¿En dónde termina lo artesanal y dónde empieza lo artístico?

Armando Meza es quizá el más necio, implacable y prolífico artista de la comarca.

El renacentista caso del hombre que vive de y para su arte.

Ingeniero químico, grabador, dibujante, peatón; son décadas de un ministerio erguido entre el veneno de las calles, la dulce niebla de los ácidos y la fatiga del metal dominado en aras de la propia supervivencia.

Arando el aire

A través de una obra dispersa hacia cada rincón de la ciudad y todos los cuadrantes del orbe –el populoso Caribe, el Norte magnético más allá de América y allende el mar Atlántico– pocos creadores como el nativo de Sanguijuelas, Michoacán, han sido capaces de acercar el objeto artístico al consumo masivo.

Una especie de tesonero tráfico hormiga que ha desdicho el reinado aséptico de los museos y ha acercado el proceso creativo al ciudadano de a pie.
Como artesano y como artista, Armando ha compartido su oficio como un pan para el que quiera tomarlo. Ahí están las nuevas generaciones afanadas en el ancestral oficio del grabado, confirmándolo.

Al mismo tiempo, la demanda multifuncional de la modernidad lo ha empujado a ser su propio representante, un clon implacable cuadriculando la ciudad en pos de la venta.

A creadores como Armando Meza les debemos la existencia de un Mercado del Arte en la ciudad de Saltillo. Ni los adormilados museos, ni las galerías para señoras han llegado a tanto.

Por Armando, las amas de casa, los comerciantes, los políticos, los empresarios y los estudiantes tuvieron por primera vez en sus manos una estampa, un grabado, una cerámica, una pieza textil: arribaron a la compra venta del arte.

El camello y la aguja

En el rito propiciatorio de la metamorfosis, hoy Armando Meza ofrece su arte en un soporte textil. Manteles, gráficas sobre camisetas e incluso algún pantalón decorado: reminiscencia de aquella deslavada prenda que vuelta lienzo del artista causara furor en La Habana.

El artista reinventa el mundo, lo corrige.

Objetos utilitarios vueltos superficies a donde pudiera aterrizar la belleza.

Parapetado tras una aviesa sonrisa, Armando explica así su rotundo éxito: ”El ejército de mis detractores dice que en mi obra sigue habiendo los mismos motivos, la única defensa que tengo, cínica, por supuesto, es que hago lo que se vende”.

La obra textil de este ubicuo creador estará expuesta en los subterráneos del Bar Dublín –ese espacio como calcado de la cinta unglorious basterds– hasta el 17 de julio, fecha en que Nuestro Hombre en La Habana parte hacia los claroscuros del Caribe a fomentar el intercambio de obra y de experiencias con una avezada comunidad de artistas.

Pero, ¿qué hay tras el latido de sus obras?

Dolencias que se vuelven grafías, mujeres que se esfuman y se vuelven una sola cosa con la penumbra, soledades y esperas que se petrifican, lugares rotos vueltos un paisaje común.
Qué fácil decirlo y qué de edades atravesar para entenderlo: semioculto entre los trazos de su dibujo, el luminoso palpitar de la vida misma.

Bardo de las bardas

”La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Gabriel García Márquez
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