo anterior, el subsecretario mencionó otro problema que se ha hecho más evidente en los últimos tiempos, la emigración de profesionales capacitados a otros países, particularmente a los Estados Unidos de América. De acuerdo a las cifras proporcionadas por el funcionario, “México ha formado en toda su historia a 8 millones de profesionistas, de los cuales 7.1 millones viven en México y 865 mil se fueron a Estados Unidos”. En este entorno, apuntamos nosotros, el fenómeno es muy singular. A principios de la década de los años ochenta del pasado siglo XX, cuando el Gobierno mexicano emprendió el gran programa para que los profesionales mexicanos pudieran acudir a las universidades en el extranjero y realizar allá sus estudios de maestría o doctorado, el sentir era, y así lo hicieron, que al terminar sus estudios habrían de regresar al solar patrio para sumarse al esfuerzo nacional. Sin embargo, hoy encontramos que los jóvenes universitarios, una abrumadora mayoría de ellos pertenecientes a grupos de excelencia, no encuentran la hora de terminar sus estudios para abandonar el país y seguir sus estudios o incorporarse a la vida profesional en otras latitudes.

Por desgracia, nuestro país no les ofrece ni calidad de vida, ni mucho menos oportunidades para el desarrollo pleno de sus capacidades. Al mismo tiempo, nos encontramos con otro grupo, los profesionales de mediana edad que de pronto se enfrentan a las barreras que les imponen la limitación de apoyos, concentrados en mafias o cofradías, o la escasa disposición de empleo para sus conocimientos. También ellos han decidido abandonar el país y, junto con los jóvenes profesionales mexicanos, pasar a convertirse en una moderna versión de lo que el padre de la escuela filosófica mexicana, José Gaos y González Pola llamaba los trasterrados (neologismo acuñado por él y con el que quiso expresar su identificación con la patria de destino sin renunciar a la patria de origen). Desconocemos las cifras exactas, pero creemos que no solamente los EUA son punto de destino, otras latitudes han empezado a recibir profesionales mexicanos en busca de mejores oportunidades.

Sin dejar de encomiar la actitud adoptada por el subsecretario al señalar los problemas imperantes, creemos que es necesario dar el siguiente paso. De nada sirve con mencionar cifras, sí a la par no se toman acciones para corregir los males. Mientras que el sistema universitario mexicano continúe operando bajo esquemas como los imperantes, ningún problema se ha de corregir. Insistimos, la masificación de la educación superior solamente generara deficiencias. Ya sabemos que alguien podrá tacharnos de elitistas, sin embargo ello no es impedimento para afirmar que la educación universitaria debe de ser selectiva. Ahí deben acudir todos, pero todos aquellos que posean las características requeridas para cumplir con el rigor de las tareas académicas. Quienes tengan aptitudes distintas para desempeñarse en otras tareas técnico-educativas, las cuales no representan ningún desdoro, hacia allá deben de orientarse.

A la par de lo anterior, el sistema educativo a todos los niveles debe ser sometido a una reestructura total, de continuar con los esquemas vigentes simplemente tendremos que conformarnos con que algún funcionario nos indique en donde se reflejan las deficiencias que parten y se desplazan de manera rampante a lo largo de toda la cadena de enseñanza formal. Pero claro, ello también implicaría que quienes dirigen algunas instituciones de educación superior, muy dados a recomendar reformas a la estructura política y económica del país pero reticentes al mínimo cambio en sus aberrantes políticas de admisión, aceptaran que la transformación también debe de pasar por ellas. De no efectuarse tal reestructura, el sistema educativo mexicano se convertirá simplemente en una gran empresa maquiladora. Los productos a generar serian desempleados, subempleados, profesionales formados bajo una cuestionable calidad educativa o bien entes exportables para el beneficio de otros países. Ninguna de estas alternativas es deseable, ni para los involucrados, ni mucho menos bajo la perspectiva de que, a pesar de todo, esta nación tiene futuro.

.(JavaScript must be enabled to view this email address)