El primer día del año amanecimos con una efeméride particular, una fiesta que desde hace más de 50 años transcurre en el silencio. J. D. Salinger cumplió 90 años, más de la mitad de ellos recluido en su trinchera en Cornish, New Hampshire.muchos lo admiran por “The Catcher in the Rye”, su magna novela de 1951, pero a mí me impresiona más su cuento “A Perfect Day for Banana Fish”, escrito en 1948.

El suicidio del ex niño genio Seymour Glass en su luna de miel (que es el destino al que nos conduce dicho relato) es un instante silencioso. Sin saber sus motivos, concedemos que el suicidio tenía que acontecer. No hay historia previa ni porvenir. Es un absoluto.

Muchos críticos anotan que Seymour es el gran personaje de Sallinger. Charles McGrath, comentador del New York Times, considera que con el relato “Hapworth 16, 1924”, Salinger intentó resucitar a Seymour (el relato es una carta que el personaje escribe a los 7 años) tras notar que había matado prematuramente a su mejor personaje. Yo difiero. En realidad, Seymour aún tiene tela de dónde cortar. Pero evidentemente, dicho relato es un problema.

El encanto de Seymour, según creo, no es otro que el misterio de su historia. Es decir, es un personaje conmovedor, entrañable, pero no cercano a nosotros. Esto, no por barreras geográficas o sociológicas. Seymour está más allá de nuestros valores. Es marginal al extremo. Quizá por eso lo queremos: cierta lástima, creo. Quizá perseguimos con mayor fruición aquello que nos dan incompleto. Y al hacerlo, buscamos lo que no entendemos bien de nosotros mismos. Nuestros propios vacíos.

El problema con “Hapworth 16, 1924” consiste en que tenemos a un Seymour de primera mano. Así como la grandeza de Sócrates radica en el misterio de si existió o fue un invento de Platón, la existencia de Seymour sólo vale cuando se narra desde la admiración y desconcierto de su hermano Buddy (el narrador-personaje de todos los relatos sobre los Glass escritos por Salinger). Ese es el mejor Seymour Glass. En cambio, la carta pretenciosa del niño genio del relato resulta chocante y a todas luces inverosímil.

Tengo amigos que apuestan a que Salinger debe tener miles de páginas sobre los Glass, o que está escribiéndolas en este momento, sin intención de publicarlas. Algunos imaginan que el viejo J.D. escribe la historia de otro Glass. O alguna faceta nueva de la vida de Seymour. O la juventud o madurez de Holden Cauldfield. Al conjurar, creamos.

Hay personajes que sólo son grandes desde la elocuencia del silencio, que nos invita a la construcción colectiva de una identidad. Los imaginamos más grandes, más valiosos o más terribles. Salinger hizo eso con Seymour. Estoy seguro que lo mismo hemos hecho con Salinger nosotros los lectores.
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