Dice el condescendiente mito que los mexicanos no tememos a la muerte. Que es más, nos pela los dientes, nos burlamos de ella y hasta la festejamos. ¿Es esto cierto? ¿Cómo miran y plasman hoy, los jóvenes artistas, el concepto de la muerte?
LOS MURMULLOS
La iconografía plástica referente al tema se hunde en nuestras más profundas raíces: desde los diversos cultos prehispánicos hasta el oscurantista legado católico de la Colonia.
Apenas a finales del siglo 19 e inicios del 20, autores como el zacatecano Julio Ruelas y el gran José Guadalupe Posada retomaron el mito como punto central de su propuesta plástica.
El primero, cosmopolita, heredero de los simbolistas y alumno de verdaderos blasfemos como Félicien Rops, apoyado de la tradición clásica y los mitos griegos, dejó un fecundo legado en la gráfica mexicana, construyendo un inquietante y oscuro discurso, amparado siempre en una solvencia técnica, que aun en nuestra época, llena de novedosos recursos y tecnología, resulta insuperable.
EL HEREDERO
José Guadalupe Posada, todos lo sabemos, es un referente indiscutible de la plástica mexicana. Su percursora versión caricaturizada de la muerte es ya todo un símbolo. Pero no fue el primero. Quien originalmente planteó las caricaturas con armazón de huesos fue el dibujante mexicano Manuel Manilla. Manilla se basó en los tzompantlis aztecas –esas pirámides o túmulos de cráneos que casi un siglo después harían famoso al régimen Indonesio. El cuasi anónimo dibujante grabó una Torre Eiffel hecha de huesos. Catrines. Hacendados. Señoras de sociedad. La vida de Manuel Manilla es un como un esqueleto a medio armar: no se conservan documentos legales ni retratos que nos cuenten más de su paso por este mundo. Se ignora sobre su familia y su descendencia. Sólo algunos breves testimonios que lo señalan a él y a su hijo con oficio de grabadores.
LIBERTAD DE IMPRESIÓN
De su paso por la vida sólo hay certeza de cuatro fechas: se dice que nace en 1830, desde 1882 trabaja para el impresor Antonio Vanegas Arroyo. En 1892 decide retirarse dejándole la estafeta a un joven y talentoso grabador de nombre José Guadalupe Posada.
Tres años después muere de tifoidea, en 1895.
Sería injusto resumir el legado de Manilla en el sencillo papel de ser la base sobre la cual Posada cimentara su obra. Aparte de ello, el maestro fue el primer grabador especializado en publicaciones infantiles, enfocado también en la impresión periódica de calaveras y en la ilustración y divulgación de cancioneros populares. Trabajó además diseñando portadas de libros, experimentando nuevos materiales para la encuadernación rústica y las ediciones económicas. Además de producir de lo que vivía cualquier grabador en ese tiempo: carteles de espectáculos, ilustraciones para textos escolares y materiales con fines publicitarios.
Pocos creadores de la época impactaron de una forma tan rica y diversa el arte gráfico mexicano. Heredero de un oficio que venía de los tiempos de la Colonia, Manilla fue el guardián de un estilo y de un espíritu artesanal que derivó al mismo tiempo en una expresión arraigada en las preocupaciones sociales de la época. Se conocen 600 trabajos de este grabador semidesconocido, contra casi 15 mil documentados de su heredero Posada.
Es curioso, el creador no tuvo pretensiones de gran artista. Era un simple grabador que se concibió a sí mismo como un artesano.
Un observador minucioso de la vida. Un disciplinado trabajador manual. Un artista olvidado.
BARDO DE LAS BARDAS
“La vida es corta. Viviendo todo falta, muriendo todo sobra”.
Lope de Vega
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