Ahora me siento ganado por lo inmóvil.” Así signa la voz de su más reciente obra el poeta Julián Herbert. Un libro deslumbrante, donde cada palabra es un túnel desembocando en distintos parajes, una perpetua mutación, una manera agridulce de enunciar la orfandad del soldado, la intemperie del amante. Arte marcial Desde hace años, ya es deporte del mundillo cultural despotricar contra Julián Herbert:
“Nos disparan por disciplina”: describe el autor de “Pastilla Camaleón” como quien mira pasar una nube. En un entorno cifrado por el ninguneo y la mezquindad, donde es rarísimo y hasta anómalo que un creador manifieste la profunda admiración por la obra de uno u otro autor, en fin, dentro de esa suerte de farándula ranchera del arte, libros como “Pastilla Camaleón” vienen a devolver la fe en la escritura, y más aún en un género tan abusado y tan traicionado como el de la poesía.
Hasta la sobriedad Desde la voz que busca a su padre, el huérfano que mastica el silencio de las musas y la maldición de los pájaros, o el padre ausente que como en aquel cuento de Bradbury mira sus tatuajes cobrar vida, el autor de “Un Mundo Infiel”, dueño de un oficio decantado hasta la transparencia de la oralidad diaria, trasmuta sus preocupaciones como soldado y alquimista, como turista del caos y asesino de los propios recuerdos. Porque escribir es cribar:
“Ahora que vivo, fumando En la sala de espera de una revelación.” Suburbio de una bala Alguno dijo que sólo había dos temas en la escritura: el amor y la muerte. Deambulando en los laberintos circulares del estupendo volumen cuidado por editorial Bonobos, el poeta fragua el espejismo y la asfixia: canta el resplandor y la ceguera resultante:
“Helena es una mortaja, lo notamos casi nunca. Su belleza conmemora su coartada.”
Esto no es una elegía
Porque el poeta se atraviesa y se traviste. Peatón y fabricante de máscaras. Un jinete cabalgando hacia la noche, con su bata de loco bajo la armadura abollada por los sables mongoles, el rencor del fuego griego y los arcabuces del rey católico. El poeta mira la historia desde un estadio de ruinas. La cima del libro: “Batallón San Patricio” un canto que pudiera ser lo mismo el balbuceo moribundo del domador de caballos –domador de cabellos- arrastrado ante las murallas de Troya, el soldado ruso entre los escombros de Berlín, o el adolescente latinoamericano en las guerras de hace 30 años, en las guerras del ahora:
“Capitanes y tenientes travestidos de doctores curan mapas. Trazan parques de atracciones en el tiempo.” (…)
Yo soy la soga, larga almendra de la asfixia, deshielo de gravedad (…)
De mi todo se tensa, Todo vuela hacia abajo todo es yodo labial, todo babea. Ideas baten el aire como si el balanceo fuera a sanarlas. (…)
Ahora mi cuello sabe cuánto pesa una canción.
Bardo de las bardas “Sueño que he muerto, y para que me hable, tengo que aprender a creer en fantasmas.” Julián Herbert
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