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A 60 años de la publicación de “1984”, la novela canónica sobre la distopía de George Orwell, siguen vigentes las grandes aportaciones del autor inglés. La ironía continúa teniendo sentido: el desenmascaramiento de la contradicción entre el lenguaje y su significado real para los designios del poder; la corrupción del significado de las palabras en la actualidad persiste de forma demasiado evidente, el mundo se rearma para la paz y la cruzada antiterrorista dispersa el terror hacia todas las latitudes.

BAJO EL SIGNO DE CAÍN

Orwell elevó el desolado grito de quien ha sido desterrado de la utopía, del individuo avasallado por la brutalidad burocrática, del intelectual abrumado por la masificación y la del literato espantado ante la corrupción del lenguaje; el Estado de “1984” gobierna a través de cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad, dedicado para las noticias, espectáculos, la educación y las bellas artes; El Ministerio de la Paz para los asuntos de la guerra; El Ministerio del Amor, encargado de mantener el orden; y el Ministerio de la Abundancia, ocupado de los asuntos económicos.

En ese horrible Estado dirigido por el Gran Hermano, un caudillo omnisciente que busca el control absoluto sobre sus súbditos, muy a pesar de sus imprecisiones y contaminado de la paranoia política de la posguerra, Orwell llegó a vislumbrar la importancia de la manipulación mediática como uno de los principales factores para ejercer el control político. Cuando ya han pasado más de dos décadas del hipotético 1984, y cuando el mundo ha conocido otras formas de horror, nos hemos dado cuenta que el insano culto a la personalidad –encarnado de manera superlativa en el Gran Hermano- ya sólo es posible en algunos reductos del fundamentalismo, las folclóricas dictaduras cubana y venezolana, la contradictoria China, algunos regímenes árabes y los sectores más retrógradas del políticos de nuestro país. Y aunque el totalitarismo vislumbrado en su obra jamás llegó a cumplirse tal cual, muchos rasgos expuestos sí alcanzaron a manifestarse en diversos puntos del orbe bajo los más variados pretextos: la defensa de la revolución, las cruzadas por la paz, la defensa de la democracia o la seguridad del Estado.

CONTROL REMOTO

Hoy sabemos que más que la vigilancia neurótica sobre los individuos, ha resultado más efectivo para el control político condicionar las necesidades y motivaciones masivas; sopesar el control de la conciencia consumidora: trocar a los ciudadanos en público, entidades pasivas; radioescuchas, televidentes, segmento de mercado, aficionados, votantes, partidarios, empleados, internautas: cifras. Aletargado ya no por el “soma”, esa droga prefigurada por Huxley en “Un Mundo Feliz”, el ciudadano del siglo 21 padece hoy otras drogas más terribles: la realidad virtual, el aislamiento, la despersonalización, la soledad.

Y aunque personaje improbable en estos tiempos, las palabras garabateadas clandestinamente en el diario de Winston Smith, antihéroe en débil rebeldía contra el Gran Hermano cobran por estas fechas nuevas y sorprendentes lecturas: “Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír, sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa y escribió:

“Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho:

“Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la edad del Gran Hermano, la época del pensamiento doble… ¡Saludos!”

BARDO DE LAS BARDAS

“Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”. George Orwell.

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