Evita… sus gordas son un poema.
–Pos’ sí… porque le gusta que se las aaa… rrime.
–¡Je-je!… usted siempre tan ocurrente, corazoncito de melocotón…
–¡No sea mamey!, digo, si está hablando de frutas, dígame durazno, porque los melocotones son gringos.
–Es que ora uno tiene que adaptarse Evita, ¿no ve que las nuevas políticas
del Gobierno son que le demos carta blanca a los gringos?
–¿Dársela?… ¡que la paguen!, tan sabrosa que es.
–Me refiero a darles facilidad para operar… para hacer lo que se les antoje con nuestras finanzas.
–Eso lo dirá usted, gorrón enredoso… porque a mí, ningún cara de pambazo crudo va a decirme cómo hacer mis gordas.
–Pues sí… pero digamos que mañana llegan unos bolillos por acá, y le ofrecen tres millones de dólares por su gordería… ¿qué tal?… ¿qué iba a hacer?
–¡Le hablaba a mi general Juan José Castilla para que se los llevara!…
¡seguro andarían mariguanos!
–No, no… lo que ocurre Evita de mi corazón, es que las grandes trasnacionales están llegando al país… compran las empresas pequeñas y arman tremendas cadenas.
–¡Cadenas son las que dicen andaba arrastrando Pablo González!
–¿Cuáles cadenas Evita?
–Es que parecía alma en pena… todo mundo lo escucha, todo mundo sabe que anda por ahí… ¡pero todos aseguraban que estaba bien muerto!
–Pos’ no lo dé por difunto, angelito mío… no vaya a ser como las películas
del Santo, que regresan los muertos vivientes.
–¡No invente gorrón!… que el único santo que conozco es Felipe Calderón…
–¿Le late que es santo?
–¡Ah, pero cómo no!… desde hace varios meses nos tiene a todos de rodillas, ¡rece y rece!
–¡Bárbara que es usted!, pero en medio de tanta plática, ya se me atrasó con las gordas… ¿no tendrá por ahí algunas de calabacita con elote?
–Tengo de esas y más, pa’ que se atragante…
–¡No, no!… no quiero que me pase lo de Marisela Narro.
–¿A poco se atragantó esa buena mujer?
–¡Claro!… dicen que nomás vio que dijeron que venían los de la Procu
a hacerles una auditoría a las agencias del Ministerio Público, ¡y sintió que algo se le atoraba en la garganta!
–¡Santa Petra la Callosa!…
–¿Qué le pasa, naricita de bellota?
–¿Bellota?… ¡vellotes tiene usted en las orejas!
–Por favor Evita, no me ande usted fisgoneando… y no me haga esos cambios tan bruscos de ánimo porque me destantea.
–No sea chillón… que pa’ destanteadas ya tenemos a los regidores del PAN, que de repente no saben para dónde jalar…
–¡Opsssss!
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