Cómplice de Peter Gabriel, David Byrne y ahora de Paul Simon, maestros exploradores sobre los que conversábamos en la columna de la semana pasada. Eno pudo haber sido todas las encarnaciones de todos los quintos Beatles.
Una obviedad: los movimientos pop avant-garde en el último cuarto del siglo pasado lo tuvieron en común como presencia ubicua. Sin embargo, dice de él Rodrigo Fresán, escritor argentino, que su presencia en vivo es mínima. Como si esa grandeza sólo se expresara en la música, y particularmente en un estudio, con recursos tecnológicos a la mano.
La timidez de un grande, escondido siempre tras unas máquinas. El estudio es la cueva platónica que le permite inspirar y conspirar.
Pero su talento no acaba en la música: la pintura, instalación y el videoarte también forman parte de su currículum. Eno fue participante de aquel festival de música en San Sebastián que fue la incubadora del movimiento Fluxus, un colectivo de avanzada de arte multidisciplinario.
Eno difícilmente trabaja en solitario. Esto debe ser parte de aquella timidez de la que hablábamos. “Another Green World”, por ejemplo, integra a músicos de su entera predilección como el guitarrista Robert Fripp, o Phil Manzanera, o Daniel Lanois.
Otro de los más celebrados es “My Life in the Bush of Ghosts”, hecho al alimón con David Byrne, álbum que cumple ya 27 años y que abre las ventanas al mundo; que integra todos los ritmos posibles en un corpus indefinible. Una nueva vanguardia.
Comento esto porque hoy se estrena un álbum que seguramente se convertirá en un obligatorio: “Everything That Happens Will Happen Today”, nuevamente en asociación con Dabid Byrne. Habrá que salir a buscarlo.
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