Amelia dio muestras de una personalidad inquieta y audaz, pues se involucraba en actividades propias de los chicos: escalaba árboles, se deslizaba en trineo y disparaba con un rifle. También tenía como pasatiempo reunir recortes de periódicos de mujeres famosas que sobresalían en actividades tradicionalmente protagonizadas por hombres.
En 1920 su familia se reunió en California, donde asistió a un espectáculo aéreo en Long Beach y quedó prendada de los aviones. Consiguió que la llevaran a bordo de un biplano en el que voló durante 10 minutos sobre Los Ángeles. Sus palabras acerca de esta experiencia fueron: “Tan pronto como despegamos yo sabía que tendría que volar de ahora en adelante”.
Sus primeras clases de aviación las obtuvo de la instructora Anita Neta Snook, otra piloto pionera. Ya en octubre de 1922 consiguió su primer récord de altitud al volar a 14 mil pies de altura.
En 1925 se unió a la Asociación Aeronáutica Nacional. Se dedicó a invertir dinero para construir una pista de aterrizaje, vendió aviones Kinner y promovió la aviación, especialmente entre mujeres. Ya comenzaba a hacerse un nombre en la sociedad. El Boston Globe la reconocía como una de las mejores pilotos de Estados Unidos.
Amelia Earhart avanzaría vertiginosamente como imagen pública de la aviación no sólo de Estados Unidos, sino del mundo entero, con temerarios vuelos con los que logró ser la primera mujer en hacer un vuelo solitario en el Atlántico, la primera persona en hacerlo dos veces, y conseguir marcas incluyendo la distancia más larga volada por una mujer sin parar y récord por cruzar el Atlántico en el menor tiempo.
Su vida demuestra no sólo éxitos sino innumerables reveses y desánimos. A pesar de ello, Amelia tenía clara su misión: volar. Sabía que tenía que hacerlo y lo hizo por el medio que fuera necesario, considerando los grandes costos relacionados a la aviación. Inventó vuelos y marcas por romper, enlistó patrocinadores, se convirtió en vocera y promotora de su aquello que era su pasión: volar.
Su historia nos sigue cautivando, porque más allá del romanticismo de la aventura, nos recuerda algo que sabemos, pero que con el paso de los años ignoramos. Amelia nos recuerda que en todos, en cada uno de nosotros, hay sueños, algunos a flor de piel, otros enterrados por la duda y el miedo, y aún otros que aparentemente fueron arrancados por burlas o comentarios negativos.
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