El preferido de Flores Tapia era Moya Palencia; el de De las Fuentes, Pedro Ojeda; el de Mendoza Berrueto, Alfredo del Mazo. Y el de Rogelio Montemayor… ¡Luis Donaldo Colosio! Por fin le iría seis años bien a Coahuila. ¡Bingo!
Por eso, cuando Carlos Salinas vino darle posesión a Montemayor, cuya candidatura fue la última que se impuso desde Los Pinos, declaró a voz en cuello en el salón Candilejas, convertido hoy en ruinas:
“Si a Coahuila le irá bien en el año que me resta (en la Presidencia), ¿imagínense cómo le irá en el futuro?”. El mañana lo representaba Luis Donaldo, su delfín. Colosio, el amigo que pondría a Montemayor en los cuernos de la luna. Pero ¡oh destino cruel! ¡suerte ingrata! A Colosio lo asesinaron en la ratonera de Lomas Taurinas. Y a bregar de nuevo.
El primer discurso de Rubén Moreira, como gobernador, refleja lo que es: hombre de lecturas, de ideas, de izquierda, “coahuidalguense”; lo primero por cuna y lo segundo por adopción. El Gobernador habló frente a Enrique Peña quien, para el PRI, será el futuro presidente de México, aunque intelectualmente sea un hombre vacío. Si en efecto llega a serlo, Coahuila invertiría los términos de su relación con el centro: “padrastro un año (Calderón) y padre cinco (Peña)”. ¿Será?
Pero mientras en la toma de posesión de Moreira, Peña se pavoneaba, repartía sonrisas congeladas, escuchaba porras mecanizadas y sus guaruras mantenían a raya a la prensa; en Torreón, Andrés Manuel López Obrador, candidato presidencial de las izquierdas, hacía propuestas y escuchaba quejas del empresariado y de Claridad y Participación Ciudadana por el endeudamiento y las condiciones financieras del estado.
En el Congreso, donde Rubén Moreira había rendido protesta, los diputados del PAN, puestos de pie, mostraron carteles contra la deuda y el alza de impuestos. La escena recordó la manifestación de legisladores panistas en el cuarto informe de Rogelio Montemayor, en demanda de apertura política. Frente al Congreso y al Instituto Tecnológico de Saltillo hubo también protestas de campesinos e indignados por la hipoteca del estado.
Rubén Moreira sabía lo que afuera sucedía. Por lo mismo, en su mensaje ponderaba los alcances del nuevo pacto social que propone: “representa una nueva relación entre los ciudadanos y el Gobierno. Habrá una irrupción de la sociedad en muchas de las tareas que hoy son exclusivas de la autoridad. Habrá una mayor rendición de cuentas, pero también una mayor corresponsabilidad. (…) la autoridad deberá escuchar a todos, pero la sociedad no podrá callar a nadie”.
Para que se cumplan los sueños de un gobernador que carga sobre sus espaldas deudas, errores y excesos ajenos, y una presión social creciente, deberá cumplirse el de otro: que Enrique Peña sea presidente. Si no, la relación del Estado con el centro será, todo el sexenio, de hijo-padrastro, así gane el PRD o el PAN la Presidencia.
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