José Jorge Balderas Garza es una persona alta y corpulenta. Sus escoltas igual. La madrugada del 25 de marzo uno de ellos le llevó cargando a dos voluptuosas cubanas para que lo acompañaran en su mesa de pista en el antro Bar Bar de la Ciudad de México. En la mesa había otras 10 personas que bebieron más de ocho botellas de whiskey y licores de hierbas. Antes de amanecer, el “Jey Jey” había metido un tiro en la cabeza del futbolista Salvador Cabañas y abierto una caja de pandora de donde siguen saliendo sorpresas que apestan. Una de ellas tiene que ver con Balderas Garza, quien se dio a la fuga y sobre el cual hay una cacería nacional e internacional.
Las autoridades apenas estaban tratando de descifrar el rompecabezas del atentado de alto impacto, cuando en el mundo de los antros y restaurantes daban por sentado que había sido el “Jey Jey”. El lunes al mediodía comentaban en esos lugares que “todos sabían que el ‘Jey Jey’ era un narcotraficante y que iba todo el tiempo al Bar Bar”. Los empleados del Bar Bar, que se encuentran arraigados, lo conocían hace unos cuatro años, y hacía tiempo les generaba un enorme temor. Poco a poco, las autoridades del Distrito Federal han estado dibujando el mapa de actividades a las que se dedicaba Balderas Garza, quien utilizaba diversos alias, tenía varias casas, y disponía de recursos que muchas veces parecían ilimitados.
La primera línea de investigación ubicó a al “Jey Jey” operando narcomenudeo en Tlanepantla, Naucalpan y Huixquilucan. Vivía en Tecamachalco, una zona residencial de alto ingreso en el estado de México, e iba al Sport City en Interlomas, donde era vecino de locker de Alberto Bazbaz, el procurador general de Justicia en aquella entidad. En Tlanepantla tenía vínculos con diversos centros nocturnos, en particular con un antro llamado “Exxxcess”, a donde acudía frecuentemente, según las investigaciones. Iba tanto, que se está investigando si era dueño o accionista del lugar.
Balderas Garza se esfumó esa madrugada. A los pocos días se le ubicó en Cancún, debido a un reporte bancario -que no se confirmó- que mostraba que su tarjeta de crédito bancaria había sido utilizada en un cajero automático. El Gobierno de Quintana Roo negó tajantemente que estuviera en el estado, pero se mantiene la sospecha de que sí haya pasado por Cancún con destino a Buenos Aires, que es una ruta que suelen usar personas que son buscadas por la policía. No se ha podido establecer si el “Jey Jey” se encuentra en el Distrito Federal, en territorio nacional, o si huyó del país. De lo que sí están convencidas las autoridades es de que hay protección del narcotráfico.
Las investigaciones conectan a Balderas Gómez con George Khouri Layón, alias “El Coqui”, quien fue detenido en septiembre del año pasado y señalado como el principal introductor de la cocaína en Polanco, otro barrio residencial de la ciudad de México. “El Coqui” manejaba tres antros, hoy en día clausurados, y sostuvo un romance con una artista de telenovelas. Khouri Layón tenía en su nómina a Ben Sutchi, un mercenario israelita que era perseguido por Interpol, y quien también fue detenido. Funcionarios capitalinos sostienen, aún como hipótesis, que el vínculo de Balderas Garza con el narcotráfico se daba a través de “El Coqui”, quien tenía relación con el Cártel de los hermanos Beltrán Leyva.
Khouri Layón está vinculado a José Antonio Jiménez Cuevas, apodado “El Niño”, también detenido el año pasado por autoridades federales como el jefe de “La Banda de ‘El Niño’”, que se dedicaba a secuestros, y relacionada con otra banda de secuestradores, Los Petricciolet. Jiménez Cuevas fue señalado como miembro del grupo que realizó al menos cinco secuestros, entre ellos los de Fernando Martí y Antonio Equihua. “El Niño” se presentaba como Agente Federal de Investigaciones, y en la banda de secuestradores figuraban al menos tres agentes judiciales del Distrito Federal, quienes también formaban parte de la red institucional de protección a los Beltrán Leyva.
Jiménez Cuevas y Khouri Layón han sido señalados como operadores de Édgar Valdés Villarreal, “La Barbie”, quien era la mano derecha operativa del jefe de aquél cártel, Arturo Beltrán Leyva, que murió en un operativo en Cuernavaca en diciembre pasado. Este enjambre de vinculaciones en el bajo mundo condujo a algunos medios a difundir desde la semana pasada que Balderas Gómez estaba ligado a “La Barbie”. Autoridades federales y capitalinas no se han puesto de acuerdo en este punto. Funcionarios federales presumen un vínculo del “Jey Jey” hacia el Cártel de Sinaloa -que encabezan Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín “El Chapo” Guzmán-, que está confrontado con los Beltrán Leyva y con “La Barbie”. Pero funcionarios capitalinos aseguran que Balderas Garza sí era un cuadro importante en la estructura de “La Barbie”.
La procuraduría capitalina está corroborando todas las pistas que fortalecen su línea de investigación, y discrepa de la información federal únicamente en lo que se refiere a cuál cártel respondería Balderas Garza. En cualquier caso, lo que está arrojando la primera parte del pasado del “Jey Jey”, es que hay una vida criminal en el submundo de los antros que rebasa la propia estructura de propiedad de muchos de ellos, los controles que les pueden exigir las autoridades y la propia vida nocturna que han desarrollado en ellos artistas y deportistas, empresarios y figuras públicas.
Lo que sucedió hace casi dos semanas en el Bar Bar no es un hecho inédito. Sobresalió por la prominencia de Cabañas, quien a diferencia de otros casos sin impacto mediático, salió con vida. Habla de un tejido subterráneo, pero a la vista de todos, donde se mezclan el divertimento, los placeres y los vicios. Es otra de las caras de la delincuencia organizada, con la que se convive cotidianamente entre las risas y alegrías, y que ha ido penetrando una sociedad permisiva amparada por la impunidad. Eso es lo que debe haber decidido a Balderas Garza a disparar contra una persona tan famosa como Cabañas, la impunidad. La delincuencia es un fenómeno que nunca podrá erradicarse, ni en México ni en el mundo. Es la inexistencia de impunidad lo que eleva el costo de delinquir.
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