Al menos esa es la sensación que deja la crónica de la reunión del G-20 el fin de semana pasado en Toronto y el comunicado que emitieron al final. Creo que éstas son malas noticias para la economía mundial.

Este grupo, que incluye a las economías desarrolladas y a las principales economías emergentes, surge con la finalidad de generar un foro que sirviera como mecanismo de guía y coordinación de las acciones de política económica a nivel mundial, ante la relativa pérdida de hegemonía de las grandes potencias. Sin embargo, esta reunión sólo mostró las enormes diferencias que se producen en situaciones críticas, como las que ha vivido el mundo en la reciente crisis y la falta de coordinación que resulta, por más que se maquille en los documentos oficiales.

Si se revisa con detenimiento el comunicado oficial emitido al final de la reunión, además de encontrarse con un largo y tedioso documento, lleno de párrafos ambiguos de redacción barroca y compromisos poco claros, lo único que se puede constatar es una enorme descoordinación. Prácticamente cada quien puede jalar para donde quiera. La frase favorita es “…las medidas serán implementadas a nivel nacional y serán diseñadas de acuerdo a las circunstancias de cada país…”

La agenda de la reunión presentaba dos puntos centrales motivo de la polémica: a) el tema fiscal, que refleja la visión que se tiene sobre la situación económica mundial y la necesidad de mantener o retirar los estímulos fiscales y b) la posibilidad de introducir un impuesto a las transacciones financieras a nivel mundial. En el segundo caso, la propuesta provenía fundamentalmente de Europa, con el patrocinio de Alemania. De hecho, este país anunció una medida en este sentido hace algunas semanas, la cual aplicaría en su sistema financiero. Sin embargo, no fue apoyada por la mayoría de los países europeos ni por el resto de los miembros del G-20, por lo que el “acuerdo” fue que cada país considere la mejor acción posible para reducir el costo a los contribuyentes de futuros posibles rescates derivados de otra crisis financiera.

Pero el tema más candente y que dominó la reunión fue el fiscal, y en este tema, Estados Unidos prácticamente se quedó solo frente al bloque de “los otros”, bajo el liderazgo de Alemania. En realidad, este desencuentro refleja dos visiones distintas sobre cómo enfrentar la situación económica actual. Las dos visiones pueden coincidir en que la condición económica mundial es aún frágil, la recuperación endeble y el desempleo agobiante, pero el camino a seguir es diferente. Para Estados Unidos es fundamental mantener los estímulos fiscales que permitan apuntalar el crecimiento futuro, por lo que retirarlos de manera anticipada puede ser contraproducente. En cambio, para Alemania es urgente regresar a la disciplina fiscal que permita reequilibrar las finanzas públicas de los distintos países, reduciendo su déficit y niveles de endeudamiento como proporción del PIB. Sólo esto puede garantizar un crecimiento sostenido en el largo plazo. Desde luego que el contexto que enmarca cada una de estas posiciones es distinto. Francia, y particularmente Alemania, sienten la enorme presión y costo derivados de los problemas que enfrentan países como Grecia, España o Irlanda. Obama, por su parte, seguramente refleja su enorme frustración por la economía que heredó y las pobres expectativas que se presentan para el resto de su administración, lo que lo obligará a entregar cuentas raquíticas a un electorado que tenía en mente otro panorama.

En otro nivel, este desencuentro también refleja dos visiones teóricas distintas en la economía. La posición ortodoxa que considera como distorsionante la intervención del Estado en el ciclo económico y que la única posibilidad para garantizar un crecimiento sostenido en el largo plazo es mantener acotada esta participación en el marco de un presupuesto balanceado. Por otro lado, estaría la visión de que, en las condiciones actuales de una demanda deprimida y alto desempleo, existe margen para que las políticas públicas permitan mitigar los efectos negativos del ciclo económico. Este es un debate añejo en la ciencia económica, y en particular en la macroeconomía, que podría abordar en otra ocasión.

Al final, la forma en cómo dirimen su desencuentro los miembros del G-20 es acordando impulsar “una consolidación fiscal amigable con el crecimiento”. Para ser honesto no sé si entiendo exactamente el fondo o sustancia de este concepto. De repente parece más una idea vacía, sin sentido, y una solución de los “burócratas” responsables de redactar un documento que intenta esconder los desencuentros y la descoordinación existente en el grupo. Pero realmente lo preocupante es lo que podría suceder en el futuro. Queda claro que la única forma de recuperarse de una crisis global, como la que vivimos es a través de acciones globales y coordinadas. Si esto no ocurre, difícilmente podrán superarse los desbalances mundiales que en parte fueron responsables de esta crisis.

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