Las pérdidas sociales, ¡quién lo duda!, fueron cuantiosas. Las pérdidas económicas, en términos de trabajo pretérito, de plusvalía acumulada, también fueron grandes. Ahora sigue curar las heridas y enterrar a los muertos. Esta es la parte más dolorosa de la tragedia, la que nos cimbra, la que nos estremece a todos: la pérdida de vidas humanas. Porque nadie está preparado para la separación definitiva de sus seres, queridos o cercanos. De esos que murieron y que aún no debían partir, pero que se enfrentaron a fuerzas superiores a las suyas, contra las cuales nada pudieron hacer. Los que se encontraron entre el torrente imparable del agua o los que vieron, impotentes, como se acercaba velozmente la tierra contra la cual se estrellaron y que en un momento de claridad final pensaron en los suyos y les dirigieron su último pensamiento, despidiéndose en silencio.
Cuando la muerte la causa una enfermedad, podemos prepararnos, digerir, asimilar aunque con dolor, el deceso irremediable. Pero cuando es de improviso, cuando se mueren en buen estado de salud y con muchas posibilidades de realización, el asombro nos impide asimilar adecuadamente el suceso. Es en ese momento cuando empieza el duelo.
Ocho pueden ser las fases que requiere el colectivo social para superar la tragedia: la primera, decíamos, es el asombro, porque no hubo ni premoniciones ni avisos; la segunda es la negación, porque no estamos educados para aceptar la muerte y nadie nos enseña a verla como el final necesario de la vida, sino como una intrusión en ella; la tercera es la desesperación que genera esa impotencia del no haber podido hacer algo para evitar el suceso; la cuarta es la ira, que es provocada por la agresión que se queda adentro y que desata el rencor, que es la quinta, que nos hace tratar de encontrar culpables; pero luego la vida sigue su curso y viene la sexta, la resignación, que nos acerca al reacomodo de los sentimientos, cuando el dolor empieza a ceder y ya no ocupa todo nuestro tiempo.
En la séptima, la aceptación, empezamos a reconstruir la vida cotidiana y aprendemos a vivir con nuestros muertos en la memoria. La octava, la reflexión del significado de la tragedia, nos llevará, con seguridad, a la prevención de futuros hechos similares, y nos ayudará a salvar otras vidas que no deben perderse así, inútilmente.
De esta tragedia, el colectivo social se recuperará y saldrá más fortalecido, pero debemos asegurarnos que guarde en su memoria el hecho para que nunca más se repita de esta forma. La reconstrucción debe darse de forma tal que haga lo posible para que la naturaleza no tome venganza de nuestras improvisaciones.
Se puede medir la cantidad de dolor, físico o emocional que se puede experimentar. Existe una escala de clasificación numérica para que podamos identificar que tanto dolor se está sintiendo. Oscila entre el 0, que significa “nada de dolor”, y el 10, que corresponde al “peor dolor imaginable”, el dolor que produce la muerte del padre, de la madre o de un hijo, que es lo más insoportable que puede vivir una persona, recibiendo la mayor calificación de la escala. Y muchas personas sintieron ese 10 esta semana.
El jueves, las campanas de la Catedral de Saltillo, de la Catedral de Piedras Negras, tocaron a muerto. Horacio, José Manuel, recibieron, de cuerpo presente, su última misa. Si se pregunta “¿A mí, que?”, le digo: cada muerte que sufrimos nos disminuye como humanidad, y cada vez que muere alguien, usted y yo somos menos, perdemos un poquito de nosotros. Por eso, cuando escuche que las campanas de una iglesia están tocando a muerto no pregunte “¿Por quién tocan las campanas?”. También tocan por usted.
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