DIJE AQUEL 6 DE DICIEMBRE… “Quiero un pastel”. Fue lo primero que pronuncié cuando abrí los ojos, y allí estaban padre y madre, tomados de la mano junto a mi cama. Amanecí cumpliendo cuatro años.

“QUIERO UN PASTEL”, DIJE, CUANDO mamá me dio un beso en la mejilla…

MI PAPÁ BORRÓ POR UN momento la sonrisa, pero la recuperó en seguida… se miraron unos segundos y él salió. Serían las seis y media de la mañana.

ME VOLVÍ A DORMIR Y desperté cerca del mediodía… comenzaron a desfilar los tíos, los primos, todos con un abrazo… Las tías con un beso. Mi abuela Felisa con el jabón Maja…

mi regalo, ese regalo que tanto amé durante varios días, hasta que tuve que bañarme con él. Todos ahí, menos mi padre…

Comí aquellos deliciosos frijolitos, con su pierna de pollo… una para mí. Cumplir años era convertirse en el centro de la atención… en la sonrisa, en la caricia y en el beso tierno. Mi madre me midió el pantalón con pechera que tenía bordado un borreguito colorado…

¡Perfecto! Casi no tuvo que moverle nada… para ser “heredado” me quedó perfecto.

-¿Y PAPÁ?, PREGUNTÉ… “AL RATITO VIENE”, me dijo mi madre… AL RATITO PODÍA SER UNA hora… dos… media tarde.

ES QUE LA FIESTA ERA buena, pero faltaba allí su manera de levantarme…

de treparme sobre sus hombros… De jugar a que se caía conmigo encima… a lanzarme por los aires… a corretearnos a todos con su gestos y gruñidos de monstruos.

Sí… faltaba, el cumpleaños estaba bien, el festejo y el cariño… pero hacía falta uno de los actores principales.

CERCA DE LAS SEIS DE la tarde, cuando la tarde comienza a pardear, fui a sentarme en uno de los escalones exteriores de la casa. A suspirar un poco…

Ya todo mundo se fue, mamá se dedicaba a limpiar un poco el desorden leve… cierto desasosiego me invadió. Suspiré, recuerdo bien… suspiré antes de mirar al cielo que se estaba poniendo
colorado y después cerré los ojos mientras escondía el rostro entre las rodillas, para dormitar.

EN ESO ESTABA, CUANDO SENTÍ el contacto de una mano harto conocida… ¡Allí estaba!, como en la mañana, junto con mi madre, sonrisa plena en esos rostros. Y en sus manos un paquete. ¡Mi pastel! ¿Mi… mi… mi? ¡Mi pastel! Era de nuez, con chocolate, una barra grande. Volvieron todos… volvió el jolgorio… Mi padre tenía el rostro demacrado, los ojos hundidos… pero la sonrisa plena.

-¿QUÉ LE PASÓ A PAPÁ? “NADA… está un poco cansado”. CUANDO TODO VOLVIÓ A TERMINAR, regresé al escalón, y luego volví a casa. En esa enorme pieza en donde nuestras camas quedaban separadas por algún mueble, por algún cordel con sábanas… Allí estaba mi padre, tirado bocabajo, con la espalda desnuda llena de excoriaciones… Mi madre le daba un masaje con “frescapie”…

NO DIJERON NADA… YO NO supe qué decir, ni lo entendí en aquellos días. Lo supe cuando tenía yo 15 años y mi hermana menor pidió pastel… me enojé por su chiflazón…

“¿NO VES QUE NO HAY dinero?” ENTONCES MI MADRE ME PLATICÓ la historia de un niño que pidió pastel, y de su padre, que fue a descargar costales de frijol en el mercado para completar lo de un pastel de cumpleaños. Sí… por los hijos, lo que sea… no tuvo que decirlo. Quedó bien aprendido.

.(JavaScript must be enabled to view this email address)
Comparte ese artículo: Facebook Favicon Facebook Google Bookmarks Favicon Google Bookmarks Twitter Favicon Twitter YahooMyWeb Favicon YahooMyWeb