Un tema que ya provoca preocupación entre las autoridades y a la sociedad en su conjunto es el del desempleo. Pero esta preocupación aumentará de intensidad en los próximos meses, conforme se vayan profundizando los efectos en la economía real derivados de la actual crisis financiera mundial. Este será un proceso inevitable, pero esto no quiere decir que no se pueda buscar mitigar el impacto y tratar de reducir la pérdida en bienestar que necesariamente viene asociada en este tipo de eventos.
En realidad este tema ha sido bastante complejo en nuestro país desde hace ya varios años porque, en promedio, los resultados en términos de generación de empleo se han quedado por debajo de las expectativas. Obviamente esto se encuentra asociado en buena parte al propio pobre desempeño de nuestra economía, que en las últimas tres décadas sólo ha crecido a una tasa real promedio alrededor de 2.5% anual, por debajo de lo que se consideraría nuestro potencial. Pero adicionalmente se han producido cambios importantes en la estructura económica que afectan la relación producto-empleo, y por lo tanto la capacidad de generación de nuevas plazas.
Independientemente de las causas que provocan este pobre dinamismo en nuestro mercado laboral, y que ya han sido motivo de estudio, por lo que se habla de la necesidad de una reforma laboral, el problema coyuntural que se enfrentará en los próximos meses puede adquirir enormes dimensiones, por lo que se debieran de tomar acciones temporales agresivas que permitan mitigar este impacto.
Para entender este problema es conveniente tener una fotografía de la situación actual. Hay que entender que el asunto del desempleo es acumulativo. Cuando las autoridades hablan de la necesidad de crear alrededor de un millón de plazas nuevas, simplemente están haciendo referencia al estimado del incremento anual que se produce en la población económicamente activa (PEA) y que constituye la población que ingresa al mercado laboral buscando un trabajo.
Esta cifra rara vez se ha cumplido salvo en ocasiones puntuales, lo que quiere decir que nuestro mercado formal no ha estado en condiciones de absorber a esta oferta laboral anual en su totalidad. Obviamente este “fracaso” no se muestra en nuestras cifras de tasas de desempleo, no porque mientan, sino porque el mercado informal en nuestro país se ha convertido en una tabla de salvación para muchos individuos, y los estándares internacionales de medición capturan a este segmento, aunque en muchos casos puedan representar empleo precario o subempleo.
Esto quiere decir que el empleo formal en nuestro país debiera crecer por arriba de las tasa de crecimiento de la PEA, buscando atraer al la formalidad a aquella población que en el pasado no ha encontrado oportunidades en este mercado y ha terminado en la informalidad. Adicionalmente habría que agregar el hecho de la migración, ya que de alguna forma también se ha constituido en una válvula de escape. Tanto la informalidad como la migración han sido una bendición en este sentido, aunque tienen su propia problemática.
Ante este panorama, las circunstancias actuales sólo apuntan a provocar un serio problema de desempleo, que si no es atendido de manera adecuada puede conducir a serios conflictos sociales en el futuro, amén del deterioro en bienestar de una parte de la población. Sólo hay que recordar que se esta previendo ya un flujo masivo de connacionales que regresarán del país del norte en los próximos meses y no volverán a Estados Unidos ante la contracción en el mercado laboral de ese país.
Son diversas las acciones que pueden tomarse, pero una que ha sido ampliamente recomendada por distintos estudios y organismos internacionales y en donde existe amplia experiencia histórica se refiere a los programas temporales de empleo.
Ya existen en México, pero en las circunstancias actuales podría pensarse en un mega programa que se combine con la propuesta de inversión en infraestructura. En particular podemos pensar en trabajos intensivos en mano de obra asociados a la construcción o reconstrucción de caminos rurales o semirurales, escuelas, etc.
Varios de estos programas pueden focalizarse a regiones en donde ya se sabe ocurrirá el grueso del regreso de los trabajadores migratorios. Incluso, en varios casos muchos de estos trabajadores regresarán a nuestro país con algunos ahorros. ¿Por qué no pensar en bonos ciudadanos “regionales” que permitan canalizar estos recursos para contribuir a financiar obras en caminos o escuelas?
Es importante recordar que esta demanda laborar es un programa “temporal” y debe evitarse el generar distorsiones en el mercado laboral, para lo cual existe una amplia literatura que sugiere estructuras y diseños que evitan este problema potencial.
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